jueves, 14 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 8/8 (Domingo 29 y los siguientes días)

Domingo 29 y los siguientes días.  


Calle de Humboldt anegada el día 29 de Septiembre de 1909. 


Había terminado aquella semana siniestra y comenzaba otra igualmente triste.

Por fin cesó por completo la lluvia el domingo hacia el medio día. Las turbias aguas del Río Santa Catarina continuaban rugiendo embravecidas de orilla a orilla y más allá. Pero con la misma prisa que llegaron, así se irían. Sólo había que esperar un poco para ver disminuir su caudal notablemente.

Desde el día 27, Monterrey había estado incomunicado casi por completo y el servicio eléctrico se hallaba interrumpido. Por su parte el temporal inutilizó las líneas telegráficas y destruyó grandes tramos de vías férreas, de tal forma que, para entrar o salir de la ciudad por el sur había que dar un gran rodeo. Solo hasta ese domingo se lograron mandar cables y reportes a los diarios de la nación. Pero es sintomáticamente escaso el número de periódicos que anuncian la tragedia si se los compara con la cantidad de notas periodísticas que se pueden encontrar, por ejemplo, del incendio de la Droguería Bremer una semana antes.



Sólo hasta el domingo se restableció, con dificultad, el servicio telegráfico y los corresponsales pudieron enviar algún reporte. Pero, naturalmente, la noticia en los periódicos no fue publicada sino hasta el lunes 30. Ese día, en primera plana, algunos periódicos narraron el trágico acontecimiento que llenó de luto a la nación.

El encabezado de La Opinión fue:

Un Día de Luto Nacional – La catástrofe de Monterrey – Quince Mil Personas Sin Hogar – Más de mil muertos – 20,000,000 DE PERDIDAS. – SE INICIA UNA SUSCRIPCIÓN EN VERACRUZ”.

Y la noticia, que abarca una gran porción de la página, comenzaba así:

“Telegrama exclusivo para LA OPINION
México, Agosto 29.-  Una gran inundación del río de Santa Catarina que divida la ciudad de Monterrey acaba de ocasionar una gran catástrofe que constituirá por su magnitud y circunstancias especiales un caso único en la historia de nuestras desgracias nacionales sembrando el luto y la desolación en Millares de familias. No se tienen noticias de que haya ocurrido en el país catástrofe de tamañas proporciones; para darse cuenta de las colosales proporciones de la inundación baste decir que el río subió a cincuenta pies, desbordándose materialmente sobre el barrio de San Luisito que es lo que pudiéramos llamar la Catápoli o ciudad baja de Monterrey, donde ocho manzanas fueron completamente arrasadas por el torrente sin quedar una sola casa en pie. Se ha registrado más de mil desgracias personales. Cerca de quince mil personas se hallan sin hogar; en doce millones de pesos se estiman las pérdidas sufridas, la ciudad se halla completamente consternada, es un día de luto nacional.”



Imágenes del Rio Santa Catarina, el Barrio y Puente San Luisito Antes y después de la Inundación. 


Las miles de personas que se encontraban sin hogar, también se habían quedado en la miseria, perdiendo hasta sus víveres. El caos en la ciudad debió ser arrollador. Los templos y escuelas se convirtieron en refugios, al igual que los bajos del palacio municipal y las estaciones de Ferrocarril. “Las iglesias y todos los grandes edificios están atestados de gente” – dice la nota del periódico.  Los vecinos debieron quizá socorrer a sus familiares y conocidos, pero eran tantos los damnificados que no había suministros para socorrer a todos. Aquel domingo debió ser como el día de una verbena deplorable, en donde multitudes de personas de triste aspecto, lloraban angustiosamente a los perdidos  y vagaban de un lado a otro como locos, empapados hasta los huesos, sin saber a dónde ir.

La ayuda a los habitantes del Barrio San Luisito, hasta ese día y desde el jueves por la noche, fue nula. Almas caritativas sobrevivientes en el lado sur del río, habían compartido con alguno de las víctimas, sobre todo con los niños, alguna tortilla con frijoles o cualquier migaja de pan. La situación era deplorable.

No se trataba solamente de que los vecinos no ayudasen a los damnificados. Al contrario, se vieron muchas muestras de solidaridad. En realidad es que la gente sencilla no tenían mucho que dar. Pequeños comerciantes y grandes empresarios compartieron lo poco o mucho que tenían. El libro “El Río fiera, brama” de Oswaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza menciona los nombres de aquellas buenas gentes solidarias.  

Los caminos estaban obstruidos y el ingreso de comestibles desde el campo, otros puestos del Estado o del país era complicado, si no imposible. Y los sobrevivientes en San Luisito estaban aislados por completo. El periódico El Correo Español afirmaba: 


Si las comunicaciones siguen interrumpidas algún tiempo más, la situación se hará horrible en Monterrey”. Y por su parte La Opinión agregaba: “La situación de los ferrocarriles es deplorable, pues todas las líneas están paralizadas. De cinco hilos telegráficos que había funciona uno: el de Torreón, y hay una gran aglomeración de despachos. Muchos puentes han sido destruidos. La cuestión de los víveres es la que más amenaza a la población: el rastro [que se encontraba muy cerca de la ribera sur del Rio] ya no existe…

A ambos lados del río la gente se reunía a mirar cómo la corriente iba disminuyendo y no daban crédito a sus ojos. Grandes porciones de la ciudad junto al río habían desaparecido. No había rastro de la escuela de niñas situada en la antigua calle de Constitución y Jalisco (hoy a la altura de Jalisco y el cauce del Río). En esa área no quedaba piedra sobre piedra. Ni siquiera las casas de sillares habían permanecido en pie.



