Mostrando entradas con la etiqueta huracán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta huracán. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 7/8 (Viernes y Sábado)

Viernes 27 y Sábado 28 de Agosto de 1909

Amaneció el viernes con síntomas alarmantes” – escribió el reportero de El Correo Español. – El  huracán silbaba furiosamente y saltaban los vidrios de la ventanas hechos pedazos.  Seguía lloviendo, y con verdadero horror vieron los vecinos que la corriente del río había subido más de cinco pies sobre el nivel normal. Fue entonces cuando muchas familias se decidieron a abandonar el barrio amenazado. Por desgracia, no todos los vecinos obraron con tanta prudencia”.        

Continuó lloviendo a lo largo de toda la jornada. Aquel día no era uno que se pudiera aprovechar, al contrario, el agua a torrentes impedía que la gente saliera de sus casas. Las calles se iban inundando de banqueta a banqueta. A lo largo y ancho de toda la ciudad, a ambos costados del Río Santa Catarina, cada rincón estaba anegado. “La compañía de Luz había cortado la corriente para alejar un probable peligro y la de abastecimiento de aguas cerró las compuertas de la gran presa de santa Catarina, cuyo caudal debía venir a aumentar, más tarde, la corriente impetuosa del río.”

El temporal interrumpió los hilos telegráficos y nuevamente la ciudad se encontraba incomunicada con el mundo exterior.

En Monterrey, durante fuertes tormentas o huracanes, sucede algo curioso. Si no te encuentras en el futuro paso de la avalancha formada por el agua de lluvia convergente de las montañas circundantes, te sientes y estás a salvo. El problema estriba en hallarse “obstaculizando” el paso de las corrientes… la principal, la del Río Santa Catarina a la que convergen las aguas de 32 cañones. Éste, completamente seco la mayor parte del tiempo, se convierte en un Rapid con una fuerza destructora extraordinaria. 


Río Santa Catarina-Cañón de la Huasteca c. 1909
La inmensa avalancha parece llegar sin previo aviso. Esa sensación de seguridad e imprevisión es la que se describe en algunos periódicos nacionales y, sobre todo, texanos al narrar la desgracia de 1909. El Sr. J. Riggs, por ejemplo, recaudador del periódico “The Daily Express” quien llegó dos días antes de la tragedia a Monterrey, la describe así:

 “comenzó a llover la tarde en que llegué” – dijo – “La   mañana del jueves estuvo clara y lluviosa por la tarde. El viernes fue lluvioso y el sábado, sin ningún aviso, llegó la inundación. Yo no la vi. Aquellos que la vieron dicen que el agua llegó en una sucesión de hondas como de 20 pies de altura. En un muy corto lapso de tiempo, el fondo del río, generalmente seco, estaba inundado. Mucha gentes pobre vive en esta parte baja de la ciudad, pero hay también un número considerable de casas muy elegantes allí abajo. Muchas personas debieron haber sido aplastadas bajo sus casas porque las casas de adobe no pudieron resistir al agua. Colapsaron muy rápidamente”.

No solo para este personaje texano, la inundación llegó sin aviso, los regiomontanos también estaban desprevenidos: “sorprendió a todos los moradores de aquella barriada – escribe El Correo Españolbien  ajenos de pensar que la tormenta llegara a tener tan fatales consecuencias”

Algunos documentos de la época indican que el desbordamiento del río sucedió alrededor de las 11 pm del 27 y se fue agravando la situación rápidamente a lo largo de las siguientes horas y la madrugada del día 28.

Al principio los vecinos – señala el diario La Opinión el día 29 – no obstante que veían los estragos de sus casas no quisieron abandonarlas, pero al empezar a registrarse los derrumbes huían hacia los montes completamente llenos de terror. La Luz eléctrica se encuentra apagada, las comunicaciones telegráficas interrumpidas: para comunicarse con Monterrey es necesario dar la vuelta por la frontera, el ferrocarril nacional está paralizado y apenas si pueden llegar los trenes del Saltillo hasta donde ha sido la inundación. La presa de santa Catarina se desbordó también aumentando el inmenso caudal de agua que arroyó la ciudad. Se están registrando escenas verdaderamente patéticas y emocionantes.  Un capitalista rodeado de toda su familia y subió en la azotea de su casa la cual estaba completamente rodeada por el agua gritaba desesperadamente ofreciendo fuertes sumas de dinero porque le salvaran. Hasta Cincuenta mil pesos llegó a ofrecer en medio de gritos aterrorizantes. A consecuencia de la impetuosidad con que corría el agua era imposible darle auxilio. Se ignora si lo salvarían”.

