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martes, 5 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 5/8 (Miércoles)

Miércoles 25 de Agosto de 1909

Mientras continuaron desde temprano las obras de demolición y limpieza en las ruinas del incendio, los representantes de las casas aseguradoras tenían ya un cálculo de las pérdidas totales y de lo que podían y debían pagar.

¿Cuáles fueron las pérdidas y quienes fueron los perjudicados? Veamos.

La manzana incendiada, fue, como dijimos antes, la que está rodeada por las calles de Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. En la esquina norponiente de Morelos y Escobedo se encontraba el edificio más antiguo y emblemático de la manzana: el antiguo palacio de Gobierno de Nuevo León, convertido en la Botica del León de los Señores Bremer y Compañía. En el mismo inmueble estaba una Tlapalería propiedad de la misma compañía Bremer. Al parecer allí se tenían pinturas y otros materiales inflamables y quizá por eso en una fotografía tomada al día siguiente se ve colapsado el muro en esa parte del inmueble. En la parte superior de la Botica, Droguería y Tlapalería habitaban las familias de Don Roberto A. Bremer y de Don Juan Reichman. En algún lugar de aquel edificio debió situarse también la oficina del Consulado de Austria-Hungria, cuyo cónsul honorario ese año era el Sr. Reichmann.
Croquis de la Cuadra incendiada con anotaciones a partir de la información de los periódicos de aquella semana. El original aparece en la primera plana de El Imparcial del 23 de Agosto de 1909. La escritura y marcas en rojo son mías.


Por la misma calle de Morelos, a continuación, se situaba el edificio de “La Reinera” “Uno de los más bellos de la ciudad” diseñado por el arquitecto Alfredo Giles. Este edificio es el único que queda de aquella época. Recibió algunos daños durante el incendio, pero no pereció en él.  Según las crónicas periodísticas de entonces, eso se debió al esfuerzo y al empeño de sus dependientes. El inmueble de dos pisos se extiende media cuadra por la calle Morelos hasta llegar a la esquina con Paras y continúa por ese callejón más de media cuadra hasta su límite con la Ferretería Sanford.


La Reinera Fuente: Justo Sierra: México Su Evolución Social Tomo III 1900 
La Ferretería Sanford estaba establecida en un inmueble de dos pisos propiedad de Don Marcelino de la Garza, vecino de Saltillo. En los altos de aquel edificio, se hallaba la oficina del Consulado Británico y probablemente la casa habitación del Cónsul Don John Bertrams Sanford. El inmueble se extendía desde la calle o Callejón de Paras, haciendo esquina en Padre Mier y proseguía un tramo hasta colindar con un edificio de 4 pisos propiedad de los Señores Bremer.

Propaganda del Almacén El Puerto de Liverpool de la Cd de México
El edificio de 4 pisos debió ser el más alto de la ciudad en ese momento. Era un diseño del Arquitecto Alfred Giles y sólo tuvo una existencia de escasos 2 años, pues había sido concluido en 1907. Según se deduce de las crónicas periodísticas sobre el incendio, allí se encontraba en el 3º ó 4º piso, el Laboratorio Químico de la Droguería Bremer en la que se producían las medicinas de patente que se vendían en el Despacho de la Botica. Debió haber en él un almacén de productos químicos altamente inflamables. Las notas periodísticas concluyen que allí comenzó el incendio. Los dos pisos inferiores daban cabida a la sucursal del almacén o “Cajón de Ropa” de nombre “El Puerto de Liverpool”, propiedad de los herederos del finado Don José Goodman, de Torreón, quien se habría suicidado un año antes (según la nota periodística de El Popular del 5 de mayo de 1908, por problemas de solvencia económica). Esa negociación no poseía un seguro contra incendios. El corresponsal de El Diario de México escribe en un telegrama: “la pérdida ha sido total para el propietario que ha quedado verdaderamente reducido a la más absoluta miseria.”

Continuando hacia el oriente, por la calle del Dr. Mier, se encontraba un inmueble propiedad de Don Isaac Garza. En esa casa de dos pisos, habitaba, probablemente en la planta superior, la familia Garza Lafón, mientras que en la planta baja, o en parte de ella, se encontraba la “Compañía Manufacturera de Tubería de Plomo”  del Señor Izaguirre.

La última propiedad de la cuadra era una casa de un solo piso. En ella se encontraba la tienda de abarrotes “La Bola de Oro” propiedad de Don Emilio Martínez. Ocupaba la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo.

Contiguo a la tienda de abarrotes (por la calle de Escobedo) se hallaba un edificio de dos plantas que, según los informes periodísticos, también era propiedad del Sr. Martínez. En ese edificio, en la planta baja, se hallaba el restaurante y cantina  de nombre “Salón Fausto” y en la parte superior la vivienda de la familia de Don Juan de la Garza. Junto al Salón, estaba un Cinematógrafo, que debió formar parte del mismo inmueble. Todas estas fincas en la esquina de Escobedo y Padre Mier no perecieron en el incendio y fueron las menos dañadas por él. Sin embargo el agua y la turbulencia durante la tragedia hicieron estragos en ellas.  Escribe el corresponsal de El Diario: “La cantina conocida con el nombre de Salón Fausto, uno de los sitios más bonitos de la ciudad, quedó completamente remojada”. Ni el Salón Fausto ni la tienda de Abarrotes poseían seguro.  El imparcial señala que las pérdidas de Don Emilio Martínez se debieron a la “gran cantidad de botellas de licor y latas que se rompieron o extraviaron durante el siniestro”. Y agrega que sólo hacía algunos días que el Señor Martínez “había trasladado su comercio a este local, cancelando su póliza de seguros la semana pasada”.

Esa era la situación de los dueños de los negocios de aquella cuadra. Unos poseían seguro contra incendio, otros no. Pero todos fueron perjudicados. Y lo que es “normal” en estos casos, las pérdidas superan los montos asegurados. 