Ruinas en la Parte Norte del Río. Día 29 de Agosto
Ruinas del Puente San Luisito después de la Inundación. Lado Sur del Río.

Ruinas en el Lado Sur del Río
Estragos de la Inundación.


Cuando, por fin, los niveles de agua bajaron, se pudieron comenzar las labores de rescate mediante cables tendidos por los que se hacía cruzar a las víctimas.

El día 31 los periódicos señalaban:

Los gendarmes y demás agentes de seguridad continúan en la penosa y tétrica labor de extraer cadáveres. Se calcula que el número de estos últimos ascenderá a unos dos mil. De todos modos, como se cree que muchos cuerpos desaparecieron entre las arenas del río, se teme que nunca se sabrá exactamente cuántos han sido los muertos”. …Las aguas del río han comenzado a recogerse sobre su cauce, dejando al descubierto el cuadro de horror más espantoso que es dable contemplar a los ojos humanos. A medida que el agua se va retirando, quedan al descubierto ruinas y cadáveres, en los cuales se ha iniciado ya el estado de descomposición”.

El número de víctimas varía según las fuentes y según la fecha. Como es natural, mientras más tiempo pasaba, el cálculo de los muertos era más preciso y también mayor. Se llega a decir que fueron uno 7 mil en todo el Estado.

Salvamentos llegando al Barrio San Luisito 30 de Agosto

Continúan las Labores de Rescate y Salvamento en el Barrio San Luisito. 31 de Agosto. Imagen tomada en el mismo Barrio San Luisto. Los Niveles de agua han disminuido drásticamente.
La ayuda nacional e internacional no se dejó esperar. Se hicieron colectas o “Suscripciones” convocadas por el Banco Nacional de México, por periódicos, municipios y algunas localidades texanas, etc., para ayudar a los damnificados. El cónsul de USA en Monterrey Thomas Hanna pidió ayuda a Washington para las víctimas. Llegaron suministros y personal enviado por la Cruz Roja Internacional.  El gobierno federal de Don Porfirio Díaz envió 50 mil pesos. Fue una calamidad que llenó de luto al país y despertó la solidaridad de muchos.



Se Reunía y daba ayuda a los damnificados en los grandes edificios de la Ciudad. Uno de Ellos fue la Estación del Golfo.

Acabó aquel agosto de 1909 uno de los más trágicos de la historia de Monterrey, quizá el más terrible y siniestro. La noche del último día del mes fue oscura y colmada de aflicción. La luna llena en el cielo iluminaba el caudal, ahora estrecho y aparentemente inofensivo, del Río Santa Catarina.  

Primera Plana del Houston Post del 2 de Septiembre de 1909. Invitando a ayudar a los damnificados de la Inundación de Monterrey. Fuente: The Portal of Texas History

Fotografía tomada el 4 de Septiembre. Lado Norte del Río. En la ribera sur se aprecian dos de las pocas edificaciones que sobrevivieron a la inundación: El Puente San Luisito y el Salón de Bailes "El Valle Azul"

Fuentes de las fotografías: 

Engineering News Magazine 1909
Cement Age Magazine Jul-Dic. 1909;
The American Red Cross Bulletin 1909;

Mining and Scientific Press 1909




lunes, 11 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 7/8 (Viernes y Sábado)

Viernes 27 y Sábado 28 de Agosto de 1909

Amaneció el viernes con síntomas alarmantes” – escribió el reportero de El Correo Español. – El  huracán silbaba furiosamente y saltaban los vidrios de la ventanas hechos pedazos.  Seguía lloviendo, y con verdadero horror vieron los vecinos que la corriente del río había subido más de cinco pies sobre el nivel normal. Fue entonces cuando muchas familias se decidieron a abandonar el barrio amenazado. Por desgracia, no todos los vecinos obraron con tanta prudencia”.        

Continuó lloviendo a lo largo de toda la jornada. Aquel día no era uno que se pudiera aprovechar, al contrario, el agua a torrentes impedía que la gente saliera de sus casas. Las calles se iban inundando de banqueta a banqueta. A lo largo y ancho de toda la ciudad, a ambos costados del Río Santa Catarina, cada rincón estaba anegado. “La compañía de Luz había cortado la corriente para alejar un probable peligro y la de abastecimiento de aguas cerró las compuertas de la gran presa de santa Catarina, cuyo caudal debía venir a aumentar, más tarde, la corriente impetuosa del río.”

El temporal interrumpió los hilos telegráficos y nuevamente la ciudad se encontraba incomunicada con el mundo exterior.

En Monterrey, durante fuertes tormentas o huracanes, sucede algo curioso. Si no te encuentras en el futuro paso de la avalancha formada por el agua de lluvia convergente de las montañas circundantes, te sientes y estás a salvo. El problema estriba en hallarse “obstaculizando” el paso de las corrientes… la principal, la del Río Santa Catarina a la que convergen las aguas de 32 cañones. Éste, completamente seco la mayor parte del tiempo, se convierte en un Rapid con una fuerza destructora extraordinaria. 


