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viernes, 8 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 6/8 (Jueves)

Jueves 26 de Agosto de 1909


Los habitantes de Monterrey se preparaban para una nueva jornada. Las mujeres que acostumbraban barrer las banquetas, aquél día no tuvieron necesidad de hacerlo. Había estado lloviendo por la noche y las calles estaban mojadas. La mañana, sin embargo era clara, aunque nublada. Hacia el mediodía, ya el cielo, encapotado, se tornó del color del plomo.  Empezó a chispear a intervalos continuos y, de vez en cuando, un viento del Este soplaba con ímpetu. Entre la gente del pueblo, pocos eran quienes sabían que aquel norte era parte de un ciclón que estaba azotando las costas del Golfo de México.


Barrio San Luisito, Fotografia de Lagrange c. 1895. Se puede apreciar el primitivo puente San Luisito de Madera.

La vida en la ciudad continuaba como siempre, con sus afanes diarios y sus preocupaciones normales. Los dueños de las tiendas afectadas por el incendio se empeñaban en superar el bache y las vicisitudes lo antes posible.

Estaban ya de regreso en Monterrey Don Roberto Bremer y Don Juan Reichmann de la Casa Bremer, y se ponían en contacto con el Arquitecto Giles, quien también se encontraba en la ciudad, para tratar sobre un nuevo edificio. El negocio no iba a sucumbir. Se hacía lo posible por habilitar los materiales recuperados del desastre y comercializarlos en su despacho provisional de la calle Zaragoza.  

Por su parte el Señor John. B. Sanford había ya partido de Birmingham en el primer Vapor que le fue dado encontrar. Le esperaba una larga travesía. Por lo menos una semana atravesando el Atlántico, haría su primera escala quizá en Nueva York o en algún otro puerto de los Estados Unidos. De allí viajaría en tren a Monterrey para negociar también con el Arquitecto Giles su nueva Casa Sanford. En tanto los empleados de la ferretería atendían a sus clientes en un depósito temporal en la misma calle de Padre Mier.

Los dependientes y empleados de La Reinera, bajo la dirección de sus gerentes, había devuelto a su primitivo orden las mercancías del establecimiento, en caos durante los días pasados. Los ingenieros habían recorrido el edificio y analizado sus desperfectos. En ese edificio, el fuego había dañado las cabezas de las vigas del piso superior y penetrando al cielo raso. Durante el incendio, para combatirlo, hubo necesidad de rasgar aquel cielo raso e impregnar de agua las vigas. Los empleados de ese comercio fueron los héroes en su defensa. A ellos se debió, según la prensa, su preservación. 

El edificio necesitaba reparaciones para corregir las averías. Y al instante comenzaron a remediarlas. Pronto estaría listo para dar nuevamente atención al público.  

Jasper T. Moses Today in the land of tomorrow 1907
Parecía que todo iba tomando nuevamente su curso normal. Lo único malo, aquel día, era la impertinente lluvia. Había dejado de ser interrumpida. Después de mediodía continuó cayendo sin descanso. Mesclada con ráfagas de viento.

Quienes más sufrían por este estado del tiempo, eran los vecinos del Barrio San Luisito. Sus casas de adobes empezaban a remojarse de mala manera y algún viento, para colmo, se colaba por las ventanas causando estragos y haciendo volar algunas láminas y paja de los techos. Era una situación, más que incómoda, alarmante. No todos los regiomontanos, especialmente aquella gente sencilla del barrio, estaban al tanto de las noticias de los periódicos. Allí se anunciaban las tormentas que iban apareciendo a lo largo de la costa del Golfo, el Huracán que estaba azotando el Atlántico y que había pasado por La Habana hacía algunos días y los estragos en el Caribe. La Florida y Nueva Orleans habían estado también en alerta. La verdad era, que uno de los huracanes más letales  de todos los tiempos, se dirigía a paso firme rumbo al Noreste Mexicano. Durante aquella semana había abatido Santo Domingo y Haití, Cuba, la Península de Yucatán y estaba ya azotando las costas de Tamaulipas.

Aquel jueves 26, los diarios mexicanos avisaban de tormentas y altas mareas en Veracruz y Tamaulipas. Pero el ciclón ya estaba haciendo estragos en las costas mexicanas y su sistema llenaba de tempestades el noreste Mexicano. Destruía a su paso los faros marinos, casas y comunicaciones telegráficas. Ante el caos de aquel ataque de la naturaleza, era difícil que los vecinos de Monterrey estuvieran al tanto de la tragedia que se les echaba encima. Hicieron lo mejor que pudieron para resguardarse de la lluvia constante e imploraron al cielo para que pasara pronto el temporal. En el Barrio San Luisito alguna mujer humilde encendió la vela pascual en el pequeño altarcito de Santos, adosado en una cruda pared de barro. Era la vela del domingo de Resurrección que había traído de la basílica del Roble el último día de la Semana Santa. Rezaba un Ave María a la Virgen para que alejase la tormenta. Su sencillez era casi tan inmensa como el misterio de la Voluntad de Dios.

En Monterrey, aquella noche, sólo los niños pequeños durmieron en paz.


Puente, diseño de Alfred Giles sobre el Río Santa Catarina y Barrio San Luisito (Hoy Colonia Independencia) c. 1909
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martes, 5 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 5/8 (Miércoles)

Miércoles 25 de Agosto de 1909

Mientras continuaron desde temprano las obras de demolición y limpieza en las ruinas del incendio, los representantes de las casas aseguradoras tenían ya un cálculo de las pérdidas totales y de lo que podían y debían pagar.

¿Cuáles fueron las pérdidas y quienes fueron los perjudicados? Veamos.