Titular en EL DIARIO de México del 25 de Agosto de 1909

Habían pasado 4 días del desastre y los primeros cálculos de las pérdidas estaban muy por debajo de la realidad. Los periódicos ahora informaban que éstas ascendían a $2.079,000.00

“Por informes obtenidos con los dueños de las casas y establecimientos – escribe el corresponsal de El Diario el día 25 de agosto – sábese  que las pérdidas son estas: Droguería Bremer, 1,400,000 pesos, incluyendo los edificios de las calles Mier, Morelos y Escobedo que quedaron destruidos. La Ferretería Sanford, 300,000, pesos sin incluir el edificio; este valdrá unos 50,000 pesos; “El Puerto de Liverpool” 250,000 “La Reinera” perderá por extravío de mercancías, roturas, reparación de algunos muros y defensa de los que se encuentran calcinados, 60,000 pesos. La Ferretería Langstroth por mercancías averiadas, reparaciones, pintura, etc., 4,000 pesos. La casa Izaguirre por averías en el mobiliario, 1,000 pesos. El Señor Emilio Martínez, dueño del Salón Fausto, por destrucción de mercancías 3,000 pesos. Líneas Telegráficas y Telefónicas, por reparación de pavimento, etc., 1,000 pesos.

“Total de pérdidas mal calculadas, dos millones setenta y nueve mil pesos. Excepción del Salón Fausto, todos los demás establecimientos estaban asegurados pero en cantidades menores que su valor real, por lo que las pérdidas de todas maneras serán cuantiosísimas”.

Nota de The Brownsville Daily Herald
 del 24 de agosto de 1909
El cálculo de las pérdidas variaba de día a día y de periódico a periódico. El cálculo en dólares ascendía a un millón 400 mil según The Brownsville Daily Herald del 24 de agosto.  

Por otra parte, no se indica cuál fue la cantidad restituida a los propietarios y damnificados. En una brevísima nota de The Insurance Press a Newspaper for Insurers and Insured del 1 de septiembre (once días después del incendio) se señala que las pérdidas conjuntas de las Casas Bremer y Sanford ascendían a 500,000 dólares. Una cantidad muy inferior a la informada por los diarios mexicanos y extranjeros una semana antes. Sin duda fue una ardua empresa la de reclamar a los seguros la restitución justa.

El vecindario tenía también otras inquietudes además del incendio y sus inconvenientes. En aquella época revuelta y con las elecciones nacionales inminentes, los periódicos informaban sobre el paradero del Gobernador del Estado, el General Reyes quien se había postulado unos meses antes a la vice-presidencia, pero todo parecía confuso. Se decía que Don Porfirio no había querido recibir a Reyes y que lo había mandado a ponerse de acuerdo con su opositor político el General Treviño, jefe de la Zona Militar a que pertenecía Nuevo León. Se decía también que Don Bernardo Reyes estaba en Galeana rodeado de Militares, o que estaba en Cerralvo en una Junta. Había mucha confusión y cierta conmoción en el área. Los periódicos norteamericanos manifiestan una constante inquietud con el ambiente político en el norte de México. La lucha por el poder produce siempre daños colaterales.

Aquel miércoles, la familia del General Reyes partió en automóvil de Monterrey con rumbo a Galeana y los periódicos informaron que todo estaba en orden. Y añadían: “Se asegura que regresará en los primeros días del mes entrante”.

Entre las tragedias políticas y naturales transcurrían los días de aquel funesto agosto. 

Cayó una vez más la noche. Espesas nubes impedían apreciar las estrellas. Al momento un aguacero empapó cada rincón de la ciudad. Fue uno de esos chubascos que duran poco y mojan mucho. Finalmente la manzana en ruinas pasó a ser un montón de cenizas empapadas. Las brazas se convirtieron en trozos de carbón mojado. Sólo entonces cesó cualquier amenaza de fuego.

sábado, 2 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 4/8 (Martes)

Martes 24 de Agosto de 1909

Las primeras en abrir los ojos aquel día, al igual que todos los días, fueron las madres de familia. Temprano, como siempre, salieron a la puerta de sus hogares escoba en mano. Barrieron la banqueta de la fachada de sus antiguas casas de sillares. Con una tina llena de agua y mucha energía, dejaban todo limpio y listo para recibir al sol del agosto regiomontano. En casa de las familias acaudaladas de Monterrey, esa labor la hacía la servidumbre. Pero era una costumbre generalizada, todas las calles debían quedar limpias. Aquel martes 24 de agosto de 1909 no fue la excepción. El calendario señalaba, en su santoral, la fiesta de San Bartolomé. Famosa en el mundo por sus malos augurios y célebres desventuras. Pero en Monterrey, el 24 de agosto, era más popular por ser el día que se le dice adiós a la canícula. Aquella mañana los ancianos sentían ya los cambios de temperatura en el aire, algunas molestias en las coyunturas por la humedad que se iba aproximando y una ligera brisa menos caliente cruzando por la atmósfera. 

 –  “Parece que va a llover”. Se escuchó decir a alguno de ellos.

Había en el barrio olor a pan y a chocolate, y en las cocinas, a tortillas de harina y chorizo. El pueblo se desperezaba con velocidad. Los jornaleros se encaminaban a sus puestos de trabajo como todos los días. Y un poco más tarde el sonido de los silbatos de las numerosas fábricas de la Ciudad anunciaría el inicio de la jornada laboral.


Los peones contratados para terminar de derribar las ruinas de los edificios recientemente incendiados estaban ya en sus puestos echando abajo sillares, ventanas y balcones. No les parece necesario esperar órdenes.  Aquel martes se continuó “durante todo el día con la demolición – escribió el corresponsal de El Diario De México – pero  ésta se ha hecho…de una manera tan torpe que es fácil que se perjudiquen las casas inmediatas y que ocurra alguna desgracia”.