Río Santa Catarina-Cañón de la Huasteca c. 1909
La inmensa avalancha parece llegar sin previo aviso. Esa sensación de seguridad e imprevisión es la que se describe en algunos periódicos nacionales y, sobre todo, texanos al narrar la desgracia de 1909. El Sr. J. Riggs, por ejemplo, recaudador del periódico “The Daily Express” quien llegó dos días antes de la tragedia a Monterrey, la describe así:

 “comenzó a llover la tarde en que llegué” – dijo – “La   mañana del jueves estuvo clara y lluviosa por la tarde. El viernes fue lluvioso y el sábado, sin ningún aviso, llegó la inundación. Yo no la vi. Aquellos que la vieron dicen que el agua llegó en una sucesión de hondas como de 20 pies de altura. En un muy corto lapso de tiempo, el fondo del río, generalmente seco, estaba inundado. Mucha gentes pobre vive en esta parte baja de la ciudad, pero hay también un número considerable de casas muy elegantes allí abajo. Muchas personas debieron haber sido aplastadas bajo sus casas porque las casas de adobe no pudieron resistir al agua. Colapsaron muy rápidamente”.

No solo para este personaje texano, la inundación llegó sin aviso, los regiomontanos también estaban desprevenidos: “sorprendió a todos los moradores de aquella barriada – escribe El Correo Españolbien  ajenos de pensar que la tormenta llegara a tener tan fatales consecuencias”

Algunos documentos de la época indican que el desbordamiento del río sucedió alrededor de las 11 pm del 27 y se fue agravando la situación rápidamente a lo largo de las siguientes horas y la madrugada del día 28.

Al principio los vecinos – señala el diario La Opinión el día 29 – no obstante que veían los estragos de sus casas no quisieron abandonarlas, pero al empezar a registrarse los derrumbes huían hacia los montes completamente llenos de terror. La Luz eléctrica se encuentra apagada, las comunicaciones telegráficas interrumpidas: para comunicarse con Monterrey es necesario dar la vuelta por la frontera, el ferrocarril nacional está paralizado y apenas si pueden llegar los trenes del Saltillo hasta donde ha sido la inundación. La presa de santa Catarina se desbordó también aumentando el inmenso caudal de agua que arroyó la ciudad. Se están registrando escenas verdaderamente patéticas y emocionantes.  Un capitalista rodeado de toda su familia y subió en la azotea de su casa la cual estaba completamente rodeada por el agua gritaba desesperadamente ofreciendo fuertes sumas de dinero porque le salvaran. Hasta Cincuenta mil pesos llegó a ofrecer en medio de gritos aterrorizantes. A consecuencia de la impetuosidad con que corría el agua era imposible darle auxilio. Se ignora si lo salvarían”.

Por su parte, el reportero del Correo Español informa el día 30:

Las personas que se vieron en el agua y próximas a la muerte fueron muchísimas. No es posible describir el espectáculo trágico de aquellos momentos angustiosos. Las mujeres levantaban en alto a sus hijos, los hombres luchaban por salvarse y salvar a los suyos y un coro inmenso de plegarias y gritos de espanto se confundían con los ruidos de la tempestad cada vez más terrible”.

“Las primeras noticias de estas terribles catástrofes no pueden nunca tener absoluta exactitud. A última hora se ha recibido un mensaje en Méjico que hace subir el número de muertos a mil doscientos.  La gente pobre fue la más perjudicada….” 



En esta escena de la inundación  del día 28 de agosto, aún se ven las casas de sillares en el barrio San Luisito ribera sur del Rïo Santa Catarina. Se aprecia a mano derecha el Salón de Bailes "El Valle Azul". Único edificio que resistió a la corriente junto con el Puente San Luisito.

Muchos de los sucesos narrados por los periódicos sobre la tragedia son impresionantes. Es difícil leerlos y no sentir tristeza. Entre las miles de víctimas hay de todo: niños, adultos, ancianos, ricos y pobres, hombres y mujeres embarazadas…

Estos son algunos de los trágicos sucesos registrados por la prensa:

En el lado Sur de la ciudad, había una escuela donde se refugiaron cerca de noventa personas entre mujeres niños con algunos sacerdotes. Mientras el agua subía iban todos pasando de una pieza a otra y así sucesivamente hasta llegar a la última de la azotea. En eso se derrumbó el edificio y todos fueron arrasados por la corriente en presencia de millares de espectadores que del lado opuesto contemplaban cuadro tan desgarrador sin poder ir en auxilio de las víctimas”.  (La Opinión, agosto 30)

“Hablé con un hombre que vio a 60 niños y dos sacerdotes encima de un edificio de adobe que sucumbieron cuando el edificio colapsó. No hubo oportunidad de rescatar a quienes cayeron en el torrente.  El agua llegó mucho más allá de la orilla y hasta las calles principales” (The Daily Express, septiembre 3).   

En la calle Cuauhtémoc una familia entera pereció ahogada a presencia de muchos espectadores que nada pudieron hacer por ella. Un testigo presencial refiere que en momentos culminantes de la desgracia los cadáveres eran arrastrados por una impetuosa corriente en un hacinamiento macabro, mujeres, niños, ancianos, animales, todo venía en horrible confusión desde las hacendas (sic) inmediatas. Un señor de apellido Montelongo, al verse irremisiblemente perdido, sacó su pistola y a la vista de todos se disparó en la boca cayendo en las aguas que lo arrastraron moribundo. Muchas familias van de un lado para otro locas de desesperación”.