La manzana incendiada, fue, como dijimos antes, la que está rodeada por las calles de Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. En la esquina norponiente de Morelos y Escobedo se encontraba el edificio más antiguo y emblemático de la manzana: el antiguo palacio de Gobierno de Nuevo León, convertido en la Botica del León de los Señores Bremer y Compañía. En el mismo inmueble estaba una Tlapalería propiedad de la misma compañía Bremer. Al parecer allí se tenían pinturas y otros materiales inflamables y quizá por eso en una fotografía tomada al día siguiente se ve colapsado el muro en esa parte del inmueble. En la parte superior de la Botica, Droguería y Tlapalería habitaban las familias de Don Roberto A. Bremer y de Don Juan Reichman. En algún lugar de aquel edificio debió situarse también la oficina del Consulado de Austria-Hungria, cuyo cónsul honorario ese año era el Sr. Reichmann.
Croquis de la Cuadra incendiada con anotaciones a partir de la información de los periódicos de aquella semana. El original aparece en la primera plana de El Imparcial del 23 de Agosto de 1909. La escritura y marcas en rojo son mías.


Por la misma calle de Morelos, a continuación, se situaba el edificio de “La Reinera” “Uno de los más bellos de la ciudad” diseñado por el arquitecto Alfredo Giles. Este edificio es el único que queda de aquella época. Recibió algunos daños durante el incendio, pero no pereció en él.  Según las crónicas periodísticas de entonces, eso se debió al esfuerzo y al empeño de sus dependientes. El inmueble de dos pisos se extiende media cuadra por la calle Morelos hasta llegar a la esquina con Paras y continúa por ese callejón más de media cuadra hasta su límite con la Ferretería Sanford.


La Reinera Fuente: Justo Sierra: México Su Evolución Social Tomo III 1900 
La Ferretería Sanford estaba establecida en un inmueble de dos pisos propiedad de Don Marcelino de la Garza, vecino de Saltillo. En los altos de aquel edificio, se hallaba la oficina del Consulado Británico y probablemente la casa habitación del Cónsul Don John Bertrams Sanford. El inmueble se extendía desde la calle o Callejón de Paras, haciendo esquina en Padre Mier y proseguía un tramo hasta colindar con un edificio de 4 pisos propiedad de los Señores Bremer.

Propaganda del Almacén El Puerto de Liverpool de la Cd de México
El edificio de 4 pisos debió ser el más alto de la ciudad en ese momento. Era un diseño del Arquitecto Alfred Giles y sólo tuvo una existencia de escasos 2 años, pues había sido concluido en 1907. Según se deduce de las crónicas periodísticas sobre el incendio, allí se encontraba en el 3º ó 4º piso, el Laboratorio Químico de la Droguería Bremer en la que se producían las medicinas de patente que se vendían en el Despacho de la Botica. Debió haber en él un almacén de productos químicos altamente inflamables. Las notas periodísticas concluyen que allí comenzó el incendio. Los dos pisos inferiores daban cabida a la sucursal del almacén o “Cajón de Ropa” de nombre “El Puerto de Liverpool”, propiedad de los herederos del finado Don José Goodman, de Torreón, quien se habría suicidado un año antes (según la nota periodística de El Popular del 5 de mayo de 1908, por problemas de solvencia económica). Esa negociación no poseía un seguro contra incendios. El corresponsal de El Diario de México escribe en un telegrama: “la pérdida ha sido total para el propietario que ha quedado verdaderamente reducido a la más absoluta miseria.”

Continuando hacia el oriente, por la calle del Dr. Mier, se encontraba un inmueble propiedad de Don Isaac Garza. En esa casa de dos pisos, habitaba, probablemente en la planta superior, la familia Garza Lafón, mientras que en la planta baja, o en parte de ella, se encontraba la “Compañía Manufacturera de Tubería de Plomo”  del Señor Izaguirre.

La última propiedad de la cuadra era una casa de un solo piso. En ella se encontraba la tienda de abarrotes “La Bola de Oro” propiedad de Don Emilio Martínez. Ocupaba la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo.

Contiguo a la tienda de abarrotes (por la calle de Escobedo) se hallaba un edificio de dos plantas que, según los informes periodísticos, también era propiedad del Sr. Martínez. En ese edificio, en la planta baja, se hallaba el restaurante y cantina  de nombre “Salón Fausto” y en la parte superior la vivienda de la familia de Don Juan de la Garza. Junto al Salón, estaba un Cinematógrafo, que debió formar parte del mismo inmueble. Todas estas fincas en la esquina de Escobedo y Padre Mier no perecieron en el incendio y fueron las menos dañadas por él. Sin embargo el agua y la turbulencia durante la tragedia hicieron estragos en ellas.  Escribe el corresponsal de El Diario: “La cantina conocida con el nombre de Salón Fausto, uno de los sitios más bonitos de la ciudad, quedó completamente remojada”. Ni el Salón Fausto ni la tienda de Abarrotes poseían seguro.  El imparcial señala que las pérdidas de Don Emilio Martínez se debieron a la “gran cantidad de botellas de licor y latas que se rompieron o extraviaron durante el siniestro”. Y agrega que sólo hacía algunos días que el Señor Martínez “había trasladado su comercio a este local, cancelando su póliza de seguros la semana pasada”.

Esa era la situación de los dueños de los negocios de aquella cuadra. Unos poseían seguro contra incendio, otros no. Pero todos fueron perjudicados. Y lo que es “normal” en estos casos, las pérdidas superan los montos asegurados. 


Titular en EL DIARIO de México del 25 de Agosto de 1909

Habían pasado 4 días del desastre y los primeros cálculos de las pérdidas estaban muy por debajo de la realidad. Los periódicos ahora informaban que éstas ascendían a $2.079,000.00

“Por informes obtenidos con los dueños de las casas y establecimientos – escribe el corresponsal de El Diario el día 25 de agosto – sábese  que las pérdidas son estas: Droguería Bremer, 1,400,000 pesos, incluyendo los edificios de las calles Mier, Morelos y Escobedo que quedaron destruidos. La Ferretería Sanford, 300,000, pesos sin incluir el edificio; este valdrá unos 50,000 pesos; “El Puerto de Liverpool” 250,000 “La Reinera” perderá por extravío de mercancías, roturas, reparación de algunos muros y defensa de los que se encuentran calcinados, 60,000 pesos. La Ferretería Langstroth por mercancías averiadas, reparaciones, pintura, etc., 4,000 pesos. La casa Izaguirre por averías en el mobiliario, 1,000 pesos. El Señor Emilio Martínez, dueño del Salón Fausto, por destrucción de mercancías 3,000 pesos. Líneas Telegráficas y Telefónicas, por reparación de pavimento, etc., 1,000 pesos.