Por su parte, el reportero del Correo Español informa el día 30:

Las personas que se vieron en el agua y próximas a la muerte fueron muchísimas. No es posible describir el espectáculo trágico de aquellos momentos angustiosos. Las mujeres levantaban en alto a sus hijos, los hombres luchaban por salvarse y salvar a los suyos y un coro inmenso de plegarias y gritos de espanto se confundían con los ruidos de la tempestad cada vez más terrible”.

“Las primeras noticias de estas terribles catástrofes no pueden nunca tener absoluta exactitud. A última hora se ha recibido un mensaje en Méjico que hace subir el número de muertos a mil doscientos.  La gente pobre fue la más perjudicada….” 



En esta escena de la inundación  del día 28 de agosto, aún se ven las casas de sillares en el barrio San Luisito ribera sur del Rïo Santa Catarina. Se aprecia a mano derecha el Salón de Bailes "El Valle Azul". Único edificio que resistió a la corriente junto con el Puente San Luisito.

Muchos de los sucesos narrados por los periódicos sobre la tragedia son impresionantes. Es difícil leerlos y no sentir tristeza. Entre las miles de víctimas hay de todo: niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres embarazadas…

Estos son algunos de los trágicos sucesos registrados por la prensa:

En el lado Sur de la ciudad, había una escuela donde se refugiaron cerca de noventa personas entre mujeres niños con algunos sacerdotes. Mientras el agua subía iban todos pasando de una pieza a otra y así sucesivamente hasta llegar a la última de la azotea. En eso se derrumbó el edificio y todos fueron arrasados por la corriente en presencia de millares de espectadores que del lado opuesto contemplaban cuadro tan desgarrador sin poder ir en auxilio de las víctimas”.  (La Opinión, agosto 30)

“Hablé con un hombre que vio a 60 niños y dos sacerdotes encima de un edificio de adobe que sucumbieron cuando el edificio colapsó. No hubo oportunidad de rescatar a quienes cayeron en el torrente.  El agua llegó mucho más allá de la orilla y hasta las calles principales” (The Daily Express, septiembre 3).   

En la calle Cuauhtémoc una familia entera pereció ahogada a presencia de muchos espectadores que nada pudieron hacer por ella. Un testigo presencial refiere que en momentos culminantes de la desgracia los cadáveres eran arrastrados por una impetuosa corriente en un hacinamiento macabro, mujeres, niños, ancianos, animales, todo venía en horrible confusión desde las hacendas (sic) inmediatas. Un señor de apellido Montelongo, al verse irremisiblemente perdido, sacó su pistola y a la vista de todos se disparó en la boca cayendo en las aguas que lo arrastraron moribundo. Muchas familias van de un lado para otro locas de desesperación”.

El joven Francisco Espinosa rodeado de su esposa y sus niños luchó valerosamente por salvarse durante largas y mortales horas. Se les arrojó un cable al que se aferraron todos desesperadamente logrado salvarse. Espinosa ha encanecido por el dolor en unas cuantas horas.

Fotografía del 28 de Agosto desde la Calle G. Prieto. Se aprecia el Puente San Luisito, tras él la iglesia de San Luis Gonzaga, y al fondo aparece el cerro del Obispado. Foto compartida en Skyscraper por Juan Crouset. 
Ha habido héroes dignos de citarse como los señores J. Grand, Federico López, Francisco Reina, Ramón Miranda, etc. Y otros hábiles y robustos nadadores que se arrojaron al torrente para salvar a las víctimas logrando después de innúmeros esfuerzos recatar como veinte personas. (La Opinión, agosto 30)

La plaza Zaragoza es una verdadera laguna intransitable. Por esas calles se ven arrastrados por la corriente automóviles, muebles, caballos, coches cadáveres, aún con vida y mujeres que tratan de salvarse en confuso tropel.