El joven Francisco Espinosa rodeado de su esposa y sus niños luchó valerosamente por salvarse durante largas y mortales horas. Se les arrojó un cable al que se aferraron todos desesperadamente logrado salvarse. Espinosa ha encanecido por el dolor en unas cuantas horas.

Fotografía del 28 de Agosto desde la Calle G. Prieto. Se aprecia el Puente San Luisito, tras él la iglesia de San Luis Gonzaga, y al fondo aparece el cerro del Obispado. Foto compartida en Skyscraper por Juan Crouset. 
Ha habido héroes dignos de citarse como los señores J. Grand, Federico López, Francisco Reina, Ramón Miranda, etc. Y otros hábiles y robustos nadadores que se arrojaron al torrente para salvar a las víctimas logrando después de innúmeros esfuerzos recatar como veinte personas. (La Opinión, agosto 30)

La plaza Zaragoza es una verdadera laguna intransitable. Por esas calles se ven arrastrados por la corriente automóviles, muebles, caballos, coches cadáveres, aún con vida y mujeres que tratan de salvarse en confuso tropel.

Un museo zoológico del Señor Alberto Villarreal donde se exhibían animales y especialmente reptiles ha desaparecido por las aguas quedando su dueño en la más completa ruina.  (La Opinión, agosto 30).


En medio de la obscuridad en que se encontraba la ciudad apenas si se podían distinguir sobre los techos de las casas los grupos de personas en ellas refugiados que veían aterrorizadas como el agua anegaba incesantemente los cimientos y cómo una a una iban siendo arrastradas por el torrente. Nada pudo salvarse de lo comprendido en los distritos cercanos al río Santa Catarina; la corriente llevaba una velocidad de 20 millas por hora”. (La Opinión, agosto 30)

La iglesia de San Francisco se derrumbó totalmente”. (La Opinión, agosto 31)

Las casas que más han sufrido desperfectos durante la inundación son: la del General Bernardo Reyes en su planta baja, caballerizas y jardín; una fábrica de mosaicos cuyo edificio y maquinaria quedaron completamente inservibles, las casas del Profesor de Música Señor Villalón y del Inspector de la Policía [Ignacio] Morelos Zaragoza.

La muerte de la Señora Victoria de la Garza ha causado una gran sensación. Vivía en la esquina de las calles Doctor González y Diego Montemayor, con diez y ocho personas a su servidumbre. En los momentos de la catástrofe la acompañaba un sacerdote. Murieron todos bajo los escombros al desplome de la casa.” (La Opinión, agosto 31)

“El Hacendado americano P. P. Reader salvó cerca de 30 personas. Un cocinero japonés (De Nombre Takano Según se registra en el Libro El Rio Fiera Brama) salvó a dos muchachos que estuvieron atrapados en lo alto de un árbol desde la noche del viernes hasta las cinco de la tarde del sábado. El Valiente japonés luchó tres horas largas contra el agua hasta conseguir salvarlos. El frío y el hambre estaban a punto de rendir a estos infelices niños que apenas contaran ocho o diez años de edad. Como su familia pereció han sido adoptados por una familia americana.
La familia del Señor [Rumualdo] Marty, que estuvo largo tiempo también refugiada en la copa de un árbol fue salvada al fin.” (La Opinión, agosto 30).


Puente San Luisito el día de la Inundación.

Según el diario La Opinión, “las calles en que tomó más fuerza la corriente fueron Porfirio Díaz, Cuauhtémoc, Víctor Hugo, Humboldt, Garibaldi, Juárez, Galeana y todas las que llevan nombre de Estados de la República”. Aquella noche desaparecieron de la geografía urbana de Monterrey, según algunos informes posteriores, hasta 90 manzanas. Se perdieron millones de pesos en infraestructuras, cultivos, averías de todo tipo en casas, fábricas, vías férreas, etc. Murieron miles de personas, algunas fuentes señalan como 4 mil, pero ¿quién pudiera asegurarlo? Muchos niños quedaron huérfanos y cientos de familias afrontaron la indigencia.

Narraciones y datos fundamentales de familias y personas en el umbral de la muerte y personajes heroicos durante la tragedia, fueron relatadas por Oswaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza en su libro El Rio Fiera Brama 1909. Yo solo refiero aquí las que encontré en los periódicos de aquella fecha. Es una fuente esencial en este tema y se puede consultar on line en este enlace: 



viernes, 8 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 6/8 (Jueves)

Jueves 26 de Agosto de 1909


Los habitantes de Monterrey se preparaban para una nueva jornada. Las mujeres que acostumbraban barrer las banquetas, aquél día no tuvieron necesidad de hacerlo. Había estado lloviendo por la noche y las calles estaban mojadas. La mañana, sin embargo era clara, aunque nublada. Hacia el mediodía, ya el cielo, encapotado, se tornó del color del plomo.  Empezó a chispear a intervalos continuos y, de vez en cuando, un viento del Este soplaba con ímpetu. Entre la gente del pueblo, pocos eran quienes sabían que aquel norte era parte de un ciclón que estaba azotando las costas del Golfo de México.


Barrio San Luisito, Fotografia de Lagrange c. 1895. Se puede apreciar el primitivo puente San Luisito de Madera.