“Total de pérdidas mal calculadas, dos millones setenta y nueve mil pesos. Excepción del Salón Fausto, todos los demás establecimientos estaban asegurados pero en cantidades menores que su valor real, por lo que las pérdidas de todas maneras serán cuantiosísimas”.

Nota de The Brownsville Daily Herald
 del 24 de agosto de 1909
El cálculo de las pérdidas variaba de día a día y de periódico a periódico. El cálculo en dólares ascendía a un millón 400 mil según The Brownsville Daily Herald del 24 de agosto.  

Por otra parte, no se indica cuál fue la cantidad restituida a los propietarios y damnificados. En una brevísima nota de The Insurance Press a Newspaper for Insurers and Insured del 1 de septiembre (once días después del incendio) se señala que las pérdidas conjuntas de las Casas Bremer y Sanford ascendían a 500,000 dólares. Una cantidad muy inferior a la informada por los diarios mexicanos y extranjeros una semana antes. Sin duda fue una ardua empresa la de reclamar a los seguros la restitución justa.

El vecindario tenía también otras inquietudes además del incendio y sus inconvenientes. En aquella época revuelta y con las elecciones nacionales inminentes, los periódicos informaban sobre el paradero del Gobernador del Estado, el General Reyes quien se había postulado unos meses antes a la vice-presidencia, pero todo parecía confuso. Se decía que Don Porfirio no había querido recibir a Reyes y que lo había mandado a ponerse de acuerdo con su opositor político el General Treviño, jefe de la Zona Militar a que pertenecía Nuevo León. Se decía también que Don Bernardo Reyes estaba en Galeana rodeado de Militares, o que estaba en Cerralvo en una Junta. Había mucha confusión y cierta conmoción en el área. Los periódicos norteamericanos manifiestan una constante inquietud con el ambiente político en el norte de México. La lucha por el poder produce siempre daños colaterales.

Aquel miércoles, la familia del General Reyes partió en automóvil de Monterrey con rumbo a Galeana y los periódicos informaron que todo estaba en orden. Y añadían: “Se asegura que regresará en los primeros días del mes entrante”.

Entre las tragedias políticas y naturales transcurrían los días de aquel funesto agosto. 

Cayó una vez más la noche. Espesas nubes impedían apreciar las estrellas. Al momento un aguacero empapó cada rincón de la ciudad. Fue uno de esos chubascos que duran poco y mojan mucho. Finalmente la manzana en ruinas pasó a ser un montón de cenizas empapadas. Las brazas se convirtieron en trozos de carbón mojado. Sólo entonces cesó cualquier amenaza de fuego.

sábado, 2 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 4/8 (Martes)

Martes 24 de Agosto de 1909

Las primeras en abrir los ojos aquel día, al igual que todos los días, fueron las madres de familia. Temprano, como siempre, salieron a la puerta de sus hogares escoba en mano. Barrieron la banqueta de la fachada de sus antiguas casas de sillares. Con una tina llena de agua y mucha energía, dejaban todo limpio y listo para recibir al sol del agosto regiomontano. En casa de las familias acaudaladas de Monterrey, esa labor la hacía la servidumbre. Pero era una costumbre generalizada, todas las calles debían quedar limpias. Aquel martes 24 de agosto de 1909 no fue la excepción. El calendario señalaba, en su santoral, la fiesta de San Bartolomé. Famosa en el mundo por sus malos augurios y célebres desventuras. Pero en Monterrey, el 24 de agosto, era más popular por ser el día que se le dice adiós a la canícula. Aquella mañana los ancianos sentían ya los cambios de temperatura en el aire, algunas molestias en las coyunturas por la humedad que se iba aproximando y una ligera brisa menos caliente cruzando por la atmósfera. 

 –  “Parece que va a llover”. Se escuchó decir a alguno de ellos.

Había en el barrio olor a pan y a chocolate, y en las cocinas, a tortillas de harina y chorizo. El pueblo se desperezaba con velocidad. Los jornaleros se encaminaban a sus puestos de trabajo como todos los días. Y un poco más tarde el sonido de los silbatos de las numerosas fábricas de la Ciudad anunciaría el inicio de la jornada laboral.


Los peones contratados para terminar de derribar las ruinas de los edificios recientemente incendiados estaban ya en sus puestos echando abajo sillares, ventanas y balcones. No les parece necesario esperar órdenes.  Aquel martes se continuó “durante todo el día con la demolición – escribió el corresponsal de El Diario De México – pero  ésta se ha hecho…de una manera tan torpe que es fácil que se perjudiquen las casas inmediatas y que ocurra alguna desgracia”.



Toma de la Calle de Padre Mier hacia el Oriente después del incendio. Hombres trabajando y recogiendo escombros. Al centro de la imagen se aprecia el edificio de 4 pisos propiedad de Bremer y Compañía. Fuente Fototeca del ITESM 

Por la tarde le llegó el turno a la fachada del más alto de los edificios de Monterrey. Tenía cuatro pisos y albergó a la negociación “El Puerto de Liverpool” y al Laboratorio de la Droguería Bremer. ¿Qué hicieron los trabajadores para echarlo abajo? No lo sé. El corresponsal del Diario no lo especifica. Sólo escribe: 
“Circuló la versión de que cayó la fachada del Puerto de Liverpool, y habían quedado sepultados varios operarios, pero esto resultó inexacto. Cosa de veinte obreros estuvieron en gran peligro por falta de precauciones pues quedaron dentro de la zona de polvo que les asfixiaba por momentos. Sólo uno resultó lesionado en una mano”. Cuando cayó la fachada provocó tal estrépito que “atrajo una gran multitud que vino a aumentar la ya numerosa que ha permanecido en las bocacalles, presenciando las maniobras de salvamento de mercancías, pues hay que hacer notar que el fuego renace a cada momento entre los escombros”.
“Todas las personas que habitan en las casas contiguas están temiendo que las chispas arrebatadas por el aire propaguen el fuego”.  Y es curioso notar que aún después de tres días “En el centro de la manzana se levanta una gruesa columna de humo amarillento” y “En ocasiones las llamas toman tal incremento que el vecindario se alarma, pues las casas vecinas están completamente amenazadas”.