Toma de la Calle de Padre Mier hacia el Oriente después del incendio. Hombres trabajando y recogiendo escombros. Al centro de la imagen se aprecia el edificio de 4 pisos propiedad de Bremer y Compañía. Fuente Fototeca del ITESM 

Por la tarde le llegó el turno a la fachada del más alto de los edificios de Monterrey. Tenía cuatro pisos y albergó a la negociación “El Puerto de Liverpool” y al Laboratorio de la Droguería Bremer. ¿Qué hicieron los trabajadores para echarlo abajo? No lo sé. El corresponsal del Diario no lo especifica. Sólo escribe: 
“Circuló la versión de que cayó la fachada del Puerto de Liverpool, y habían quedado sepultados varios operarios, pero esto resultó inexacto. Cosa de veinte obreros estuvieron en gran peligro por falta de precauciones pues quedaron dentro de la zona de polvo que les asfixiaba por momentos. Sólo uno resultó lesionado en una mano”. Cuando cayó la fachada provocó tal estrépito que “atrajo una gran multitud que vino a aumentar la ya numerosa que ha permanecido en las bocacalles, presenciando las maniobras de salvamento de mercancías, pues hay que hacer notar que el fuego renace a cada momento entre los escombros”.
“Todas las personas que habitan en las casas contiguas están temiendo que las chispas arrebatadas por el aire propaguen el fuego”.  Y es curioso notar que aún después de tres días “En el centro de la manzana se levanta una gruesa columna de humo amarillento” y “En ocasiones las llamas toman tal incremento que el vecindario se alarma, pues las casas vecinas están completamente amenazadas”.

Ardían, pues, los escombros de grandes empresas, pero los hombres de negocios de aquella época en Monterrey no eran gente que se dejara vencer por la adversidad.

Ese mismo martes la Botica del León tenía ya su “despacho por la calle Zaragoza” y había “reanudado sus ventas con las existencias que se salvaron”.

Por su parte, los Señores Sanford abrieron “un comercio en la misma calle del Doctor Mier con las existencias que tenían en su bodega de la estación”. Se situaron en el antiguo local de la “Función Mexicana de Tipos”-

Después de una jornada intensa de trabajo, se notaba ya el avance en la limpieza del área incendiada. Sólo quedaban en pié los edificios de las esquinas opuestas de la manzana. Uno era el hermoso edificio “La Reinera” diseñado por Alfred Giles para la compañía Hernández Hermanos Sucesores que se hallaba, y aún se encuentra, en la esquina nor-oriente de Morelos y el Callejón de Paras. Y el otro “sobreviviente” era un amplio inmueble que tenía varios usos, en la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo. Emplazada, en la misma esquina, estaba “La Bola de Oro”, almacén de abarrotes del Señor Emilio Martínez. Adjunto a aquella tienda, por el lado de Escobedo, despuntaba aún en pié, el Salón Fausto, en cuyos altos vivía la familia de Don Juan de la Garza. Algunas notas de periódicos indican que aquel inmueble también era propiedad de Don Emilio Martínez. Y anexo al Salón, que era a la vez cantina y restaurant, se hallaba un cinematógrafo. Parte de aquel predio era también, según los periódicos que dan cuenta del incendio, un negocio de Plomearía propiedad del Señor Izaguirre. Se ubicaba por la calle de Padre Mier.

Vista de la Calle Morelos hacia el Oriente unos años después del incendio. A mano izquierda en primer plano el Edificio del Banco de Nuevo León. Y hacia el fondo la Reinera y el nuevo edificio de la Droguería Bremer.
Algunos de los representantes de las casas aseguradoras llegaron ese martes para examinar los daños y las mercancías salvadas y hacer sus cálculos y ajustes. Así los seguros podían compensar a los asegurados. Indiscutiblemente, a simple vista, se podía obviar que el monto de las pérdidas excedía sobremanera a la suma asegurada por parte de los Señores Bremer y Sanford. Quienes, según el corresponsal de El Diario, estaban asegurados con la “London and Norwich Insurance” y su representante el Señor P. Q. Parke iba a examinar esa tarde las mercancías que se encontraban almacenadas en las casas del Doctor Treviño y de Don Pablo Buchard.

Empezó entonces a soplar el viento… anunciaba el norte que los ancianos habían pronosticado desde muy temprano. Las brazas entre los escombros se fueron avivando y como a las 8 de la noche el fuego ya era amenazante. Hubo necesidad de llamar nuevamente a los bomberos. Por suerte controlaron la situación sin mucha dificultad. Y para rematar la jornada,  cayó con estrépito la fachada de la ferretería Sanford. Quizá algunos jornaleros, los que vivían más alejados del centro, probablemente en el Barrio San Luisito, ya se habían marchado y quedaban sólo los que tenían sus casas más cerca. Pero la claridad se iba despidiendo y el trabajo se hacía más difícil. Fue imposible continuar. Al final la manzana en ruinas volvió a descansar del ruido de picos palas y bullicio de operarios.

Aquella noche, cuando todo el vecindario dormía, una suave brisa con olor a leña y carbón, sopló por todas las calles de Monterrey. Entre tanto, un huracán sin nombre, como un enorme león al asecho se cernía sobre las aguas del Golfo de México.






martes, 29 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 3/8 (Lunes)

Lunes 23 de Agosto de 1909

Calle Morelos hacia el poniente. Después del incendio de 1909
Las Carretas del cuerpo de Bomberos continúan trabajando.
Los curiosos se acumulan en las bocacalles. 
Amaneció en la ciudad y todo parece ahora estar en calma. Los escombros de la Botica del León se acumulan en la avenida Morelos interrumpiendo el tránsito de carros y automóviles. La calle del Comercio luce extraña. No se ven tantas damas recorriendo los almacenes de ropa, en cambio si se ven muchos trabajadores alistándose a derrumbar los muros de la Botica que de cualquier manera amenazan desplomarse. Gente del pueblo llano, con sus sombreros de pico alto, sus camisas blancas y empercudidas y sus sandalias de suela de cuero con correas de lo mismo, para proteger unos pies que casi no necesitan protección. Están dispuestos a trabajar en lo que el ingeniero y el contratista les ordenen. “¡Aguas con esa piedra!” es el grito que se escucha constantemente intercalado con el sonido del mazo y la piqueta.