La vida en la ciudad continuaba como siempre, con sus afanes diarios y sus preocupaciones normales. Los dueños de las tiendas afectadas por el incendio se empeñaban en superar el bache y las vicisitudes lo antes posible.

Estaban ya de regreso en Monterrey Don Roberto Bremer y Don Juan Reichmann de la Casa Bremer, y se ponían en contacto con el Arquitecto Giles, quien también se encontraba en la ciudad, para tratar sobre un nuevo edificio. El negocio no iba a sucumbir. Se hacía lo posible por habilitar los materiales recuperados del desastre y comercializarlos en su despacho provisional de la calle Zaragoza.  

Por su parte el Señor John. B. Sanford había ya partido de Birmingham en el primer Vapor que le fue dado encontrar. Le esperaba una larga travesía. Por lo menos una semana atravesando el Atlántico, haría su primera escala quizá en Nueva York o en algún otro puerto de los Estados Unidos. De allí viajaría en tren a Monterrey para negociar también con el Arquitecto Giles su nueva Casa Sanford. En tanto los empleados de la ferretería atendían a sus clientes en un depósito temporal en la misma calle de Padre Mier.

Los dependientes y empleados de La Reinera, bajo la dirección de sus gerentes, había devuelto a su primitivo orden las mercancías del establecimiento, en caos durante los días pasados. Los ingenieros habían recorrido el edificio y analizado sus desperfectos. En ese edificio, el fuego había dañado las cabezas de las vigas del piso superior y penetrando al cielo raso. Durante el incendio, para combatirlo, hubo necesidad de rasgar aquel cielo raso e impregnar de agua las vigas. Los empleados de ese comercio fueron los héroes en su defensa. A ellos se debió, según la prensa, su preservación. 

El edificio necesitaba reparaciones para corregir las averías. Y al instante comenzaron a remediarlas. Pronto estaría listo para dar nuevamente atención al público.  

Jasper T. Moses Today in the land of tomorrow 1907
Parecía que todo iba tomando nuevamente su curso normal. Lo único malo, aquel día, era la impertinente lluvia. Había dejado de ser interrumpida. Después de mediodía continuó cayendo sin descanso. Mesclada con ráfagas de viento.

Quienes más sufrían por este estado del tiempo, eran los vecinos del Barrio San Luisito. Sus casas de adobes empezaban a remojarse de mala manera y algún viento, para colmo, se colaba por las ventanas causando estragos y haciendo volar algunas láminas y paja de los techos. Era una situación, más que incómoda, alarmante. No todos los regiomontanos, especialmente aquella gente sencilla del barrio, estaban al tanto de las noticias de los periódicos. Allí se anunciaban las tormentas que iban apareciendo a lo largo de la costa del Golfo, el Huracán que estaba azotando el Atlántico y que había pasado por La Habana hacía algunos días y los estragos en el Caribe. La Florida y Nueva Orleans habían estado también en alerta. La verdad era, que uno de los huracanes más letales  de todos los tiempos, se dirigía a paso firme rumbo al Noreste Mexicano. Durante aquella semana había abatido Santo Domingo y Haití, Cuba, la Península de Yucatán y estaba ya azotando las costas de Tamaulipas.

Aquel jueves 26, los diarios mexicanos avisaban de tormentas y altas mareas en Veracruz y Tamaulipas. Pero el ciclón ya estaba haciendo estragos en las costas mexicanas y su sistema llenaba de tempestades el noreste Mexicano. Destruía a su paso los faros marinos, casas y comunicaciones telegráficas. Ante el caos de aquel ataque de la naturaleza, era difícil que los vecinos de Monterrey estuvieran al tanto de la tragedia que se les echaba encima. Hicieron lo mejor que pudieron para resguardarse de la lluvia constante e imploraron al cielo para que pasara pronto el temporal. En el Barrio San Luisito alguna mujer humilde encendió la vela pascual en el pequeño altarcito de Santos, adosado en una cruda pared de barro. Era la vela del domingo de Resurrección que había traído de la basílica del Roble el último día de la Semana Santa. Rezaba un Ave María a la Virgen para que alejase la tormenta. Su sencillez era casi tan inmensa como el misterio de la Voluntad de Dios.

En Monterrey, aquella noche, sólo los niños pequeños durmieron en paz.


Puente, diseño de Alfred Giles sobre el Río Santa Catarina y Barrio San Luisito (Hoy Colonia Independencia) c. 1909
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martes, 5 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 5/8 (Miércoles)

Miércoles 25 de Agosto de 1909

Mientras continuaron desde temprano las obras de demolición y limpieza en las ruinas del incendio, los representantes de las casas aseguradoras tenían ya un cálculo de las pérdidas totales y de lo que podían y debían pagar.

¿Cuáles fueron las pérdidas y quienes fueron los perjudicados? Veamos.

La manzana incendiada, fue, como dijimos antes, la que está rodeada por las calles de Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. En la esquina norponiente de Morelos y Escobedo se encontraba el edificio más antiguo y emblemático de la manzana: el antiguo palacio de Gobierno de Nuevo León, convertido en la Botica del León de los Señores Bremer y Compañía. En el mismo inmueble estaba una Tlapalería propiedad de la misma compañía Bremer. Al parecer allí se tenían pinturas y otros materiales inflamables y quizá por eso en una fotografía tomada al día siguiente se ve colapsado el muro en esa parte del inmueble. En la parte superior de la Botica, Droguería y Tlapalería habitaban las familias de Don Roberto A. Bremer y de Don Juan Reichman. En algún lugar de aquel edificio debió situarse también la oficina del Consulado de Austria-Hungria, cuyo cónsul honorario ese año era el Sr. Reichmann.
Croquis de la Cuadra incendiada con anotaciones a partir de la información de los periódicos de aquella semana. El original aparece en la primera plana de El Imparcial del 23 de Agosto de 1909. La escritura y marcas en rojo son mías.