Ardían, pues, los escombros de grandes empresas, pero los hombres de negocios de aquella época en Monterrey no eran gente que se dejara vencer por la adversidad.

Ese mismo martes la Botica del León tenía ya su “despacho por la calle Zaragoza” y había “reanudado sus ventas con las existencias que se salvaron”.

Por su parte, los Señores Sanford abrieron “un comercio en la misma calle del Doctor Mier con las existencias que tenían en su bodega de la estación”. Se situaron en el antiguo local de la “Función Mexicana de Tipos”-

Después de una jornada intensa de trabajo, se notaba ya el avance en la limpieza del área incendiada. Sólo quedaban en pié los edificios de las esquinas opuestas de la manzana. Uno era el hermoso edificio “La Reinera” diseñado por Alfred Giles para la compañía Hernández Hermanos Sucesores que se hallaba, y aún se encuentra, en la esquina nor-oriente de Morelos y el Callejón de Paras. Y el otro “sobreviviente” era un amplio inmueble que tenía varios usos, en la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo. Emplazada, en la misma esquina, estaba “La Bola de Oro”, almacén de abarrotes del Señor Emilio Martínez. Adjunto a aquella tienda, por el lado de Escobedo, despuntaba aún en pié, el Salón Fausto, en cuyos altos vivía la familia de Don Juan de la Garza. Algunas notas de periódicos indican que aquel inmueble también era propiedad de Don Emilio Martínez. Y anexo al Salón, que era a la vez cantina y restaurant, se hallaba un cinematógrafo. Parte de aquel predio era también, según los periódicos que dan cuenta del incendio, un negocio de Plomearía propiedad del Señor Izaguirre. Se ubicaba por la calle de Padre Mier.

Vista de la Calle Morelos hacia el Oriente unos años después del incendio. A mano izquierda en primer plano el Edificio del Banco de Nuevo León. Y hacia el fondo la Reinera y el nuevo edificio de la Droguería Bremer.
Algunos de los representantes de las casas aseguradoras llegaron ese martes para examinar los daños y las mercancías salvadas y hacer sus cálculos y ajustes. Así los seguros podían compensar a los asegurados. Indiscutiblemente, a simple vista, se podía obviar que el monto de las pérdidas excedía sobremanera a la suma asegurada por parte de los Señores Bremer y Sanford. Quienes, según el corresponsal de El Diario, estaban asegurados con la “London and Norwich Insurance” y su representante el Señor P. Q. Parke iba a examinar esa tarde las mercancías que se encontraban almacenadas en las casas del Doctor Treviño y de Don Pablo Buchard.

Empezó entonces a soplar el viento… anunciaba el norte que los ancianos habían pronosticado desde muy temprano. Las brazas entre los escombros se fueron avivando y como a las 8 de la noche el fuego ya era amenazante. Hubo necesidad de llamar nuevamente a los bomberos. Por suerte controlaron la situación sin mucha dificultad. Y para rematar la jornada,  cayó con estrépito la fachada de la ferretería Sanford. Quizá algunos jornaleros, los que vivían más alejados del centro, probablemente en el Barrio San Luisito, ya se habían marchado y quedaban sólo los que tenían sus casas más cerca. Pero la claridad se iba despidiendo y el trabajo se hacía más difícil. Fue imposible continuar. Al final la manzana en ruinas volvió a descansar del ruido de picos palas y bullicio de operarios.

Aquella noche, cuando todo el vecindario dormía, una suave brisa con olor a leña y carbón, sopló por todas las calles de Monterrey. Entre tanto, un huracán sin nombre, como un enorme león al asecho se cernía sobre las aguas del Golfo de México.






martes, 29 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 3/8 (Lunes)

Lunes 23 de Agosto de 1909

Calle Morelos hacia el poniente. Después del incendio de 1909
Las Carretas del cuerpo de Bomberos continúan trabajando.
Los curiosos se acumulan en las bocacalles. 
Amaneció en la ciudad y todo parece ahora estar en calma. Los escombros de la Botica del León se acumulan en la avenida Morelos interrumpiendo el tránsito de carros y automóviles. La calle del Comercio luce extraña. No se ven tantas damas recorriendo los almacenes de ropa, en cambio si se ven muchos trabajadores alistándose a derrumbar los muros de la Botica que de cualquier manera amenazan desplomarse. Gente del pueblo llano, con sus sombreros de pico alto, sus camisas blancas y empercudidas y sus sandalias de suela de cuero con correas de lo mismo, para proteger unos pies que casi no necesitan protección. Están dispuestos a trabajar en lo que el ingeniero y el contratista les ordenen. “¡Aguas con esa piedra!” es el grito que se escucha constantemente intercalado con el sonido del mazo y la piqueta.

Y al momento se desploma un tramo del muro con sus vetustos sillares. Los obreros se apartan al instante. “Cuidado con esos charcos de ácido que parecen agua”. Grita el capataz. En la droguería se almacenaban considerables cantidades de sustancias ácidas. Éstas quedaron acumuladas en cunetas del pavimento mezcladas con agua. La noche del incendio, los voluntarios y bomberos pensaban que era agua y algunos, al contacto con ellas, se provocaron quemaduras. Pero quienes más se perjudicaron con estos ácidos fueron los caballos que tiraban de las carretas requeridas para el salvamento. Muchos de ellos quedaron heridos e inutilizados debido a quemaduras en las patas.

