miércoles, 21 de septiembre de 2011

A los Héroes de la Batalla de Monterrey 1846

Es imposible estar “en las botas” de los soldados de cualquier batalla, menos aún en una de hace 165 años. Cada bando tiene sus razones y “justificaciones” para hacer la guerra, pero los soldados de a pié son la carne de cañón. Antes y ahora. La historia se repite, prevalece el más fuerte. Pero para quienes conocemos la geografía urbana de Monterrey es fácil imaginarnos metidos en medio de los disparos, cañones y bayonetas de la batalla del 21-24 de Septiembre de 1846 entre los ejércitos de Estados Unidos y México.  Ya los americanos habían tomado el Obispado y bajaban del cerro por las actuales calles de Hidalgo y Padre Mier. Así describe parte de aquella batalla un soldado americano que la vivió de cerca[1]:

"Finalmente se dio la señal y con un rugido de bestias salvajes, los dos comandos se lanzaron cerro abajo y entraron a la ciudad. Nuestra columna penetró hasta la Plazuela de la Carne[2] y nos encontramos en un avispero. Cada casa era un fuerte que expulsaba un huracán de balas. Los techos planos protegidos con barricadas de sacos de arena estaban cubiertos de soldados que podían verter un fuego destructivo quedando ellos a salvo. Las ventanas con rejas de hierro vomitaban fuego y muerte. Continuamos corriendo, enloquecidos incapaces de seguir a nuestros enemigos ocultos, alcanzamos una plaza grande, “Plaza de la Capilla”[3] ¡con artillería de metralla sobre nosotros!...


Nos ocultamos bajo la protección de las paredes de la iglesia y pudimos escuchar la explosión de armas de fuego y disparos sobre la calle a nuestra diestra dándonos a entender la resistencia con la que se había topado nuestra otra columna. Los cirujanos que nos acompañaban se hicieron cargo de nuestros heridos, los de los mexicanos eran dispuestos con tranquilidad por aquellos colegas humanitarios, los rangers de Texas.

Reorganizándonos nos lanzamos alrededor de la iglesia y encontramos barricadas en las calles y el mismo fuego infernal fue vertido nuevamente sobre nosotros. Apurábamos el trabajo de defensa y los gritos salvajes llenaban la calle, los hombres caían a cada instante. Hacían falta salamandras[4] para aguantar el fuego que nos chamuscaba a cada paso. Nuestra carrera se transformó en caminata y nuestra caminata en una búsqueda general de refugio dentro de las puertas y pasajes. Me quedé unido a Walker, quien había ganado mi estima juvenil al dirigirme agradables y animosas palabras en el terrible ataque de la Loma de la Independencia[5]. Una docena de nosotros con el coronel Walker estábamos pegados a una puerta herméticamente cerrada, cuando se disparó un proyectil atravesándola desde dentro. Cayeron tres de los nuestros. Por orden del coronel, dos hombres con hachas talaron el fuerte tablón de roble. Se disparó otro proyectil al mismo tiempo que uno de los hombres soltó el hacha con un insulto, una bala le había roto el hueso del brazo. Walker ocupó su lugar y pronto la barrera cedió y nos apresuramos a entrar. Como ocho o diez hombres de aspecto rudo trataban de escapar por la parte trasera, pero fueron interceptados por un hombre. No se dio cuartel. En el cuarto trasero encontramos a varias mujeres y niños a quienes no molestamos. Nos arrojaron picos y palas así como algunas bombas de seis libras. Se forzó una casa en el otro lado de la calle y nuestros hombres pronto se pusieron a salvo. 
Nuestra avanzada era ahora sistematizada. Un grupo compuesto por los mejores tiradores en el techo y así de igual a igual, se renovaba la lucha.  El resto hacía huecos por las divisiones de sillar que fraccionaban las cuadras en casas, entonces una bomba liviana era lanzada al interior, seguida por una explosión, y así nos apurábamos y generalmente dejábamos de dos a seis greasers[6] muertos. Encontrábamos bastantes comestibles y vino en grandes cantidades y también una casa que era una pulquería o licorería. Para evitar que nos emborracháramos, el licor fue reportado como envenenado, aunque no nos dimos por vencidos de ese modo. Hacíamos que un greaser tomara de cada tipo de licor sin dañino efecto aparente, beberíamos mientras que el “catador” sería despachado por un golpe de sable. Cuando los mexicanos eran pocos usábamos un artillero escocés cuyo conocimiento de nuestro lenguaje era imperfecto ¡sabiendo que él no entendía por qué le ofrecíamos a él primero de beber! y porqué veíamos su reacción con tanta ansiedad. Pero el único efecto que aparecía era que el escocés caía muerto de borracho y el glorioso así-así.

¡Qué terrible es la guerra! Aquí estaba esta hermosa ciudad de unos 20 mil habitantes, con las mujeres más hermosas del mundo, a merced de una banda de indisciplinados, borrachos y enfurecidos atacantes…."

