miércoles, 14 de abril de 2010

Vida en el Viejo México 1902 (2a. Parte)

por Elizabeth Visere McGary


El cortejo es único, sentimentalmente cursi, pero interesante. Entre la gente aristocrática un hombre comienza un largo y continuado desfile ante la ventana, semejante a una reja de prisión, de la casa de una muchacha -la muchacha, cuyos oscuros ojos él añora-. Y este desfile de quizá varios meses, se mantiene día y tarde todos los días, no hay intercambio de sentimientos, nada hay entre ellos, sino sonrisas. Después de un tiempo él le manda una banda para que le den serenata a media noche, con piezas tan hermosas como “Lágrimas de Amor” y “Para Ti” porque no hay música en la tierra tan llena de amor y suspiros como la mexicana. Si ella aplaude la música, y usualmente lo hace, porque una doncella mexicana no da esperanzas a un hombre a la ligera, él, de pié a la luz de la luna tras los músicos, sueña un futuro sin tristezas, porque la próxima noche que vaya y toque con aplomo la aldaba de bronce de la puerta de su amada, será admitido en la presencia de aquella a quien ama y pudo no haber conocido, de su madre y padre. Ellos están allí para dar su consentimiento al compromiso y para estar de chaperones delante de la feliz pareja. Pronto ella pasea en su adornada victoria [carruaje] por la alameda (el parque favorito) junto con su conductor. Y entonces a su debido tiempo, se anuncia el compromiso y él manda un cheque por el monto que sea capaz para comprar el delicado ajuar, porque esto es una costumbre peculiar en México. Temprano por la mañana se casan, siempre hay una ceremonia un día y otra al siguiente, pero la novia raramente abandona su apellido de soltera por el de su esposo.
Hay un peculiar folclore en el vestido de todas las clases en México. El “peón” viste calzones muy atados a los lados con listones de colores brillantes, sandalias de cuero, una camisa áspera y un gran sombrero de pico, formado y decorado con terciopelo y oropel. Su enamorada viste una blusa brillante, corpiño corto, cabello trenzado entrelazado con listones brillantes y una mantilla siempre, que acomoda graciosamente sobre su cabeza y sus hombros morenos. Usualmente no usan chaquetas, excepto algunas cortas que llegan solo a medio codo y dejan ver sus perfiladas manos y brazos. La novia de clase alta usa un sombrero de seda, paños finos y zapatos brillantes en punta y es muy “elegante”. La señorita tras la ventana cerrada se viste con un estilo amplio y adornado y viste una mantilla de encaje blanco y transparente y estrechas zapatillas puntiagudas. Esta mantilla la usan todas las muchachas y mujeres de todas clases, difieren solo en la calidad.
La vida es cara para el aristócrata, y debe ser, necesariamente, barata para el peón que come sólo frijoles y tortillas. Sedas, bordados, encajes y linos son en comparación baratos; pero percales [mantas], organzas y todas esas cosas de uso femenino están por encima del alcance de cualquier bolsillo. Los percales se venden por metros a un precio que llega a 85 y 90 centavos la yarda. En el área culinaria, los productos americanos son preciados: manteca, harina, azúcar y productos enlatados se venden a precios ridículos y la mantequilla, no es infrecuente encontrarla a 90 centavos de dólar por una insignificante libra.
Hay casas en renta, aunque todas las familias aristocráticas son dueños de sus casas, de fabulosa construcción. En contradicción a esto el hospedaje es mucho más barato que en los Estados Unidos
Todas las tiendas tienen nombres como “Joy of the Meiden” [La alegría de la Doncella], “Way to Paris” [Camino a París], “The Fascination” [La Fascinación]; y la farmacia con el nombre de “Puerta al Cielo” está exactamente enfrente a la cantina que se anuncia con el título “Camino al Infierno”.
Toda la nación es Católica, su religión está inmersa en ella desde la cuna hasta la tumba. Desde el momento en que el bebé empieza a balbucear sus primeras palabras en ese lenguaje acogedor, su mamá lo lleva a la catedral y ante la Virgen María le enseña a rezar con un pequeño rosario. Los conductores que transitan por la calle, se quitan el sombrero y se persignan cuando pasan delante de la Iglesia, y pagan la mitad de sus ganancias a las manos pedigüeñas de sus bien alimentados sacerdotes vestidos de púrpura. De esta manera éstos son capaces de colocar coronas de joyas a la estatua de la Virgen María con un costo de varios cientos de dólares. Durante la Cuaresma los nativos son, por supuesto, más devotos, y las puertas de la Catedral nunca cierran. Figuras de cera de Cristo de tamaño natural, con las marcas de los clavos y sangrantes, yacen en un ataúd en todas las iglesias y, junto a él, la Virgen María vestida de negro, la viva imagen del desconsuelo con lágrimas de aceite en sus mejillas que parecen reales.
La gente se coloca o se arrodilla cerca, llorando alto sobre la atormentante escena. La mañana de Pascua cientos de campanas llenan el aire con su alegre repiqueteo por la resurrección de Cristo, y María, vestida de azul marino, ha perdido sus lágrimas de ayer, y hay una sonrisa de paz en su alegre semblante. Hay una escena de alegría en cada iglesia y aquellos que, de rodillas, escalaron algún monte para rezar al pie de la negra cruz, se encuentran ahora entre la gozosa muchedumbre, sin mancha debido a su peregrinación sobre las afiladas piedras y zarzas.
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La versión original en inglés se puede leer aquí: Visere McGary, Elizabeth Life in Old Mexico en Olympian Magazine Julio 1903

2 comentarios:

Juan Crouset dijo...

Creo que el aspecto de devoción religiosa ha ido cambiando un poco con el paso de las décadas. Respecto al aspecto romántico que describe la señora, salvo alguna ocasional serenata, creo que cada vez nos parecemos más a los americanos.
Por cierto, Jorge.
Leyendo estas descripciones sobre nuestro pais; recordé una de las mejores narraciones, que en mi muy particular opinión, hayan sido escritas por algún extranjero, el libro en cuestión se llama Viva México! y fue hecho en 1908 por un excelente escritor americano que vivió, si no me equivoco en el estado de Morelos durante algún tiempo, previo a la revolución.
Su nombre era Charles Macomb Flaunders. En google puedes encontrar una versión (incompleta por desgracia) de esta obra.
Gracias por compartir estas historias.
Saludos.

eljasjorge4 dijo...

Gracias J. Crouset por los comentarios. No conocía al autor que mencionas. Fui a buscarlo en Google y efectivamente encontré el libro Viva México que parece muy interesante. Le voy a dar una ojeada. Gracias de nuevo. Saludos.

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