Y al momento se desploma un tramo del muro con sus vetustos sillares. Los obreros se apartan al instante. “Cuidado con esos charcos de ácido que parecen agua”. Grita el capataz. En la droguería se almacenaban considerables cantidades de sustancias ácidas. Éstas quedaron acumuladas en cunetas del pavimento mezcladas con agua. La noche del incendio, los voluntarios y bomberos pensaban que era agua y algunos, al contacto con ellas, se provocaron quemaduras. Pero quienes más se perjudicaron con estos ácidos fueron los caballos que tiraban de las carretas requeridas para el salvamento. Muchos de ellos quedaron heridos e inutilizados debido a quemaduras en las patas.

Y cuando el muro cae, la montaña de escombros crece en medio de la calle del Comercio. El callejón de Paras también se encuentra lleno de escombros de los muros de la Casa Sanford. La Calle del Dr. Mier, sin embargo, no está aún demasiado obstruida, pero las fachadas del “Puerto de Liberpool” y los muros de la misma ferretería Sanfor, que dan hacia ella, amenazan con desplomarse de un momento a otro. En esa calle está interrumpido el tráfico de trenes pues se teme que con la vibración, a su paso, se desmoronen las paredes que aún quedan en pié.

Tanto la calle de Padre Mier como la de Morelos eran la ruta del tranvía. Los rieles ahora estaban inutilizados por los escombros y no quedaba más remedio que reorganizar los itinerarios. Y aunque la calle de Escobedo se encontraba relativamente despejada, era mejor dejarla tranquila, pues la mitad de la Botica del León daba hacia ella e iba a ser necesario derribarla por completo.

Calle Padre Mier hacia el poniente desde el callejón de Paras. La foto está fechada el 22 de Agosto pero la escena debió repetirse a lo largo de aquella semana. La ruta del tranvía está interrumpida y se trabaja en organizar la mercancía y limpiar las calles de escombros. 

También por la calle del teatro (Escobedo) pasaban los carros del tranvía, pero no entre Padre Mier y Morelos, sino una cuadra más al norte donde los trenes que transitaban por Matamoros doblaban por ella o viceversa. Reorganizar la ruta de los trenes, aunque engorroso, no era un problema serio. La reconstrucción de la manzana sí lo era. Y había que poner en ello todo el empeño.

Por otro lado y principalmente, entre los apremios y sufrimientos, estaban los de las personas y familias que habían perdido sus hogares y, buena parte sus bienes, cuando no todos. El reportero de El Diario informó este día que las familias Bremer, Reichman y la de Juan de la Garza “que estuvieron en inminente peligro, se encuentran aún enfermas a consecuencia de la impresión.” Sin duda no fueron los únicos que debieron sentirse enfermos o abatidos por las inmensas pérdidas y el estremecimiento durante el incendio. 

De las familias Bremer y Reichman ya dijimos que tenían su residencia en la segunda planta de la Botica del León. La familia de Don Juan de la Garza vivía en los altos del Salón Fausto y la noche del incendió, sus miembros salieron a la calle precipitadamente “en medio de un terrible pánico”. Otra familia que tenía su vivienda en la cuadra incendiada eran los Garza Lafón “bastante prominentes en nuestra ciudad”. Ocupaban, según el corresponsal de El Imparcial, una casa propiedad de Don Isaac Garza al lado del “Puerto de Liverpool”.  


Estas familias tenían motivos sobrados para sentirse mal. Y no estaban solos en aquella desgracia.

A media tarde de aquel triste lunes, después de una comida desganada y sin tener el ánimo de dormir la siesta, un grupo de señoritas se dan cita en una de las bocacalles de la cuadra en ruinas. Allí precisamente en el cruce de la Calle del Comercio y Escobedo. Observan los muros abatidos y las montañas de escombros. Todo está irreconocible. El anuncio de la Botica del León es un formidable rectángulo carbonizado. Sus pálidos rostros compungidos y llorosos, protegidos del sol veraniego regiomontano con enormes sombreros, sólo reflejan tristeza. En silencio sollozan y piensan en su futuro.  Eran empleadas de la Droguería Bremer. Veinticinco señoritas y unos 40 empleados de las casas Bremer y Sanford se habían quedado sin empleo.

Fragmento de la primera página de
 El Imparcial del 23 de Agosto de 1909
La desgracia había traído, sin embargo, empleo a otros tantos. Una cuadrilla de trabajadores se afanaba en transportar escombros y limpiar las calles. Aquel lunes los jornaleros trabajaron hasta tarde y fueron citados temprano para el día siguiente.

Oscureció casi a las nueve, pues el cielo, de un color azul intenso,  estaba completamente despejado. Cuando por fin cayó la noche, la claridad de la luna, en cuarto creciente, quiso competir con la luz mortecina de las farolas públicas, y ambas, al contacto con los muros de las ruinas en la  manzana herida, proyectaron sombras siniestras a las que nadie prestó atención. Las amas de casa, de todos los barrios y suburbios de la ciudad, sacaron sus mecedoras a las banquetas. Conversaron hasta la media noche con sus vecinas, vigilando a los niños más pequeños que jugaban junto a ellas, mientras que los adolescentes correteaban libremente por las calles. Era un ritual cotidiano y se efectuaba diariamente para refrescar el cuerpo y también la mente, se hablaba de todo y de nada. Aquella noche, por supuesto, el tema de conversación fue el peligro en que se encontró la población durante el incendio. “
Gracias a Dios, nadie ha muerto en el incendio.” – decían las mujeres mientras se santiguaban. Podían ahora retirarse a dormir tranquilas después de aquellos días turbulentos. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 2/8 (Domingo)

Domingo 22 de Agosto de 1909

En medio de aquel caos, el pueblo, alborotado, presenciaba un espectáculo aterrador y al mismo tiempo fascinante.