Y cuando el muro cae, la montaña de escombros crece en medio de la calle del Comercio. El callejón de Paras también se encuentra lleno de escombros de los muros de la Casa Sanford. La Calle del Dr. Mier, sin embargo, no está aún demasiado obstruida, pero las fachadas del “Puerto de Liberpool” y los muros de la misma ferretería Sanfor, que dan hacia ella, amenazan con desplomarse de un momento a otro. En esa calle está interrumpido el tráfico de trenes pues se teme que con la vibración, a su paso, se desmoronen las paredes que aún quedan en pié.

Tanto la calle de Padre Mier como la de Morelos eran la ruta del tranvía. Los rieles ahora estaban inutilizados por los escombros y no quedaba más remedio que reorganizar los itinerarios. Y aunque la calle de Escobedo se encontraba relativamente despejada, era mejor dejarla tranquila, pues la mitad de la Botica del León daba hacia ella e iba a ser necesario derribarla por completo.

Calle Padre Mier hacia el poniente desde el callejón de Paras. La foto está fechada el 22 de Agosto pero la escena debió repetirse a lo largo de aquella semana. La ruta del tranvía está interrumpida y se trabaja en organizar la mercancía y limpiar las calles de escombros. 

También por la calle del teatro (Escobedo) pasaban los carros del tranvía, pero no entre Padre Mier y Morelos, sino una cuadra más al norte donde los trenes que transitaban por Matamoros doblaban por ella o viceversa. Reorganizar la ruta de los trenes, aunque engorroso, no era un problema serio. La reconstrucción de la manzana sí lo era. Y había que poner en ello todo el empeño.

Por otro lado y principalmente, entre los apremios y sufrimientos, estaban los de las personas y familias que habían perdido sus hogares y, buena parte sus bienes, cuando no todos. El reportero de El Diario informó este día que las familias Bremer, Reichman y la de Juan de la Garza “que estuvieron en inminente peligro, se encuentran aún enfermas a consecuencia de la impresión.” Sin duda no fueron los únicos que debieron sentirse enfermos o abatidos por las inmensas pérdidas y el estremecimiento durante el incendio. 

De las familias Bremer y Reichman ya dijimos que tenían su residencia en la segunda planta de la Botica del León. La familia de Don Juan de la Garza vivía en los altos del Salón Fausto y la noche del incendió, sus miembros salieron a la calle precipitadamente “en medio de un terrible pánico”. Otra familia que tenía su vivienda en la cuadra incendiada eran los Garza Lafón “bastante prominentes en nuestra ciudad”. Ocupaban, según el corresponsal de El Imparcial, una casa propiedad de Don Isaac Garza al lado del “Puerto de Liverpool”.  


Estas familias tenían motivos sobrados para sentirse mal. Y no estaban solos en aquella desgracia.

A media tarde de aquel triste lunes, después de una comida desganada y sin tener el ánimo de dormir la siesta, un grupo de señoritas se dan cita en una de las bocacalles de la cuadra en ruinas. Allí precisamente en el cruce de la Calle del Comercio y Escobedo. Observan los muros abatidos y las montañas de escombros. Todo está irreconocible. El anuncio de la Botica del León es un formidable rectángulo carbonizado. Sus pálidos rostros compungidos y llorosos, protegidos del sol veraniego regiomontano con enormes sombreros, sólo reflejan tristeza. En silencio sollozan y piensan en su futuro.  Eran empleadas de la Droguería Bremer. Veinticinco señoritas y unos 40 empleados de las casas Bremer y Sanford se habían quedado sin empleo.

Fragmento de la primera página de
 El Imparcial del 23 de Agosto de 1909
La desgracia había traído, sin embargo, empleo a otros tantos. Una cuadrilla de trabajadores se afanaba en transportar escombros y limpiar las calles. Aquel lunes los jornaleros trabajaron hasta tarde y fueron citados temprano para el día siguiente.

Oscureció casi a las nueve, pues el cielo, de un color azul intenso,  estaba completamente despejado. Cuando por fin cayó la noche, la claridad de la luna, en cuarto creciente, quiso competir con la luz mortecina de las farolas públicas, y ambas, al contacto con los muros de las ruinas en la  manzana herida, proyectaron sombras siniestras a las que nadie prestó atención. Las amas de casa, de todos los barrios y suburbios de la ciudad, sacaron sus mecedoras a las banquetas. Conversaron hasta la media noche con sus vecinas, vigilando a los niños más pequeños que jugaban junto a ellas, mientras que los adolescentes correteaban libremente por las calles. Era un ritual cotidiano y se efectuaba diariamente para refrescar el cuerpo y también la mente, se hablaba de todo y de nada. Aquella noche, por supuesto, el tema de conversación fue el peligro en que se encontró la población durante el incendio. “
Gracias a Dios, nadie ha muerto en el incendio.” – decían las mujeres mientras se santiguaban. Podían ahora retirarse a dormir tranquilas después de aquellos días turbulentos. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 2/8 (Domingo)

Domingo 22 de Agosto de 1909

En medio de aquel caos, el pueblo, alborotado, presenciaba un espectáculo aterrador y al mismo tiempo fascinante.

Las vigas de madera de algunos edificios, cubiertas de ácidos y componentes químicos, salían disparadas de entre la inmensa hoguera como fuegos pirotécnicos con variados colores. Las llamas alcanzaban el cielo quizá, según los informes de los periódicos, hasta una altura de unos 150 metros, iluminando la ciudad “con claridad meridiana” hasta sus más retirados suburbios.

Por su parte, el grupo de rescate estaba compuesto en su gran mayoría por voluntarios, empleados de los establecimientos dañados y gente de buenas intenciones. Los periódicos narran la valiente actitud de dos policías “El señor Librado Tamés y el gendarme número 104”, quienes “quemándose la cara con el candente vaho” permanecieron sosteniendo las mangueras dirigidas hacia el interior de la Botica y, de esta manera,  pudieron detener momentáneamente el avance del fuego. “El pueblo testigo de este rasgo aplaudió frenéticamente a los valientes policías”.

