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jueves, 14 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 8/8 (Domingo 29 y los siguientes días)

Domingo 29 y los siguientes días.  


Calle de Humboldt anegada el día 29 de Agosto de 1909. 


Había terminado aquella semana siniestra y comenzaba otra igualmente triste.

Por fin cesó por completo la lluvia el domingo hacia el medio día. Las turbias aguas del Río Santa Catarina continuaban rugiendo embravecidas de orilla a orilla y más allá. Pero con la misma prisa que llegaron, así se irían. Sólo había que esperar un poco para ver disminuir su caudal notablemente.

Desde el día 27, Monterrey había estado incomunicado casi por completo y el servicio eléctrico se hallaba interrumpido. Por su parte el temporal inutilizó las líneas telegráficas y destruyó grandes tramos de vías férreas, de tal forma que, para entrar o salir de la ciudad por el sur había que dar un gran rodeo. Solo hasta ese domingo se lograron mandar cables y reportes a los diarios de la nación. Pero es sintomáticamente escaso el número de periódicos que anuncian la tragedia si se los compara con la cantidad de notas periodísticas que se pueden encontrar, por ejemplo, del incendio de la Droguería Bremer una semana antes.



Sólo hasta el domingo se restableció, con dificultad, el servicio telegráfico y los corresponsales pudieron enviar algún reporte. Pero, naturalmente, la noticia en los periódicos no fue publicada sino hasta el lunes 30. Ese día, en primera plana, algunos periódicos narraron el trágico acontecimiento que llenó de luto a la nación.

El encabezado de La Opinión fue:

Un Día de Luto Nacional – La catástrofe de Monterrey – Quince Mil Personas Sin Hogar – Más de mil muertos – 20,000,000 DE PERDIDAS. – SE INICIA UNA SUSCRIPCIÓN EN VERACRUZ”.

Y la noticia, que abarca una gran porción de la página, comenzaba así:

“Telegrama exclusivo para LA OPINION
México, Agosto 29.-  Una gran inundación del río de Santa Catarina que divida la ciudad de Monterrey acaba de ocasionar una gran catástrofe que constituirá por su magnitud y circunstancias especiales un caso único en la historia de nuestras desgracias nacionales sembrando el luto y la desolación en Millares de familias. No se tienen noticias de que haya ocurrido en el país catástrofe de tamañas proporciones; para darse cuenta de las colosales proporciones de la inundación baste decir que el río subió a cincuenta pies, desbordándose materialmente sobre el barrio de San Luisito que es lo que pudiéramos llamar la Catápoli o ciudad baja de Monterrey, donde ocho manzanas fueron completamente arrasadas por el torrente sin quedar una sola casa en pie. Se ha registrado más de mil desgracias personales. Cerca de quince mil personas se hallan sin hogar; en doce millones de pesos se estiman las pérdidas sufridas, la ciudad se halla completamente consternada, es un día de luto nacional.”



Imágenes del Rio Santa Catarina, el Barrio y Puente San Luisito Antes y después de la Inundación. 


Las miles de personas que se encontraban sin hogar, también se habían quedado en la miseria, perdiendo hasta sus víveres. El caos en la ciudad debió ser arrollador. Los templos y escuelas se convirtieron en refugios, al igual que los bajos del palacio municipal y las estaciones de Ferrocarril. “Las iglesias y todos los grandes edificios están atestados de gente” – dice la nota del periódico.  Los vecinos debieron quizá socorrer a sus familiares y conocidos, pero eran tantos los damnificados que no había suministros para socorrer a todos. Aquel domingo debió ser como el día de una verbena deplorable, en donde multitudes de personas de triste aspecto, lloraban angustiosamente a los perdidos  y vagaban de un lado a otro como locos, empapados hasta los huesos, sin saber a dónde ir.

La ayuda a los habitantes del Barrio San Luisito, hasta ese día y desde el jueves por la noche, fue nula. Almas caritativas sobrevivientes en el lado sur del río, habían compartido con alguno de las víctimas, sobre todo con los niños, alguna tortilla con frijoles o cualquier migaja de pan. La situación era deplorable.

No se trataba solamente de que los vecinos no ayudasen a los damnificados. Al contrario, se vieron muchas muestras de solidaridad. En realidad es que la gente sencilla no tenían mucho que dar. Pequeños comerciantes y grandes empresarios compartieron lo poco o mucho que tenían. El libro “El Río fiera, brama” de Oswaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza menciona los nombres de aquellas buenas gentes solidarias.  