Las vigas de madera de algunos edificios, cubiertas de ácidos y componentes químicos, salían disparadas de entre la inmensa hoguera como fuegos pirotécnicos con variados colores. Las llamas alcanzaban el cielo quizá, según los informes de los periódicos, hasta una altura de unos 150 metros, iluminando la ciudad “con claridad meridiana” hasta sus más retirados suburbios.

Por su parte, el grupo de rescate estaba compuesto en su gran mayoría por voluntarios, empleados de los establecimientos dañados y gente de buenas intenciones. Los periódicos narran la valiente actitud de dos policías “El señor Librado Tamés y el gendarme número 104”, quienes “quemándose la cara con el candente vaho” permanecieron sosteniendo las mangueras dirigidas hacia el interior de la Botica y, de esta manera,  pudieron detener momentáneamente el avance del fuego. “El pueblo testigo de este rasgo aplaudió frenéticamente a los valientes policías”.

Fragmento de la Primera Página del Diario de México 27 de agosto de 1909

Valientes fueron también los empleados de la ferretería Sanford quienes al recordar que en la negociación se guardaban considerables cantidades de explosivos acudieron a recoger y alejar del peligro “cuarenta cajas de dinamita, algunos sacos de pólvora y numerosos fulminantes”. “La existencia de explosivos que había en la Botica del León – informa el corresponsal de El Diario de México – no pudieron ser sacados fuera del edificio, porque se guardaban en un subterráneo, a donde materialmente se hizo imposible poder penetrar, por el calor del fuego. Un derrumbe casual de uno de los muros dio causa a que el citado subterráneo quedara incomunicado con el resto del edificio, siendo éste el único motivo por lo que los explosivos allí almacenados no hicieran explosión. En caso contrario, no se sabe la desgracia tan enorme que hubiera ocurrido.

Al cajero de la droguería Bremer, de nombre Agustín Buentello, también se le consideró valeroso al avanzar “intrépidamente, durante el fuego, para salvar los libros y el dinero, siendo aplaudido por la multitud”.

Toda la cuadrilla de empleados de La Reinera, edificio que logró, junto con el Salón Fausto, no perecer en el incendio, fueron elogiados por el Diario de México. El corresponsal en Monterrey escribe: “El salvamento de la negociación se debió más al auxilio de los empleados que al aislamiento del fuego. Este había invadido ya las cabezas de las vigas del piso superior, introduciéndose por bajo del cielo raso y dificultando con esto las maniobras. Rasgado el cielo se atacó el incendio haciendo uso de mangueras de hule pero como el agua de los tinacos estaba hirviente, el hule se deshacía. Solamente los heroicos esfuerzos de los empleados lograron evitar la propagación”.

Y Continúa: “Es justo consignar sus nombre: llámanse Gonzalo Llaguno, que es el jefe de los empleados, José B. Sáenz, José Barrenochea, Antonio Ayala, José Bilbao, Marcelino Villar, Francisco Salinas, Alfredo Martínez, Bruno Vizcaya, Eudosio Villareal, Florentino Llaguno, Vidal Gómez, José Goroztizaga y Ángel Jáurogul. Los mozos son: Ángel Rodríguez, Juan Valdez, Pascual Cárdenas, Nicolás García y Juan Encontría”.


Interior de La Reinera, Departamento para Señoras. Fuente: Album Conmemorativo del 50 aniversario.

Y como casi siempre sucede, había personas que a pesar del peligro se negaban a abandonar sus hogares. El mismo corresponsal escribe: “Se hacen elogios acerca de la serenidad que demostró la señora esposa del Cajero del Banco de Nuevo León pues permaneció en su domicilio situado frente al foco del incendio, en tanto que el resto de sus vecinos se ponían en cobro. Hubo necesidad de sacarla a la viva fuerza y aún así no pasó de la esquina de la calle”.

Aquella fue una noche caótica. Reinaba la confusión y la desesperación por salvar las pertenencias y mercancías. Pero en ese intento de salvar los bienes se extraviaron y perdieron muchos. En un momento dado se vio caer de los balcones de la casa Sanford un Piano de Cola con valor de más de mil pesos. Naturalmente quedó hecho trizas. Lo peor de todo fue que en la caída hirió en una mano al Sr. Arturo Flyns, de origen alemán.

Durante el incendio, nadie resultó herido de gravedad. Sin embargo algunas personas sufrieron lesiones y quemaduras. Entre ellas se hallaban el velador del Banco Mercantil, Don Manuel Galván, con quemaduras en una mano y algunas otras lesiones ligeras. Escribe el corresponsal de El Diario: “otro alemán, activísimo, que sufrió quemaduras en las manos al sujetarse a los alambres para no caerse desde el tercer piso del laboratorio [fue el Señor] Ernesto Segeth y es dibujante de la Compañía de Agua y Drenage”. A éste, la noche del incendio, el corresponsal lo confundió con Don Juan Reichmann. De él escribe: “estaba verdaderamente como loco, corriendo por las calles y ordenando la salvación de las mercancías”.

La caja fuerte de la casa Stanford fue otro de los objetos que se intentó poner a salvo. Fue sin embargo imposible, se le acercó al balcón y debió desplomarse junto con los techos de la ferretería. El fuego la dejó sellada. 

Hacia la una de la mañana, el departamento de pinturas de la droguería se encontraba en llamas y unos minutos después se desplomaron los techos del ese edificio, antiguo palacio de gobierno. Un poco más tarde una gran parte del muro que daba hacia la calle de Morelos se desplomó llenando la calle de escombros. Pero el incendio estaba quedando reducido y controlado. Para la una y media, el fuego parecía haber quedad confinado y limitado. Se mantuvo durante toda la madrugada una fuerza de gendarmes con la tarea de continuar echando agua a las ruinas llameantes.

Despuntaban las primeras luces del día y las llamas perdían su fuerza. El trabajo en equipo, al final, había dado resultado. El fuego estaba dominado aunque aquella cuadra estaba destruida.


Ruinas de La Botica del León. 22 de Agosto de 1909. Fuente; Fototeca del ITESM
Poco a poco los voluntarios y curiosos se fueron retirando de la escena, no así los empleados, propietarios y encargados de los almacenes y negocios quienes no hubiesen podido dormir aunque quisieran. Su deber era ordenar y poner a salvo las mercancías y bienes de los negocios.