Fragmento de la Primera Página del Diario de México 27 de agosto de 1909

Valientes fueron también los empleados de la ferretería Sanford quienes al recordar que en la negociación se guardaban considerables cantidades de explosivos acudieron a recoger y alejar del peligro “cuarenta cajas de dinamita, algunos sacos de pólvora y numerosos fulminantes”. “La existencia de explosivos que había en la Botica del León – informa el corresponsal de El Diario de México – no pudieron ser sacados fuera del edificio, porque se guardaban en un subterráneo, a donde materialmente se hizo imposible poder penetrar, por el calor del fuego. Un derrumbe casual de uno de los muros dio causa a que el citado subterráneo quedara incomunicado con el resto del edificio, siendo éste el único motivo por lo que los explosivos allí almacenados no hicieran explosión. En caso contrario, no se sabe la desgracia tan enorme que hubiera ocurrido.

Al cajero de la droguería Bremer, de nombre Agustín Buentello, también se le consideró valeroso al avanzar “intrépidamente, durante el fuego, para salvar los libros y el dinero, siendo aplaudido por la multitud”.

Toda la cuadrilla de empleados de La Reinera, edificio que logró, junto con el Salón Fausto, no perecer en el incendio, fueron elogiados por el Diario de México. El corresponsal en Monterrey escribe: “El salvamento de la negociación se debió más al auxilio de los empleados que al aislamiento del fuego. Este había invadido ya las cabezas de las vigas del piso superior, introduciéndose por bajo del cielo raso y dificultando con esto las maniobras. Rasgado el cielo se atacó el incendio haciendo uso de mangueras de hule pero como el agua de los tinacos estaba hirviente, el hule se deshacía. Solamente los heroicos esfuerzos de los empleados lograron evitar la propagación”.

Y Continúa: “Es justo consignar sus nombre: llámanse Gonzalo Llaguno, que es el jefe de los empleados, José B. Sáenz, José Barrenochea, Antonio Ayala, José Bilbao, Marcelino Villar, Francisco Salinas, Alfredo Martínez, Bruno Vizcaya, Eudosio Villareal, Florentino Llaguno, Vidal Gómez, José Goroztizaga y Ángel Jáurogul. Los mozos son: Ángel Rodríguez, Juan Valdez, Pascual Cárdenas, Nicolás García y Juan Encontría”.


Interior de La Reinera, Departamento para Señoras. Fuente: Album Conmemorativo del 50 aniversario.

Y como casi siempre sucede, había personas que a pesar del peligro se negaban a abandonar sus hogares. El mismo corresponsal escribe: “Se hacen elogios acerca de la serenidad que demostró la señora esposa del Cajero del Banco de Nuevo León pues permaneció en su domicilio situado frente al foco del incendio, en tanto que el resto de sus vecinos se ponían en cobro. Hubo necesidad de sacarla a la viva fuerza y aún así no pasó de la esquina de la calle”.

Aquella fue una noche caótica. Reinaba la confusión y la desesperación por salvar las pertenencias y mercancías. Pero en ese intento de salvar los bienes se extraviaron y perdieron muchos. En un momento dado se vio caer de los balcones de la casa Sanford un Piano de Cola con valor de más de mil pesos. Naturalmente quedó hecho trizas. Lo peor de todo fue que en la caída hirió en una mano al Sr. Arturo Flyns, de origen alemán.

Durante el incendio, nadie resultó herido de gravedad. Sin embargo algunas personas sufrieron lesiones y quemaduras. Entre ellas se hallaban el velador del Banco Mercantil, Don Manuel Galván, con quemaduras en una mano y algunas otras lesiones ligeras. Escribe el corresponsal de El Diario: “otro alemán, activísimo, que sufrió quemaduras en las manos al sujetarse a los alambres para no caerse desde el tercer piso del laboratorio [fue el Señor] Ernesto Segeth y es dibujante de la Compañía de Agua y Drenage”. A éste, la noche del incendio, el corresponsal lo confundió con Don Juan Reichmann. De él escribe: “estaba verdaderamente como loco, corriendo por las calles y ordenando la salvación de las mercancías”.

La caja fuerte de la casa Stanford fue otro de los objetos que se intentó poner a salvo. Fue sin embargo imposible, se le acercó al balcón y debió desplomarse junto con los techos de la ferretería. El fuego la dejó sellada. 

Hacia la una de la mañana, el departamento de pinturas de la droguería se encontraba en llamas y unos minutos después se desplomaron los techos del ese edificio, antiguo palacio de gobierno. Un poco más tarde una gran parte del muro que daba hacia la calle de Morelos se desplomó llenando la calle de escombros. Pero el incendio estaba quedando reducido y controlado. Para la una y media, el fuego parecía haber quedad confinado y limitado. Se mantuvo durante toda la madrugada una fuerza de gendarmes con la tarea de continuar echando agua a las ruinas llameantes.

Despuntaban las primeras luces del día y las llamas perdían su fuerza. El trabajo en equipo, al final, había dado resultado. El fuego estaba dominado aunque aquella cuadra estaba destruida.


Ruinas de La Botica del León. 22 de Agosto de 1909. Fuente; Fototeca del ITESM
Poco a poco los voluntarios y curiosos se fueron retirando de la escena, no así los empleados, propietarios y encargados de los almacenes y negocios quienes no hubiesen podido dormir aunque quisieran. Su deber era ordenar y poner a salvo las mercancías y bienes de los negocios.

Para los demás pobladores de Monterrey, la vida continuaba en aquella ciudad de unos 80 mil habitantes.

El domingo amanecía. El acostumbrado repicar de las campanas llamaban a la misa de 6 en la Catedral Metropolitana, en San Francisco, en El Roble… En todas ellas se debió celebrar la misa agradeciendo a Dios porque el incendio no causó muertes. Se habían perdido bienes materiales y muchos, pero ninguna vida.