Un museo zoológico del Señor Alberto Villarreal donde se exhibían animales y especialmente reptiles ha desaparecido por las aguas quedando su dueño en la más completa ruina.  (La Opinión, agosto 30).


En medio de la obscuridad en que se encontraba la ciudad apenas si se podían distinguir sobre los techos de las casas los grupos de personas en ellas refugiados que veían aterrorizadas como el agua anegaba incesantemente los cimientos y cómo una a una iban siendo arrastradas por el torrente. Nada pudo salvarse de lo comprendido en los distritos cercanos al río Santa Catarina; la corriente llevaba una velocidad de 20 millas por hora”. (La Opinión, agosto 30)

La iglesia de San Francisco se derrumbó totalmente”. (La Opinión, agosto 31)

Las casas que más han sufrido desperfectos durante la inundación son: la del General Bernardo Reyes en su planta baja, caballerizas y jardín; una fábrica de mosaicos cuyo edificio y maquinaria quedaron completamente inservibles, las casas del Profesor de Música Señor Villalón y del Inspector de la Policía [Ignacio] Morelos Zaragoza.

La muerte de la Señora Victoria de la Garza ha causado una gran sensación. Vivía en la esquina de las calles Doctor González y Diego Montemayor, con diez y ocho personas a su servidumbre. En los momentos de la catástrofe la acompañaba un sacerdote. Murieron todos bajo los escombros al desplome de la casa.” (La Opinión, agosto 31)

“El Hacendado americano P. P. Reader salvó cerca de 30 personas. Un cocinero japonés (De Nombre Takano Según se registra en el Libro El Rio Fiera Brama) salvó a dos muchachos que estuvieron atrapados en lo alto de un árbol desde la noche del viernes hasta las cinco de la tarde del sábado. El Valiente japonés luchó tres horas largas contra el agua hasta conseguir salvarlos. El frío y el hambre estaban a punto de rendir a estos infelices niños que apenas contaran ocho o diez años de edad. Como su familia pereció han sido adoptados por una familia americana.
La familia del Señor [Rumualdo] Marty, que estuvo largo tiempo también refugiada en la copa de un árbol fue salvada al fin.” (La Opinión, agosto 30).


Puente San Luisito el día de la Inundación.

Según el diario La Opinión, “las calles en que tomó más fuerza la corriente fueron Porfirio Díaz, Cuauhtémoc, Víctor Hugo, Humboldt, Garibaldi, Juárez, Galeana y todas las que llevan nombre de Estados de la República”. Aquella noche desaparecieron de la geografía urbana de Monterrey, según algunos informes posteriores, hasta 90 manzanas. Se perdieron millones de pesos en infraestructuras, cultivos, averías de todo tipo en casas, fábricas, vías férreas, etc. Murieron miles de personas, algunas fuentes señalan como 4 mil, pero ¿quién pudiera asegurarlo? Muchos niños quedaron huérfanos y cientos de familias afrontaron la indigencia.

Narraciones y datos fundamentales de familias y personas en el umbral de la muerte y personajes heroicos durante la tragedia, fueron relatadas por Oswaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza en su libro El Rio Fiera Brama 1909. Yo solo refiero aquí las que encontré en los periódicos de aquella fecha. Es una fuente esencial en este tema y se puede consultar on line en este enlace: 



viernes, 8 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 6/8 (Jueves)

Jueves 26 de Agosto de 1909


Los habitantes de Monterrey se preparaban para una nueva jornada. Las mujeres que acostumbraban barrer las banquetas, aquél día no tuvieron necesidad de hacerlo. Había estado lloviendo por la noche y las calles estaban mojadas. La mañana, sin embargo era clara, aunque nublada. Hacia el mediodía, ya el cielo, encapotado, se tornó del color del plomo.  Empezó a chispear a intervalos continuos y, de vez en cuando, un viento del Este soplaba con ímpetu. Entre la gente del pueblo, pocos eran quienes sabían que aquel norte era parte de un ciclón que estaba azotando las costas del Golfo de México.


Barrio San Luisito, Fotografia de Lagrange c. 1895. Se puede apreciar el primitivo puente San Luisito de Madera.

La vida en la ciudad continuaba como siempre, con sus afanes diarios y sus preocupaciones normales. Los dueños de las tiendas afectadas por el incendio se empeñaban en superar el bache y las vicisitudes lo antes posible.