Para los demás pobladores de Monterrey, la vida continuaba en aquella ciudad de unos 80 mil habitantes.

El domingo amanecía. El acostumbrado repicar de las campanas llamaban a la misa de 6 en la Catedral Metropolitana, en San Francisco, en El Roble… En todas ellas se debió celebrar la misa agradeciendo a Dios porque el incendio no causó muertes. Se habían perdido bienes materiales y muchos, pero ninguna vida.

Después de las misas dominicales, los parroquianos continuaron dándose cita en las bocacalles de la manzana incendiada. Aún estaba resguardada por la policía y aún seguían ardiendo las ruinas.  A la luz de ese nuevo día podía apreciarse la magnitud de la desgracia. Ardían los escombros de la Casa Bremer, mientras que el Puerto de Liverpool y la Casa Sanford eran penosos despojos.

A las Once de la Mañana colapsó otra parte del Muro de la Botica del León, y las que permanecían en pié amenazaban con desplomarse. Se interrumpió el paso de los tranvías, carros y carretas por las calles de la manzana para evitar algún derrumbe con la trepidación de los mismos, especialmente con los tranvías.

La vida debía continuar en Monterrey y aquel domingo había una Corrida de Toros en la Plaza de Santa Lucía. Parecía, sin embargo, que un mal sino acompañaba a la ciudad desde que comenzó el mes de agosto. La corrida, fue un fiasco. Todos los toros “resultaron malísimos”. Se le dio una multa a la empresa y el público exigió se le devolvieran las entradas. Cosa que, por supuesto, no sucedió y la turba “a tendido de sol” se encendió en cólera [no digo yo…. Agosto en Monterrey bajo el sol ¿quién no se enciende?]. Y “comenzó la destrucción de la plaza, lanzando al rodel tablas, barnadillas, cojines, cornisas, sillas y cuanto encontraban a mano”. Don Ignacio Morelos, el mismo inspector de policía que anoche estaba tratando de apagar el fuego con un extinguidor en la Botica del León, arengó al público, perdonó y puso en libertad a los detenidos, logrando restablecer la paz y la tranquilidad y recibiendo la ovación de la gente. 


Inicio de una Corrida de Toros en Monterrey 1909 Fuente: Fototeca del ITESM

Por la tarde, las cosas iban volviendo tomar su cauce. Alrededor de las 3, el servicio telegráfico, que había permanecido interrumpido, se restableció.  Los cables de la oficina de telégrafos ubicada en los altos del Banco de Nuevo León se habían dañado nada más comenzar el incendio la noche anterior. La voz de la prensa, muda hasta ese momento, podía volver a comunicarse con el mundo. El Corresponsal del Diario de México en Monterrey escribe en cuanto le es posible: “Desde anoche hubiera telegrafiado sobre este suceso, que tiene consternados a todos los habitantes, pues la mayor intensidad del fuego fue a las once de la noche, pero los telégrafos federales, cuyas oficinas quedan precisamente en el callejón de Parás, frente a los edificios incendiados, suspendieron inmediatamente sus labores, incomunicando a Monterrey del resto del mundo. Los empleados del telégrafo, poseídos de un verdadero pánico ante la inminencia del peligro, corrían despavoridos, procurando salvar los aparatos y dando parte a México de que no transmitirían los mensajes. Además, los hilos que pasaban sobre las llamas se inutilizaron, naturalmente. El hilo de la Prensa Asociada no funcionó desde las diez. El siniestro comenzó minutos antes de esa hora.”


Banco de Nuevo León. Esquina nor-oriente de las Calles Morelos y Emilio Carranza. El edificio abarca toda la cuadra hasta Paras. En ese callejón en los altos del edificio, se encontraba la Oficina de Telégrafos. Los cables quedaron dañados temporalmente por el incendio y el edificio estuvo en peligro de incendiarse. 
Y en otra nota agrega: “Son las tres de la tarde y aún continúa el fuego entre los escombros del espantoso desastre. La magnitud de éste puede apreciarse hoy, viendo las ruinas y comprendiendo el inmenso peligro que han corrido los edificios que forman el núcleo comercial del centro de Monterrey.”

Millares de curiosos permanecían en las bocacalles todo aquel domingo contemplando las ruinas, cuando un viento fuerte del Este comenzó a soplar avivando las brazas de los escombros, despertando el fuego, pero una lluvia fuerte y bienhechora, que cayó a las siete de la noche, amagó por completo las brazas y dispersó a los curiosos.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 1/8 (Sábado)

Una Semana Siniestra en Monterrey,  Agosto 21-28 de 1909.


Sábado 21 de Agosto

Eran como las 10 y media de la noche. Después de un largo día de trabajo, el inspector de policía, Don Ignacio Morelos Zaragoza se retiraba a descansar. Pensaba quizá en la tragedia ocurrida sólo dos semanas antes, en la que él mismo había estado tratando de socorrer a sus compatriotas y cumplir su deber. 

– “¡Los pobres vecinos de San Luisito…!” – cavilaba – “cuando la naturaleza dice “aquí estoy” es mejor echarse a un lado….”  

Pensaba que la imagen del Río Santa Catarina lleno, con sus rugientes y feroces corrientes de lado a lado, iba a permanecer en su memoria para el resto de su vida. Y hacía solo 15 días (el 7 de agosto) esas crueles aguas se habían desbordado matando a por lo menos unas 15 personas. 

– "Pero la vida tiene que seguir y yo me voy a descansar…”  

Perdido en estos pensamientos se encontraba nuestro buen inspector de policía de la ciudad, cuando llegaron a darle el aviso: 

– “Se quema, se quema el palacio, mi coronel. La botica del León está en llamas”
                    
La oficina del inspector de policía, situada en la Calle de San Francisco, no se hallaba muy distante del lugar del incendio. Solo la separaban unas tres cuadras y media.  Pero con un fuego no se vacila.  