Diversas tropas mexicanas 1846 Irregulaire Mexicanishe Truppen.
 Fuente: New York Public Library Digital Gallery



[1] CHAMBERLAIN, Samuel My Confession
[2] Hoy esquina de Juárez y Morelos
[3] Antigua Iglesia de la Purísima.
[4] Un ser mítico capaz de vivir en el fuego.
[5] Loma Larga
[6] Término despectivo que usaban los norteamericanos para referirse a los mexicanos.


sábado, 17 de septiembre de 2011

My Confession, Sam Chamberlain

Samuel Chamberlain from Wikipedia
Samuel Emery Chamberlain, nació en New Hampshire el 28 de noviembre de 1829 y se trasladó a Boston a los 7 años. Se enroló en el ejército norteamericano a los 17 años y peleó en la guerra con México. Fue un soldado con alma de artista, romántico, educado, soñador y con mucha chispa al expresarse. Testigo de la guerra y ocupación del ejército norteamericano en suelo mexicano. Protagonista él mismo de las refriegas, las marchas, asaltos, desvelos y fuegos cruzados. Soldado, pero con ventajas sobre sus camaradas: inteligencia, carisma y la habilidad para registrar los acontecimientos con la pluma y el pincel. Ese era él. De regreso a su país continuó su vida normal de ciudadano honorable con un puesto en la oficina pública, formó una familia y llegó a ser teniente honorario primero[1] general en el Ejército de la Unión, al finalizar la Guerra Civil Norteamericana.  Sam nunca olvidó sus “aventuras” en la guerra contra México. Los quince últimos años de su vida se empeñó en redactar una autobiografía que tituló “My Confession”. Es básicamente su vida de soldado durante aquella guerra. En ella redacta e ilustra con sus propias acuarelas, cuatro cuadernos llenos de anécdotas melodramáticas que quizá no se apeguen siempre a una realidad científicamente comprobable. Sin embargo, William H. Goetzmann, quizá quien más haya analizado y estudiado a éste personaje y su obra, ha probado con su ardua investigación, que la mayoría de los hechos relatados por Chamberlain son verídicos. Esos cuadernos permanecieron “ocultos” bajo el resguardo de la familia Chamberlain por casi 100 años y de ellos sobrevivió solo uno. En los años 1940´s ese documento apareció en una tienda de antigüedades y fue comprado por un coleccionista privado quien lo vendió a la revista LIFE en 1956. Después de su publicación como artículo en tres partes por la revista LIFE[2] y como libro por Harper and Brothers[3]  en el otoño de aquel año, el manuscrito original y todas sus pinturas fueron obsequiados por la editorial de la revista al Museo de la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point y desde ese momento pasaron a ser propiedad de la Nación. Yo sólo traduzco, lo mejor que puedo, el relato del soldado, porque creo que semejante narración e imágenes son un tesoro. De él dice Goetzmann[4] que es “quizá la mejor relación escrita de las aventuras e infortunios de un soldado de la guerra mexicana”.

La introducción al artículo de LIFE dice que “Sam Chamberlain, cargaba un libro de apuntes con él durante la guerra. Cuando se sentaba para escribir su libro privado lo embellecía con ilustraciones de sus propios dibujos de brillante colorido y llenos de acción. También adornó las páginas de sus textos escritos con iniciales coloreadas y encabezados, viñetas de pluma y tinta y escritos preciosamente trabajados, a la manera como un monje medieval  trabajaría sobre un manuscrito elaborado”. Los dibujos y relatos particularmente de la Batalla de Monterrey no aparecen en la edición de LIFE  y sí, en la página de internet dedicada a este artista soldado. La página está a cargo del Dr. William H. Goetzmann, premio Pulizer de historia y de Jack S. Blanton, Sr. de la cátedra de Historia y Estudios Americanos en la Universidad de Austin Texas. Son de igual interés aunque se sepa que Chamberlain no participó en dicha batalla y por ello también los incluyo en el documento.


Este año Monterrey se dispone a celebrar con eventos especiales y la colocación de la primera piedra de una plaza histórica en Honor A los Héroes de la Batalla de Monterrey 1846. Desde lejos me hago solidario al trabajo de los Amigos de la Batalla de Monterrey, por recuperar la memoria histórica de este evento y lo único que se me ocurre es compartir esta traducción y recopilación de los dibujos de Sam Chamberlain para quien pudiera estar interesado. Como el autor del relato ha muerto hace mucho tiempo y los cuadernos son patrimonio de los Estados Unidos, creo no violar sus derechos al traducirlo, pero no estoy tan seguro con las imágenes, cuyo copyright ignoro. Por eso no subo el trabajo aquí, si están interesados en una copia "amistosa", formato PDF: 125 páginas con 109 ilustraciones, gratis y sin fines de lucro, pueden contactarme a mi correo electrónico eliasjorge4@yahoo.com  

Jorge H. Elías


[1] El término en inglés es Brevet
[2] The romantic memoires of a Soldier artist. Artículo en tres partes publicado por la revista LIFE el 23, 30 de julio y 6 de agosto de 1954.
[3] CHAMBERLAIN, Samuel E. My Confession, Harper and Brothers 1956.