Después de las misas dominicales, los parroquianos continuaron dándose cita en las bocacalles de la manzana incendiada. Aún estaba resguardada por la policía y aún seguían ardiendo las ruinas.  A la luz de ese nuevo día podía apreciarse la magnitud de la desgracia. Ardían los escombros de la Casa Bremer, mientras que el Puerto de Liverpool y la Casa Sanford eran penosos despojos.

A las Once de la Mañana colapsó otra parte del Muro de la Botica del León, y las que permanecían en pié amenazaban con desplomarse. Se interrumpió el paso de los tranvías, carros y carretas por las calles de la manzana para evitar algún derrumbe con la trepidación de los mismos, especialmente con los tranvías.

La vida debía continuar en Monterrey y aquel domingo había una Corrida de Toros en la Plaza de Santa Lucía. Parecía, sin embargo, que un mal sino acompañaba a la ciudad desde que comenzó el mes de agosto. La corrida, fue un fiasco. Todos los toros “resultaron malísimos”. Se le dio una multa a la empresa y el público exigió se le devolvieran las entradas. Cosa que, por supuesto, no sucedió y la turba “a tendido de sol” se encendió en cólera [no digo yo…. Agosto en Monterrey bajo el sol ¿quién no se enciende?]. Y “comenzó la destrucción de la plaza, lanzando al rodel tablas, barnadillas, cojines, cornisas, sillas y cuanto encontraban a mano”. Don Ignacio Morelos, el mismo inspector de policía que anoche estaba tratando de apagar el fuego con un extinguidor en la Botica del León, arengó al público, perdonó y puso en libertad a los detenidos, logrando restablecer la paz y la tranquilidad y recibiendo la ovación de la gente. 


Inicio de una Corrida de Toros en Monterrey 1909 Fuente: Fototeca del ITESM

Por la tarde, las cosas iban volviendo tomar su cauce. Alrededor de las 3, el servicio telegráfico, que había permanecido interrumpido, se restableció.  Los cables de la oficina de telégrafos ubicada en los altos del Banco de Nuevo León se habían dañado nada más comenzar el incendio la noche anterior. La voz de la prensa, muda hasta ese momento, podía volver a comunicarse con el mundo. El Corresponsal del Diario de México en Monterrey escribe en cuanto le es posible: “Desde anoche hubiera telegrafiado sobre este suceso, que tiene consternados a todos los habitantes, pues la mayor intensidad del fuego fue a las once de la noche, pero los telégrafos federales, cuyas oficinas quedan precisamente en el callejón de Parás, frente a los edificios incendiados, suspendieron inmediatamente sus labores, incomunicando a Monterrey del resto del mundo. Los empleados del telégrafo, poseídos de un verdadero pánico ante la inminencia del peligro, corrían despavoridos, procurando salvar los aparatos y dando parte a México de que no transmitirían los mensajes. Además, los hilos que pasaban sobre las llamas se inutilizaron, naturalmente. El hilo de la Prensa Asociada no funcionó desde las diez. El siniestro comenzó minutos antes de esa hora.”


Banco de Nuevo León. Esquina nor-oriente de las Calles Morelos y Emilio Carranza. El edificio abarca toda la cuadra hasta Paras. En ese callejón en los altos del edificio, se encontraba la Oficina de Telégrafos. Los cables quedaron dañados temporalmente por el incendio y el edificio estuvo en peligro de incendiarse. 
Y en otra nota agrega: “Son las tres de la tarde y aún continúa el fuego entre los escombros del espantoso desastre. La magnitud de éste puede apreciarse hoy, viendo las ruinas y comprendiendo el inmenso peligro que han corrido los edificios que forman el núcleo comercial del centro de Monterrey.”

Millares de curiosos permanecían en las bocacalles todo aquel domingo contemplando las ruinas, cuando un viento fuerte del Este comenzó a soplar avivando las brazas de los escombros, despertando el fuego, pero una lluvia fuerte y bienhechora, que cayó a las siete de la noche, amagó por completo las brazas y dispersó a los curiosos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Los Rurales de México 3/7


III.                   Policía Rural Porfiriana

1.      Reglamento

Rural 1907
 Mexico Of  The Twentieth Century
por Martin, Percy F. Vol I
London 1907
Hay personajes en la historia que la marcan definitivamente, y para la historia de México, el General Díaz, es uno de ellos. Militar, general del ejército mexicano, protagonista durante la intervención francesa, héroe de guerra, gobernador de Oaxaca, presidente interino y constitucional de la República ¿9 veces? O una sola en 9 capítulos. Genio organizador, pacificador, dictador, precursor del progreso, contra los franceses y afrancesado, despreciable villano amado y odiado. No podía ser de otra forma, sólo una revolución más grande que él podía sucederlo. En su tiempo y por su liderazgo acontecieron muchas cosas “buenas” y “malas” en México (si es que puede hablarse de maldad o bondad en la historia) es imposible negarlo. Pero la que viene al caso aquí de entre las cosas “buenas”, es el desarrollo de las vías férreas y los caminos que, después de la Guerra de Reforma, la intervención Francesa y las revoluciones continuas para perpetuarse en el poder, se encontraban en continuo asecho de los salteadores, ladrones, plagiarios y oportunistas de todo tipo.
El gobierno de Díaz en su determinación por acabar con la delincuencia en los caminos estaba decidido a fortalecer los cuerpos de policía rural.
Desde el 21 de enero de 1869 la policía rural había pasado de depender del Ministerio de Guerra al Ministerio de Gobernación y, aunque los gobiernos anteriores al de Díaz habían implementado modificaciones a la organización de los cuerpos de policía rural, no fue sino hasta el 24 de junio de 1880, cuando se decretó un nuevo reglamento que superaba con creces al decreto de Juárez de 1861. El nuevo reglamento[1] incluía 13 capítulos tocantes a la organización, desempeño y regulación de los rurales.
El reglamento prevé la existencia de un inspector en quien recae la vigilancia y la responsabilidad del buen funcionamiento de los cuerpos de policía. Especifica los salarios, la jerarquía y las funciones de cada miembro de la tropa, las tareas y los procedimientos de vigilancia en los pueblos y caminos pequeños y grandes, se detalla la vestimenta y la diferencia por galones según el rango, etc. Algunas cosas me parecen más llamativas, aunque quizá no sean las más esenciales del reglamento. Estas son:
a)     Los requisitos para ser admitido:
-         “Ser ciudadano mexicano por nacimiento ó naturalización.
-         Acreditar, con certificado de dos personas respetables, su buena conducta.
-         Saber leer y escribir.
-         Tener más de veinte años y menos de cincuenta.
-         Ser diestro para el manejo del caballo y apto para su cuidado.
-         Disfrutar de perfecta salud, tener buena constitución y despejo intelectual; y por último,
-         Presentar un fiador que responda del vestuario y equipo, mientras el guarda satisface su valor”