– “No hay tiempo qué perder” – se dijo el inspector a sí mismo y subió a un carruaje. A toda velocidad llegó al lugar.  Ya empezaba el ajetreo en aquel punto. El Cabo Diego Sáenz, y el gendarme Carlos Rivera, quienes habían sido los primeros que se percataron del incendio, habían visto las llamas asomarse por las ventanas de los pisos superiores de un inmueble de 4 pisos, propiedad de la empresa Bremer, situado se en la calle del Dr. Mier entre Escobedo y el callejón de Paras. Avisaron al velador de la Botica: Don Onofre Cantú. Y Éste, por su parte, dio aviso a Don Manuel Vela, que era el farmacéutico de guardia aquella funesta noche del sábado 21 de agosto de 1909.


Plano de la Cuadra incendiada en  El Imparcial diario ilustrado de la mañana,  23-08-1909 


El miedo invadía el alma de aquellos hombres. En el lapso de pocos años,  habían presenciado en la ciudad los incendios de dos teatros, de la casa de Carr., de la carrocería de Warden y de las oficinas del periódico “Monterrey News”. Era como si hubiese caído una maldición sobre la ciudad y el fuego, como un amante celoso, la visitara solo para hacerle daño. Sin embargo, aún no sabían estos buenos hombres, que en esta ocasión iba ser aún peor. Los anteriores incendios, comparados con éste, iban a parecer tímidas luminarias públicas.   

Quien más angustiado debió estar, era Don Manuel, el farmacéutico, pues conocía el peligro inminente y la reacción de los elementos químicos en contacto con el aire, el agua y, sobre todo, con el fuego. Aún más, estaba al tanto de las cantidades de materiales químicos acumulados en el laboratorio y las bodegas, los explosivos almacenados en el sótano. Conocía muy bien el depósito de esa sustancia, relativamente nueva, llamada gasolina,  la cantidad de litros que poseía de ella la droguería y lo inflamable que era... No era el momento para amedrentarse. Junto con el miedo se cerniría el valor y el sentido de la lealtad. Lo primero que debió hacer, sin duda, fue dirigirse a las viviendas de los propietarios, por si no se habían percatado aún de las llamas. Fue a dar aviso a Doña Julia Barrera, la esposa de Don Roberto Bremer, a los demás miembros de la familia y a la servidumbre que pudieran hallarse en su vivienda, situada  en el piso superior de la Botica del León, antiguo palacio de gobierno.

Efectivamente  la familia Bremer y la de Don Juan Reichmann vivían en el segundo piso de la Droguería. Pero, hombres de negocios al fin, ninguno de los dos jefes de familia se encontraban en casa en aquel momento. Don Roberto se hallaba en la Ciudad de México. Algún periódico de la época informó que estaba ausente por problemas de salud.  Debió enterarse del siniestro por vía telegráfica, del mismo modo que el Señor Reichmann, quien se hallaba en Saltillo. Pero Doña Julia sí estaba en su hogar para presenciar, en breve, la pérdida de su vivienda, del negocio familiar,  de sus alhajas y de parte de sus bienes.


Don Roberto A. Bremer, su esposa Doña Julia Barrera Treviño de Bremer y familia c, 1921. Foto cortesía de Billy Bremer.

Mientras unos daban aviso y ayudaban a la Señora de Bremer a salir del inmueble, el inspector de la policía, Don Ignacio Morelos y los gendarmes ingresaban al patio de la propiedad. Aquel patio era un lugar de convergencia entre los edificios, especialmente entre los dos inmuebles de la empresa Bremer. Al momento, Don Ignacio y los gendarmes, escucharon un estallido y, tras él, todos quedaron completamente a oscuras en medio de aquel patio y del inminente peligro pues desconocían el terreno. “El señor inspector de Policía logró al fin encontrar la salida, y sin perder la calma, mandó traer una extinguidora, que no pudo ser empleada, debido a la violencia con que aumentaba el fuego.”

Las llamas amenazaban avanzar muy rápidamente. ¿Pero qué las habría provocado? Se preguntaban. ¿Sería un accidente o la obra de algún frenético reyista queriendo perjudicar al General Treviño en la persona de sus descendientes, como declaró más tarde un periódico? En ese momento era imposible saberlo. La verdad es que no había un trasfondo político en la tragedia. Una vulgar chispa eléctrica, desprendida de un cableado defectuoso en el laboratorio químico, era la causante de aquel desastre.

La empresa Bremer y Cía., tenía, en aquel año de 1909, dos edificios adjuntos (podemos decir que uno detrás del otro) en la manzana circundada por las calles Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. Uno, había sido el antiguo palacio de Gobierno que hacía esquina en Morelos y Escobedo. Según el corresponsal del Diario de México, por el lado de Escobedo se encontraba la Botica del León, y por el lado de Morelos, la Droguería Bremer. Pero es el único de entre los reporteros de la época que señala esta diferencia. Todos los demás las mencionan indistintamente o como sinónimos.

El otro edificio de la compañía Bremer era uno de 4 pisos, nuevo, diseñado por el famoso arquitecto Alfredo Giles, cuya fachada daba hacia la calle del Dr. Mier. Era en el 3º ó 4º piso de este último, en donde se situaba el laboratorio de la Droguería, sobre la sucursal del establecimiento de “El Puerto de Liberpool”, que ocupaba las dos primeras plantas. Este almacén cuya matriz se encontraba en Torreón, comercializaba con ropa. En los periódicos se le llama “Cajón de Ropa”. Quizá el hecho de encontrarse el laboratorio y el almacén de ropa en un mismo edificio hayan provocado, además de la propagación acelerada del incendio, las discrepancias entre los reporteros de la época. Algunos informaban que el incendio se originó en la droguería y otros, que había dado inicio en el Cajón de Ropa.


Calle de Padre Mier Hacia el Poniente desde el Callejón de Paras. A la derecha, en la esquina la ferretería Sanford y contigua a ella hacia su derecha, el edificio propiedad de los Sres. Bremer en el que se encontraba el laboratorio químico y el Cajón de Ropa El Puerto de Liverpool.