Por la misma calle de Morelos, a continuación, se situaba el edificio de “La Reinera” “Uno de los más bellos de la ciudad” diseñado por el arquitecto Alfredo Giles. Este edificio es el único que queda de aquella época. Recibió algunos daños durante el incendio, pero no pereció en él.  Según las crónicas periodísticas de entonces, eso se debió al esfuerzo y al empeño de sus dependientes. El inmueble de dos pisos se extiende media cuadra por la calle Morelos hasta llegar a la esquina con Paras y continúa por ese callejón más de media cuadra hasta su límite con la Ferretería Sanford.


La Reinera Fuente: Justo Sierra: México Su Evolución Social Tomo III 1900 
La Ferretería Sanford estaba establecida en un inmueble de dos pisos propiedad de Don Marcelino de la Garza, vecino de Saltillo. En los altos de aquel edificio, se hallaba la oficina del Consulado Británico y probablemente la casa habitación del Cónsul Don John Bertrams Sanford. El inmueble se extendía desde la calle o Callejón de Paras, haciendo esquina en Padre Mier y proseguía un tramo hasta colindar con un edificio de 4 pisos propiedad de los Señores Bremer.

Propaganda del Almacén El Puerto de Liverpool de la Cd de México
El edificio de 4 pisos debió ser el más alto de la ciudad en ese momento. Era un diseño del Arquitecto Alfred Giles y sólo tuvo una existencia de escasos 2 años, pues había sido concluido en 1907. Según se deduce de las crónicas periodísticas sobre el incendio, allí se encontraba en el 3º ó 4º piso, el Laboratorio Químico de la Droguería Bremer en la que se producían las medicinas de patente que se vendían en el Despacho de la Botica. Debió haber en él un almacén de productos químicos altamente inflamables. Las notas periodísticas concluyen que allí comenzó el incendio. Los dos pisos inferiores daban cabida a la sucursal del almacén o “Cajón de Ropa” de nombre “El Puerto de Liverpool”, propiedad de los herederos del finado Don José Goodman, de Torreón, quien se habría suicidado un año antes (según la nota periodística de El Popular del 5 de mayo de 1908, por problemas de solvencia económica). Esa negociación no poseía un seguro contra incendios. El corresponsal de El Diario de México escribe en un telegrama: “la pérdida ha sido total para el propietario que ha quedado verdaderamente reducido a la más absoluta miseria.”

Continuando hacia el oriente, por la calle del Dr. Mier, se encontraba un inmueble propiedad de Don Isaac Garza. En esa casa de dos pisos, habitaba, probablemente en la planta superior, la familia Garza Lafón, mientras que en la planta baja, o en parte de ella, se encontraba la “Compañía Manufacturera de Tubería de Plomo”  del Señor Izaguirre.

La última propiedad de la cuadra era una casa de un solo piso. En ella se encontraba la tienda de abarrotes “La Bola de Oro” propiedad de Don Emilio Martínez. Ocupaba la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo.

Contiguo a la tienda de abarrotes (por la calle de Escobedo) se hallaba un edificio de dos plantas que, según los informes periodísticos, también era propiedad del Sr. Martínez. En ese edificio, en la planta baja, se hallaba el restaurante y cantina  de nombre “Salón Fausto” y en la parte superior la vivienda de la familia de Don Juan de la Garza. Junto al Salón, estaba un Cinematógrafo, que debió formar parte del mismo inmueble. Todas estas fincas en la esquina de Escobedo y Padre Mier no perecieron en el incendio y fueron las menos dañadas por él. Sin embargo el agua y la turbulencia durante la tragedia hicieron estragos en ellas.  Escribe el corresponsal de El Diario: “La cantina conocida con el nombre de Salón Fausto, uno de los sitios más bonitos de la ciudad, quedó completamente remojada”. Ni el Salón Fausto ni la tienda de Abarrotes poseían seguro.  El imparcial señala que las pérdidas de Don Emilio Martínez se debieron a la “gran cantidad de botellas de licor y latas que se rompieron o extraviaron durante el siniestro”. Y agrega que sólo hacía algunos días que el Señor Martínez “había trasladado su comercio a este local, cancelando su póliza de seguros la semana pasada”.

Esa era la situación de los dueños de los negocios de aquella cuadra. Unos poseían seguro contra incendio, otros no. Pero todos fueron perjudicados. Y lo que es “normal” en estos casos, las pérdidas superan los montos asegurados. 