b)    El fin:
-         “El objeto exclusivo de la Policía Rural, es cuidar de la seguridad de los caminos, ayudar á la policía urbana en todo lo concerniente á su ramo, dar garantías á todos los ciudadanos, evitar los delitos, perseguir á los criminales, aprehenderlos y ponerlos á disposición de las autoridades civiles ó del orden judicial”.

c)     El uniforme y equipo:  
“El vestuario, armamento y equipo que usarán los Cuerpos, será el siguiente:
-         Una blusa de dril.
-         Dos camisas de calicot.
-         Dos calzoncillos de manta.
-         Una corbata de merino negro.
-         Una chaqueta de casimir gris.
-         Un chaleco y pantalón de idem.
-         Un sarape encarnado.
-         Un par de botas fuertes, bayas, color natural.
-         Un sombrero jarano, aplomado, con el número del Cuerpo en las chapetas y con forro de hule.
-         Una carabina Remington.
-         Una bandolera, de timbre, color natural, con adornos y gancho de metal blanco.
-         Una canana, de timbre, color natural, para cuarenta cartuchos.
-         Un sable de caballería ligera, igual á los del Ejército.
-         Un cinturón y dragona, de timbre, color natural, con adornos y escudo de metal blanco.
-         Una silla vaquera, de timbre, color natural, llevando en la cabeza un ruedo y chapetón de metal blanco con el número del Cuerpo.
-         Dos cabezadas, una de freno y otra de pesebre.
-         Un freno con riendas de cerda.
-         Dos mantillas, una gris y otra encarnada.
-         Unas chaparreras de vaqueta.
-         Unas espuelas, reata, morral, sudadero, cuarta y útiles para la limpia.”
Rurales 1906 
por Tweedie, Alec London 1906

d)    Procedimientos y comportamiento:
-         …. procurarán estudiar el terreno hasta conocerlo perfectamente; asimismo la conducta y costumbres de sus habitantes, y fijarán especialmente su atención en los desconocidos que se alberguen en las ventas ó mesones. En este caso, el Jefe del destacamento ó grupo, procurará informarse, con prudencia, sobre el objeto del viaje del desconocido é inquirirá todos los datos que pueda acerca de él. Si en vista de ellos le pareciere manifiestamente sospechoso, dispondrá que una pareja permanezca en la posada para no perderlo de vista y averiguar cuanto haga. Si el desconocido dejare el alojamiento, lo seguirá la pareja hasta el límite del terreno que esté encomendado al grupo, en donde dará aviso al Jefe del inmediato destacamento, á fin de que se continúe ejerciendo la mayor vigilancia sobre el sospechoso.
-         … Cuando se presente un grupo de hombres sospechosos en los caminos ó posadas, el sargento dispondrá que un número competente de guardas los vigile y siga, dando aviso al destacamento inmediato y al cabo segundo si fuere posible, para que estén dispuestos á auxiliarlo en caso necesario.
-         …  Por regla general los Jefes y guardas de la Policía Rural, procurarán, más bien, evitar los crímenes vigilando á los sospechosos aun hasta hacerse notar de ellos, que esperar á sorprenderlos en la comisión de un delito; pero si no fuere posible prevenir un crimen, procurarán con todo empeño la captura de los responsables, sean reos ó cómplices.
-         … tomarán violentamente cuantas noticias puedan adquirir sobre los autores del delito, y seguirán las huellas de estos, dando aviso, con violencia, á los destacamentos y patrullas inmediatas,
-         … Está absolutamente prohibido…tener músicas ó charangas que distraerían de su objeto, los fondos destinados al servicio. Subsistirá esta prohibición, aún cuando las personas que formen la música ó charanga, sean de los mismos guardas y no reciban más haberes, que los que les corresponden como tales guardas. Podrán tener, á lo más, un clarín por compañía, siempre que sea uno de los mismos guardas que acompañen al Cabo primero; pero por regla general, se evitará ocupar á los citados guardas en esta clase de comisiones, que son absolutamente inútiles para el servicio de policía.
-         … Les está absolutamente prohibido, entrar á las tabernas y pulquerías, con el objeto de tomar bebidas embriagantes, y concurrir á los bailes y diversiones públicas, para tomar parte activa en ellas…
-         … No usarán otro traje que no sea el uniforme designado, y estarán armados, por lo menos, con el sable, aún en las reuniones más íntimas.

e)     Cuando estén a disposición del Ejército actuarán como “tropas irregulares, que se destinarán al servicio de exploradores y persecución de guerrillas poco numerosas, exigiéndose solamente de ellos, que en las marchas guarden la formación que se les señale, y en los hechos de armas la posición que se les confíe”. 

f)      En los puntos no previstos del reglamento, los rurales se someterán a la ordenanza general del Ejército.


Rural Con Corneta Por Edward Borein 1911 
por Emerson, Edwin,  London October 1911





[1] Reglamento para el Servicio de la Policía Rural Junio 24 de 1880 Imprenta del Gobierno en Palacio México 1880

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