Los caminos estaban obstruidos y el ingreso de comestibles desde el campo, otros puestos del Estado o del país era complicado, si no imposible. Y los sobrevivientes en San Luisito estaban aislados por completo. El periódico El Correo Español afirmaba: 


Si las comunicaciones siguen interrumpidas algún tiempo más, la situación se hará horrible en Monterrey”. Y por su parte La Opinión agregaba: “La situación de los ferrocarriles es deplorable, pues todas las líneas están paralizadas. De cinco hilos telegráficos que había funciona uno: el de Torreón, y hay una gran aglomeración de despachos. Muchos puentes han sido destruidos. La cuestión de los víveres es la que más amenaza a la población: el rastro [que se encontraba muy cerca de la ribera sur del Rio] ya no existe…

A ambos lados del río la gente se reunía a mirar cómo la corriente iba disminuyendo y no daban crédito a sus ojos. Grandes porciones de la ciudad junto al río habían desaparecido. No había rastro de la escuela de niñas situada en la antigua calle de Constitución y Jalisco (hoy a la altura de Jalisco y el cauce del Río). En esa área no quedaba piedra sobre piedra. Ni siquiera las casas de sillares habían permanecido en pie.



Ruinas en la Parte Norte del Río. Día 29 de Agosto
Ruinas del Puente San Luisito después de la Inundación. Lado Sur del Río.

Ruinas en el Lado Sur del Río
Estragos de la Inundación.


Cuando, por fin, los niveles de agua bajaron, se pudieron comenzar las labores de rescate mediante cables tendidos por los que se hacía cruzar a las víctimas.

El día 31 los periódicos señalaban:

Los gendarmes y demás agentes de seguridad continúan en la penosa y tétrica labor de extraer cadáveres. Se calcula que el número de estos últimos ascenderá a unos dos mil. De todos modos, como se cree que muchos cuerpos desaparecieron entre las arenas del río, se teme que nunca se sabrá exactamente cuántos han sido los muertos”. …Las aguas del río han comenzado a recogerse sobre su cauce, dejando al descubierto el cuadro de horror más espantoso que es dable contemplar a los ojos humanos. A medida que el agua se va retirando, quedan al descubierto ruinas y cadáveres, en los cuales se ha iniciado ya el estado de descomposición”.

El número de víctimas varía según las fuentes y según la fecha. Como es natural, mientras más tiempo pasaba, el cálculo de los muertos era más preciso y también mayor. Se llega a decir que fueron uno 7 mil en todo el Estado.

Salvamentos llegando al Barrio San Luisito 30 de Agosto

Continúan las Labores de Rescate y Salvamento en el Barrio San Luisito. 31 de Agosto. Imagen tomada en el mismo Barrio San Luisto. Los Niveles de agua han disminuido drásticamente.
La ayuda nacional e internacional no se dejó esperar. Se hicieron colectas o “Suscripciones” convocadas por el Banco Nacional de México, por periódicos, municipios y algunas localidades texanas, etc., para ayudar a los damnificados. El cónsul de USA en Monterrey Thomas Hanna pidió ayuda a Washington para las víctimas. Llegaron suministros y personal enviado por la Cruz Roja Internacional.  El gobierno federal de Don Porfirio Díaz envió 50 mil pesos. Fue una calamidad que llenó de luto al país y despertó la solidaridad de muchos.



Se Reunía y daba ayuda a los damnificados en los grandes edificios de la Ciudad. Uno de Ellos fue la Estación del Golfo.

Acabó aquel agosto de 1909 uno de los más trágicos de la historia de Monterrey, quizá el más terrible y siniestro. La noche del último día del mes fue oscura y colmada de aflicción. La luna llena en el cielo iluminaba el caudal, ahora estrecho y aparentemente inofensivo, del Río Santa Catarina.  

Primera Plana del Houston Post del 2 de Septiembre de 1909. Invitando a ayudar a los damnificados de la Inundación de Monterrey. Fuente: The Portal of Texas History

Fotografía tomada el 4 de Septiembre. Lado Norte del Río. En la ribera sur se aprecian dos de las pocas edificaciones que sobrevivieron a la inundación: El Puente San Luisito y el Salón de Bailes "El Valle Azul"

Fuentes de las fotografías: 

Engineering News Magazine 1909
Cement Age Magazine Jul-Dic. 1909;
The American Red Cross Bulletin 1909;

Mining and Scientific Press 1909




viernes, 8 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 6/8 (Jueves)

Jueves 26 de Agosto de 1909


Los habitantes de Monterrey se preparaban para una nueva jornada. Las mujeres que acostumbraban barrer las banquetas, aquél día no tuvieron necesidad de hacerlo. Había estado lloviendo por la noche y las calles estaban mojadas. La mañana, sin embargo era clara, aunque nublada. Hacia el mediodía, ya el cielo, encapotado, se tornó del color del plomo.  Empezó a chispear a intervalos continuos y, de vez en cuando, un viento del Este soplaba con ímpetu. Entre la gente del pueblo, pocos eran quienes sabían que aquel norte era parte de un ciclón que estaba azotando las costas del Golfo de México.