Después de aquella primera explosión, las llamas avanzaron agilizándose. El fuego tenía prisa. Y el miedo comenzó a abrirse paso en el corazón de los presentes. A la vez que convocó a la población curiosa. Y el pueblo regiomontano se dio cita ante aquella desdicha.

Los materiales altamente inflamables utilizados en el laboratorio para la elaboración de los medicamentos, debieron servir de rápido combustible y eficaz alimento para las llamas que se transmitieron velozmente a los pisos inferiores del edificio en donde los tejidos, telas y ropas fueron también material propicio para incrementar el fuego.

Durante las noches del agosto regiomontano no suele soplar el viento. Es más, parece que no hay ni aire y uno piensa que se va a ahogar. Pero en aquel momento, a pesar de todo, aquello fue una bendición. Sólo una brisa ligera soplaba del Norte. Las llamas continuaron expandiéndose rápidamente hacia la Botica del León y hacia la Ferretería Sanford. Ésta era un edificio de dos plantas. Y al igual que el de la Botica del León, su segunda planta debió haber sido vivienda de sus propietarios o de empleados de confianza. El señor John Bertrams Sanford, vicecónsul de Gran Bretaña en Monterrey desde 1907, tampoco se encontraba allí al momento del incendio. Estaba de viaje por la ciudad inglesa de Birminghan, a donde se le comunicó de la desgracia por vía telegráfica.

Ya los empleados y encargados de todos los negocios de la cuadra habían comenzado a sacar las mercancías para ponerlas a salvo y ayudaban, en cuanto les era posible a contener el fuego. Especialmente en aquella ferretería, que comercializaba con productos mineros y manejaba grandes cantidades de pólvora y dinamita.

“Repentinamente comenzaron a escucharse detonaciones sucesivas – escribe el corresponsal del Diario de México - que en los primeros momentos sembraron el más espantoso pánico, pues se supuso que sería la dinamita que se sabía había almacenada en la ferretería Sanford, la que estaba y se presumía con razón, que cuando menos una gran parte de la ciudad estaba en inminente peligro de volar; pero afortunadamente el terrible explosivo había sido sacado a tiempo. El temor del pueblo fue momentáneo, pues en efecto se repusieron del primer espanto y con verdadero heroísmo volvieron a la faena de apagar el fuego. Las detonaciones que habían escuchado, provenían de los tambores de amoniaco que reventaban al contacto del fuego y de un depósito de gasolina”.

Por su parte muchos de los frascos con sustancias medicinales de la estantería de la Botica explotaban al contacto con el fuego. Aquella cantidad de “pequeños” estallidos tipo petardo parecía el simulacro  de una batalla de guerra.

Y si como al rededor de las 10:00 pm había comenzó el fuego,  a las once ya las llamas se expandían por casi toda la manzana. Las continuas explosiones causadas por los materiales inflamables y la gasolina provocaron la voracidad del fuego que llegó a elevarse por “cientos de metros”. Era imposible aplacarlo.

Toda la ciudadanía estaba en vilo. Temblaba cada vez que irrumpía una explosión. Aquella noche debió ser toda caótica. Se mandó llamar a los bomberos de la cervecería Cuauhtémoc y los de las Fundiciones de Fierro y Acero, quienes acudieron “todo lo violentamente que les fue posible, instalando convenientemente los aparatos y mangueras”.
Y mientras la mayoría de los civiles procuraban ayudar, el populacho aprovechaba la coyuntura para apoderarse de cualquier objeto dejado atrás.

El Ingeniero Don Genaro Dávila dirigió las maniobras de los bomberos, quienes estaban estrenando los materiales que se habían comprado después del incendio del Teatro Juárez. El alcalde de la ciudad Don Pedro Martínez, ordenó los trabajos de salvamento. “El Jefe del día, Coronel D. Tomás Castro se presentó acompañado de su ayudante el Capitán Miguel Ruiz Durán, al Jefe de la zona, General Don Gerónimo Treviño, quien le ordenó que llevara todas las fuerzas federales a fin de cuidar las mercancías, los libros, los muebles y objetos que se había logrado poner a salvo del contacto directo del fuego y que encontraban tirados en el arroyo. Todas las bocacalles de la mencionada manzana quedaron cerradas por los soldados, a fin de evitar que la plebe se llevara los objetos que estaba allí abandonados”.

La ciudad estaba dominada por el caos, de tal manera que nadie debió haber sabido cuando acababa un día y empezaba el otro.

Monterrey despedía aquel día entre sustos y explosiones. “una de las cuales – reportó el corresponsal del diario El Imparcial de la Ciudad de México – lanzó  a gran altura, en el aire, una pieza de maquinaria, que al caer rompió el techo y los pisos del edificio hasta llegar al fondo. Estas explosiones hicieron elevarse las llamas a quinientos pies de altura. Durante este tiempo, las llamas salieron por todas las ventanas del lado de la calle del Dr. Mier, amenazando a los edificios situados en frente, siendo el principal de ellos el ocupado por la compañía de Cilindros de Parras. La atención fue dedicada, principalmente, a salvar la propiedad situada frente al edificio incendiado. Corrientes de agua fueron echadas en los edificios y debido al aire la parte Norte de la calle se salvó.”

Otra explosión increíble, o quizá otra versión de la misma,  es narrada por el corresponsal de El Diario de México: “Cuando el fuego invadió la droguería, estalló un tambor de ácido carbónico y la envoltura, volando con terrible fuerza, saltó desde el segundo piso hasta unos cincuenta metros de altura, volando por encima de las azoteas y yendo a caer en el edificio del Banco Mercantil, situado en la esquina de Zaragoza y Morelos, donde agujeró dos pisos, cayendo al tercero, donde se hundió, no sin antes lesionar al velador Mariano Galván. EL porrón pesaba cuarenta y cinco kilos”.


Y así terminaba aquel día fatídico entre estallidos y confusión.

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