Estaban ya de regreso en Monterrey Don Roberto Bremer y Don Juan Reichmann de la Casa Bremer, y se ponían en contacto con el Arquitecto Giles, quien también se encontraba en la ciudad, para tratar sobre un nuevo edificio. El negocio no iba a sucumbir. Se hacía lo posible por habilitar los materiales recuperados del desastre y comercializarlos en su despacho provisional de la calle Zaragoza.  

Por su parte el Señor John. B. Sanford había ya partido de Birmingham en el primer Vapor que le fue dado encontrar. Le esperaba una larga travesía. Por lo menos una semana atravesando el Atlántico, haría su primera escala quizá en Nueva York o en algún otro puerto de los Estados Unidos. De allí viajaría en tren a Monterrey para negociar también con el Arquitecto Giles su nueva Casa Sanford. En tanto los empleados de la ferretería atendían a sus clientes en un depósito temporal en la misma calle de Padre Mier.

Los dependientes y empleados de La Reinera, bajo la dirección de sus gerentes, había devuelto a su primitivo orden las mercancías del establecimiento, en caos durante los días pasados. Los ingenieros habían recorrido el edificio y analizado sus desperfectos. En ese edificio, el fuego había dañado las cabezas de las vigas del piso superior y penetrando al cielo raso. Durante el incendio, para combatirlo, hubo necesidad de rasgar aquel cielo raso e impregnar de agua las vigas. Los empleados de ese comercio fueron los héroes en su defensa. A ellos se debió, según la prensa, su preservación. 

El edificio necesitaba reparaciones para corregir las averías. Y al instante comenzaron a remediarlas. Pronto estaría listo para dar nuevamente atención al público.  

Jasper T. Moses Today in the land of tomorrow 1907
Parecía que todo iba tomando nuevamente su curso normal. Lo único malo, aquel día, era la impertinente lluvia. Había dejado de ser interrumpida. Después de mediodía continuó cayendo sin descanso. Mesclada con ráfagas de viento.

Quienes más sufrían por este estado del tiempo, eran los vecinos del Barrio San Luisito. Sus casas de adobes empezaban a remojarse de mala manera y algún viento, para colmo, se colaba por las ventanas causando estragos y haciendo volar algunas láminas y paja de los techos. Era una situación, más que incómoda, alarmante. No todos los regiomontanos, especialmente aquella gente sencilla del barrio, estaban al tanto de las noticias de los periódicos. Allí se anunciaban las tormentas que iban apareciendo a lo largo de la costa del Golfo, el Huracán que estaba azotando el Atlántico y que había pasado por La Habana hacía algunos días y los estragos en el Caribe. La Florida y Nueva Orleans habían estado también en alerta. La verdad era, que uno de los huracanes más letales  de todos los tiempos, se dirigía a paso firme rumbo al Noreste Mexicano. Durante aquella semana había abatido Santo Domingo y Haití, Cuba, la Península de Yucatán y estaba ya azotando las costas de Tamaulipas.

Aquel jueves 26, los diarios mexicanos avisaban de tormentas y altas mareas en Veracruz y Tamaulipas. Pero el ciclón ya estaba haciendo estragos en las costas mexicanas y su sistema llenaba de tempestades el noreste Mexicano. Destruía a su paso los faros marinos, casas y comunicaciones telegráficas. Ante el caos de aquel ataque de la naturaleza, era difícil que los vecinos de Monterrey estuvieran al tanto de la tragedia que se les echaba encima. Hicieron lo mejor que pudieron para resguardarse de la lluvia constante e imploraron al cielo para que pasara pronto el temporal. En el Barrio San Luisito alguna mujer humilde encendió la vela pascual en el pequeño altarcito de Santos, adosado en una cruda pared de barro. Era la vela del domingo de Resurrección que había traído de la basílica del Roble el último día de la Semana Santa. Rezaba un Ave María a la Virgen para que alejase la tormenta. Su sencillez era casi tan inmensa como el misterio de la Voluntad de Dios.

En Monterrey, aquella noche, sólo los niños pequeños durmieron en paz.


Puente, diseño de Alfred Giles sobre el Río Santa Catarina y Barrio San Luisito (Hoy Colonia Independencia) c. 1909
[Dar click a la imagen para agrandar]


Entradas populares