Barrio San Luisito, Fotografia de Lagrange c. 1895. Se puede apreciar el primitivo puente San Luisito de Madera.

La vida en la ciudad continuaba como siempre, con sus afanes diarios y sus preocupaciones normales. Los dueños de las tiendas afectadas por el incendio se empeñaban en superar el bache y las vicisitudes lo antes posible.

Estaban ya de regreso en Monterrey Don Roberto Bremer y Don Juan Reichmann de la Casa Bremer, y se ponían en contacto con el Arquitecto Giles, quien también se encontraba en la ciudad, para tratar sobre un nuevo edificio. El negocio no iba a sucumbir. Se hacía lo posible por habilitar los materiales recuperados del desastre y comercializarlos en su despacho provisional de la calle Zaragoza.  

Por su parte el Señor John. B. Sanford había ya partido de Birmingham en el primer Vapor que le fue dado encontrar. Le esperaba una larga travesía. Por lo menos una semana atravesando el Atlántico, haría su primera escala quizá en Nueva York o en algún otro puerto de los Estados Unidos. De allí viajaría en tren a Monterrey para negociar también con el Arquitecto Giles su nueva Casa Sanford. En tanto los empleados de la ferretería atendían a sus clientes en un depósito temporal en la misma calle de Padre Mier.

Los dependientes y empleados de La Reinera, bajo la dirección de sus gerentes, había devuelto a su primitivo orden las mercancías del establecimiento, en caos durante los días pasados. Los ingenieros habían recorrido el edificio y analizado sus desperfectos. En ese edificio, el fuego había dañado las cabezas de las vigas del piso superior y penetrando al cielo raso. Durante el incendio, para combatirlo, hubo necesidad de rasgar aquel cielo raso e impregnar de agua las vigas. Los empleados de ese comercio fueron los héroes en su defensa. A ellos se debió, según la prensa, su preservación. 

El edificio necesitaba reparaciones para corregir las averías. Y al instante comenzaron a remediarlas. Pronto estaría listo para dar nuevamente atención al público.  

Jasper T. Moses Today in the land of tomorrow 1907
Parecía que todo iba tomando nuevamente su curso normal. Lo único malo, aquel día, era la impertinente lluvia. Había dejado de ser interrumpida. Después de mediodía continuó cayendo sin descanso. Mesclada con ráfagas de viento.

Quienes más sufrían por este estado del tiempo, eran los vecinos del Barrio San Luisito. Sus casas de adobes empezaban a remojarse de mala manera y algún viento, para colmo, se colaba por las ventanas causando estragos y haciendo volar algunas láminas y paja de los techos. Era una situación, más que incómoda, alarmante. No todos los regiomontanos, especialmente aquella gente sencilla del barrio, estaban al tanto de las noticias de los periódicos. Allí se anunciaban las tormentas que iban apareciendo a lo largo de la costa del Golfo, el Huracán que estaba azotando el Atlántico y que había pasado por La Habana hacía algunos días y los estragos en el Caribe. La Florida y Nueva Orleans habían estado también en alerta. La verdad era, que uno de los huracanes más letales  de todos los tiempos, se dirigía a paso firme rumbo al Noreste Mexicano. Durante aquella semana había abatido Santo Domingo y Haití, Cuba, la Península de Yucatán y estaba ya azotando las costas de Tamaulipas.

Aquel jueves 26, los diarios mexicanos avisaban de tormentas y altas mareas en Veracruz y Tamaulipas. Pero el ciclón ya estaba haciendo estragos en las costas mexicanas y su sistema llenaba de tempestades el noreste Mexicano. Destruía a su paso los faros marinos, casas y comunicaciones telegráficas. Ante el caos de aquel ataque de la naturaleza, era difícil que los vecinos de Monterrey estuvieran al tanto de la tragedia que se les echaba encima. Hicieron lo mejor que pudieron para resguardarse de la lluvia constante e imploraron al cielo para que pasara pronto el temporal. En el Barrio San Luisito alguna mujer humilde encendió la vela pascual en el pequeño altarcito de Santos, adosado en una cruda pared de barro. Era la vela del domingo de Resurrección que había traído de la basílica del Roble el último día de la Semana Santa. Rezaba un Ave María a la Virgen para que alejase la tormenta. Su sencillez era casi tan inmensa como el misterio de la Voluntad de Dios.

En Monterrey, aquella noche, sólo los niños pequeños durmieron en paz.


Puente, diseño de Alfred Giles sobre el Río Santa Catarina y Barrio San Luisito (Hoy Colonia Independencia) c. 1909
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