Titular en EL DIARIO de México del 25 de Agosto de 1909

Habían pasado 4 días del desastre y los primeros cálculos de las pérdidas estaban muy por debajo de la realidad. Los periódicos ahora informaban que éstas ascendían a $2.079,000.00

Por informes obtenidos con los dueños de las casas y establecimientos – escribe el corresponsal de El Diario el día 25 de agosto – sábese  que las pérdidas son estas: Droguería Bremer, 1,400,000 pesos, incluyendo los edificios de las calles Mier, Morelos y Escobedo que quedaron destruidos. La Ferretería Sanford, 300,000, pesos sin incluir el edificio; este valdrá unos 50,000 pesos; “El Puerto de Liverpool” 250,000 “La Reinera” perderá por extravío de mercancías, roturas, reparación de algunos muros y defensa de los que se encuentran calcinados, 60,000 pesos. La Ferretería Langstroth por mercancías averiadas, reparaciones, pintura, etc., 4,000 pesos. La casa Izaguirre por averías en el mobiliario, 1,000 pesos. El Señor Emilio Martínez, dueño del Salón Fausto, por destrucción de mercancías 3,000 pesos. Líneas Telegráficas y Telefónicas, por reparación de pavimento, etc., 1,000 pesos.

Total de pérdidas mal calculadas, dos millones setenta y nueve mil pesos. Excepción del Salón Fausto, todos los demás establecimientos estaban asegurados pero en cantidades menores que su valor real, por lo que las pérdidas de todas maneras serán cuantiosísimas”.

Nota de The Brownsville Daily Herald
 del 24 de agosto de 1909
El cálculo de las pérdidas variaba de día a día y de periódico a periódico. El cálculo en dólares ascendía a un millón 400 mil según The Brownsville Daily Herald del 24 de agosto.  

Por otra parte, no se indica cuál fue la cantidad restituida a los propietarios y damnificados. En una brevísima nota de The Insurance Press a Newspaper for Insurers and Insured del 1 de septiembre (once días después del incendio) se señala que las pérdidas conjuntas de las Casas Bremer y Sanford ascendían a 500,000 dólares. Una cantidad muy inferior a la informada por los diarios mexicanos y extranjeros una semana antes. Sin duda fue una ardua empresa la de reclamar a los seguros la restitución justa.

El vecindario tenía también otras inquietudes además del incendio y sus inconvenientes. En aquella época revuelta y con las elecciones nacionales inminentes, los periódicos informaban sobre el paradero del Gobernador del Estado, el General Reyes quien se había postulado unos meses antes a la vice-presidencia, pero todo parecía confuso. Se decía que Don Porfirio no había querido recibir a Reyes y que lo había mandado a ponerse de acuerdo con su opositor político el General Treviño, jefe de la Zona Militar a que pertenecía Nuevo León. Se decía también que Don Bernardo Reyes estaba en Galeana rodeado de Militares, o que estaba en Cerralvo en una Junta. Había mucha confusión y cierta conmoción en el área. Los periódicos norteamericanos manifiestan una constante inquietud con el ambiente político en el norte de México. La lucha por el poder produce siempre daños colaterales.

Aquel miércoles, la familia del General Reyes partió en automóvil de Monterrey con rumbo a Galeana y los periódicos informaron que todo estaba en orden. Y añadían: “Se asegura que regresará en los primeros días del mes entrante”.

Entre las tragedias políticas y naturales transcurrían los días de aquel funesto agosto. 

Cayó una vez más la noche. Espesas nubes impedían apreciar las estrellas. Al momento un aguacero empapó cada rincón de la ciudad. Fue uno de esos chubascos que duran poco y mojan mucho. Finalmente la manzana en ruinas pasó a ser un montón de cenizas empapadas. Las brazas se convirtieron en trozos de carbón mojado. Sólo entonces cesó cualquier amenaza de fuego.

sábado, 2 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 4/8 (Martes)

Martes 24 de Agosto de 1909

Las primeras en abrir los ojos aquel día, al igual que todos los días, fueron las madres de familia. Temprano, como siempre, salieron a la puerta de sus hogares escoba en mano. Barrieron la banqueta de la fachada de sus antiguas casas de sillares. Con una tina llena de agua y mucha energía, dejaban todo limpio y listo para recibir al sol del agosto regiomontano. En casa de las familias acaudaladas de Monterrey, esa labor la hacía la servidumbre. Pero era una costumbre generalizada, todas las calles debían quedar limpias. Aquel martes 24 de agosto de 1909 no fue la excepción. El calendario señalaba, en su santoral, la fiesta de San Bartolomé. Famosa en el mundo por sus malos augurios y célebres desventuras. Pero en Monterrey, el 24 de agosto, era más popular por ser el día que se le dice adiós a la canícula. Aquella mañana los ancianos sentían ya los cambios de temperatura en el aire, algunas molestias en las coyunturas por la humedad que se iba aproximando y una ligera brisa menos caliente cruzando por la atmósfera. 

 –  “Parece que va a llover”. Se escuchó decir a alguno de ellos.

Había en el barrio olor a pan y a chocolate, y en las cocinas, a tortillas de harina y chorizo. El pueblo se desperezaba con velocidad. Los jornaleros se encaminaban a sus puestos de trabajo como todos los días. Y un poco más tarde el sonido de los silbatos de las numerosas fábricas de la Ciudad anunciaría el inicio de la jornada laboral.


Los peones contratados para terminar de derribar las ruinas de los edificios recientemente incendiados estaban ya en sus puestos echando abajo sillares, ventanas y balcones. No les parece necesario esperar órdenes.  Aquel martes se continuó “durante todo el día con la demolición – escribió el corresponsal de El Diario De México – pero  ésta se ha hecho…de una manera tan torpe que es fácil que se perjudiquen las casas inmediatas y que ocurra alguna desgracia”.