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domingo, 11 de septiembre de 2011

Monterrey is Ours

H. Mansfield, 1848 John Foster's The Mexican War The Bishop's Palace.
Septiembre es el mes de la patria. Un eslogan bastante trillado, pero así es para los mexicanos. Una noche de septiembre comenzó el movimiento de independencia mexicana del reino español y años después la logró con el esfuerzo y valor de muchos mexicanos patriotas. 

Era también septiembre cuando los Norteamericanos invadieron nuestra querida ciudad de Monterrey, que se encontraba festejando su independencia y fortificando sus bases militares para hacerle frente al ejército americano. La batalla duró 4 días desde el 21 hasta el 24 de septiembre de 1846 y el día 24, un oficial norteamericano, el teniente Napoleon Jackson Tecumseh Dana, escribió una carta a su amada esposa. En ella afirmó "Monterrey is ours" (Monterrey es Nuestro) y así lo fue por los dos años siguientes hasta 1848, año en que terminó la intervención americana en México con el resultado muy conocido de la pérdida de la mitad del territorio nacional. 
Este año, gracias al esfuerzo de un grupo de mexicanos patriotas, los "Amigos de la Batalla de Monterrey", en la ciudad se celebrará el 165º aniversario de la Batalla de Monterrey y se recordará a los soldados caídos en la guerra, a la vez que se planea la construcción de una plaza conmemorativa en Santa Lucía. Pero todo eso se puede leer mejor en el Blogg de Pablo Ramos. Yo aquí solo coloco la carta del teniente Dana a falta de documentos mexicanos. La traduzco sabiendo que traducir es traicionar y no coloco el original en inglés porque se puede encontrar en linea en el libro Monterrey is ours!: the Mexican war letters of Lieutenant Dana, 1845-1847 By Napoleon Jackson Tecumseh Dana

La carta es muy emotiva, creo yo, fechada el día 24 apenas terminada la tenaz batalla. Dice así:


Septiembre 24 1846,
Monterrey es nuestro.

photo of Napoleon Jackson Tecumseh Dana (1822-...Napoleon Jackson Tecumseh Dana Imagen via Wikipedia

Apenas puedo describirte con mi pluma cuántas dificultades, peligros y trabajos hemos pasado para conquistarlo. Hemos luchado muy, muy duro por cuatro días. El lugar es un segundo West Point en fortaleza y los mexicanos lo han defendido hasta el final, pero nosotros los hemos combatido muy fuertemente y ellos al final se han visto obligados a darse por vencidos y a capitular. Hemos conquistado todas sus bases mediante el ataque excepto dos, y los hemos hecho retraerse hacia ellas con todas nuestras armas mortales apuntando a sus rostros. Los hemos reducido al extremo que aceptarán cualquier término. El mismo Ampudia está muerto de miedo. Se han aceptado ya los artículos de la capitulación. El General Taylor les permitió que su ejército marchara fuera de la ciudad con los honores de guerra, cargando sus mosquetes, espadas, equipaje personal y seis piezas de artillería. Todo lo demás se nos entregó. En el ataque les arrebatamos grandes cantidades de municiones y trece cañones.

Pero nuestra lucha ha sido dura y sangrienta. En la Primera División, la muerte se extendió con horrenda libertad, pero fue su última pelea. Están arruinados, y envían comisionados en busca de un tratado de paz. Tan pronto como tenga oportunidad te lo contaré todo. Ahora estoy sediento, exhausto, con las manos vacías y no he tenido siquiera un capote sobre el cual recostarme por varias noches. Hasta que no tengas noticias mías despreocúpate del todo, querida. El peligro ya pasó.
Nuestros muertos y heridos no pueden ser precisados con seguridad. El Capitán Lewis Morris, Barbour, Field y el Teniente Irwin. Tercero de Infantería y el Capitán McKavett, Octavo de Infantería, El Coronel Watson de los Voluntarios de Baltimore se encuentran entre los muertos. Todos son casados, el Capitán Scott, Primero de Infantería, también. El Capitán LaMotte está muerto o mal herido, no lo sé, el Mayor Lear y el Teniente Richard Graham están heridos de muerte. Muchos oficiales están heridos, entre ellos Gatlin y Porter, ninguno de ellos de gravedad. Entiendo que el General Butler se encuentra herído también, así como el Mayor Mansfield y el Capitán Williams de los ingenieros, entre otros.
Pero todo está ahora bien. Gracias a Dios, a nuestro favor. Estate tranquila, querida Sue, y hasta que te pueda escribir de nuevo, quédate completamente tranquila.

Hoy que los Estados Unidos recuerdan los atentados del 11 de Septiembre, creo que es bueno recordar también que la violencia nunca tiene justificación y que las guerras entre naciones siempre son movidas por el egoísmo de una élite poderosa y corrupta.


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