Toma de la Calle de Padre Mier hacia el Oriente después del incendio. Hombres trabajando y recogiendo escombros. Al centro de la imagen se aprecia el edificio de 4 pisos propiedad de Bremer y Compañía. Fuente Fototeca del ITESM 

Por la tarde le llegó el turno a la fachada del más alto de los edificios de Monterrey. Tenía cuatro pisos y albergó a la negociación “El Puerto de Liverpool” y al Laboratorio de la Droguería Bremer. ¿Qué hicieron los trabajadores para echarlo abajo? No lo sé. El corresponsal del Diario no lo especifica. Sólo escribe: 
Circuló la versión de que cayó la fachada del Puerto de Liverpool, y habían quedado sepultados varios operarios, pero esto resultó inexacto. Cosa de veinte obreros estuvieron en gran peligro por falta de precauciones pues quedaron dentro de la zona de polvo que les asfixiaba por momentos. Sólo uno resultó lesionado en una mano”. Cuando cayó la fachada provocó tal estrépito que “atrajo una gran multitud que vino a aumentar la ya numerosa que ha permanecido en las bocacalles, presenciando las maniobras de salvamento de mercancías, pues hay que hacer notar que el fuego renace a cada momento entre los escombros”.
Todas las personas que habitan en las casas contiguas están temiendo que las chispas arrebatadas por el aire propaguen el fuego”.  Y es curioso notar que aún después de tres días “En el centro de la manzana se levanta una gruesa columna de humo amarillento” y “En ocasiones las llamas toman tal incremento que el vecindario se alarma, pues las casas vecinas están completamente amenazadas”.

Ardían, pues, los escombros de grandes empresas, pero los hombres de negocios de aquella época en Monterrey no eran gente que se dejara vencer por la adversidad.

Ese mismo martes la Botica del León tenía ya su “despacho por la calle Zaragoza” y había “reanudado sus ventas con las existencias que se salvaron”.

Por su parte, los Señores Sanford abrieron “un comercio en la misma calle del Doctor Mier con las existencias que tenían en su bodega de la estación”. Se situaron en el antiguo local de la “Función Mexicana de Tipos”-

Después de una jornada intensa de trabajo, se notaba ya el avance en la limpieza del área incendiada. Sólo quedaban en pié los edificios de las esquinas opuestas de la manzana. Uno era el hermoso edificio “La Reinera” diseñado por Alfred Giles para la compañía Hernández Hermanos Sucesores que se hallaba, y aún se encuentra, en la esquina nor-oriente de Morelos y el Callejón de Paras. Y el otro “sobreviviente” era un amplio inmueble que tenía varios usos, en la esquina sur-poniente de Padre Mier y Escobedo. Emplazada, en la misma esquina, estaba “La Bola de Oro”, almacén de abarrotes del Señor Emilio Martínez. Adjunto a aquella tienda, por el lado de Escobedo, despuntaba aún en pié, el Salón Fausto, en cuyos altos vivía la familia de Don Juan de la Garza. Algunas notas de periódicos indican que aquel inmueble también era propiedad de Don Emilio Martínez. Y anexo al Salón, que era a la vez cantina y restaurant, se hallaba un cinematógrafo. Parte de aquel predio era también, según los periódicos que dan cuenta del incendio, un negocio de Plomearía propiedad del Señor Izaguirre. Se ubicaba por la calle de Padre Mier.

Vista de la Calle Morelos hacia el Oriente unos años después del incendio. A mano izquierda en primer plano el Edificio del Banco de Nuevo León. Y hacia el fondo la Reinera y el nuevo edificio de la Droguería Bremer.
Algunos de los representantes de las casas aseguradoras llegaron ese martes para examinar los daños y las mercancías salvadas y hacer sus cálculos y ajustes. Así los seguros podían compensar a los asegurados. Indiscutiblemente, a simple vista, se podía obviar que el monto de las pérdidas excedía sobremanera a la suma asegurada por parte de los Señores Bremer y Sanford. Quienes, según el corresponsal de El Diario, estaban asegurados con la “London and Norwich Insurance” y su representante el Señor P. Q. Parke iba a examinar esa tarde las mercancías que se encontraban almacenadas en las casas del Doctor Treviño y de Don Pablo Buchard.

Empezó entonces a soplar el viento… anunciaba el norte que los ancianos habían pronosticado desde muy temprano. Las brazas entre los escombros se fueron avivando y como a las 8 de la noche el fuego ya era amenazante. Hubo necesidad de llamar nuevamente a los bomberos. Por suerte controlaron la situación sin mucha dificultad. Y para rematar la jornada,  cayó con estrépito la fachada de la ferretería Sanford. Quizá algunos jornaleros, los que vivían más alejados del centro, probablemente en el Barrio San Luisito, ya se habían marchado y quedaban sólo los que tenían sus casas más cerca. Pero la claridad se iba despidiendo y el trabajo se hacía más difícil. Fue imposible continuar. Al final la manzana en ruinas volvió a descansar del ruido de picos palas y bullicio de operarios.

Aquella noche, cuando todo el vecindario dormía, una suave brisa con olor a leña y carbón, sopló por todas las calles de Monterrey. Entre tanto, un huracán sin nombre, como un enorme león al asecho se cernía sobre las aguas del Golfo de México.






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