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sábado, 14 de octubre de 2017

La Bella de Monterrey

La Bella de Monterrey


En el capítulo IX de la Novela Histórica “Humbled Pride a Story of the Mexican War” de John R. Musick (1893) aparece la narración de algunos hechos ocurridos en Monterrey justamente unos días antes de la Batalla entre los ejércitos mexicano y norteamericano del  21 al 23 de septiembre de 1846.

El capítulo se titula “La belle of Monterey” y no es difícil adivinar su tema: una hermosa Señorita Mexicana, con grandes dotes, inteligencia y virtud.  Todo mundo en Monterrey, nacional o extranjero sentía admiración por ella.   “De la mejor sangre azul de la Vieja Castilla”, Madelina Estevan,  era descendiente de nobles españoles que anclaron en Cuba en el Siglo XVI.  Y como ocurrió con casi todas las familias de los conquistadores de América, los Estevan, con el tiempo, se ramificaron por el continente. Algunos de sus miembros vinieron a México; otros, partieron hacia Las Colonias de Norteamérica y, éstos últimos, a la postre, cambiaron su  apellido  a Stevens.  Una profecía formulada en la novela, es que ambas familias (que al final era una sola) se volverían a unir con el matrimonio de dos de sus descendientes, naturalmente uno de cada una de sus 2 ramas principales.   Estos dos descendientes serían, la Señorita Madelina Estevan y el Capitán Arthur Stevens,  a quienes unió el sino de la guerra. 

El novelista norteamericano narra una historia donde las tropas mexicanas se muestran un tanto arrogantes y pagadas de sí mismas y los “barbáricos norteamericanos” en el fondo, no son tan salvajes como los mexicanos piensan.  A pesar de todo, la narración refleja, creo yo, un cierto sentido de culpa por los excesos a que llegaron los americanos.  En la introducción el mismo autor expresa: 

“… si hay algo en una guerra que pudiese ser llamado ética, en la guerra contra México, la nación americana tiene poco de lo que un país pudiera sentirse orgulloso.

En esta historia hay más novela que realidad, pero no dejan de ser interesantes las descripciones de lugares, hechos y personas de aquel preciso momento en la vida de Monterrey.

La guerra se cierne en el noreste de México, las tropas norteamericanas se acercan a Monterrey y los regiomontanos se preparan para el ataque. Pero la vida social de la ciudad continúa y el Alcalde ofrece, la noche del 6 de septiembre, un gran baile en su propia residencia para la alta sociedad y los principales comandantes que en ella se encontraban a la espera del enemigo.

"Si los movimientos de las demás eran elegantes, los de ella eran música en movimiento"
La imagen describe a Madelina Estevan (La Bella de Monterrey) bailiando con el General Ampudia

Estaba  en el baile el General en Jefe del Ejército del Norte Don Pedro Ampudia.
Por supuesto la señorita Estevan - relata el autor de la novela - era una de las invitadas. Era conocida como la “Bella de Monterrey”. Su nombre estaba en boca de todos y una veintena de jóvenes oficiales mexicanos habían tratado de enamorarla desde que había llegado a Monterrey; de tal forma, que no podía aparecer en su balcón sin que fuese importunada por alguno de ellos.

Fueron solo las serias invitaciones del General Ampudia y del Alcalde Mayor por las que ella consintió en asistir al baile.
El General Ampudia solicitó a Madelina el honor de ser su compañera en el primer “Valse de Spachio”. La escena era brillante, con alegres uniformes, ondeantes plumas y elegantes vestidos. La concurrencia de aquella noche era notable. Había muchos generales, congresistas y senadores, miradas alegres y muchas bellezas como Madelina de la mejor sangre azul de la vieja Castilla". 

Y la señorita aceptó la propuesta del general. 


“En aquel elegante baile, Madelina, mientras se acercaba al valeroso General perfectamente uniformado, era la atracción de todos los ojos. Bajo los brillantes candelabros, su belleza destacaba con claridad para todos. Era una belleza que parecía iluminar todo el salón con un esplendor mayor al de la realeza”.


Antes de que terminara el baile, media docena de soldados cubiertos de polvo llegaron trayendo la noticia de que el ejército norteamericano se dirigía a Monterrey.

“La bella de Monterrey” y las personas más vulnerables, mujeres ancianos y niños, debieron salir huyendo de los peligros de la guerra.

 “Una cosa tras otra retardaron la partida de Madeliana. Durante la mañana del 19 [de Septiembre], finalmente se hallaba abordando su carruaje, cuando el boom de un cañón le advirtió que los americanos habían llegado. Su hermano [El Capitán Felipe Estevan] la apremió para que hiciera un esfuerzo y escapara a pesar de las circunstancias, pues sabía que por las calles de Monterrey pronto correría la sangre. Con un grupo de sirvientes y escolta a caballo, Madelina emprendió la huida.
Felipe la siguió, determinado a verla fuera de peligro, a riesgo aún de su propia vida.
El carruaje salió por el camino hacia Saltillo y pasó esos dos formidables picos que en ese momento estaban fortificados, con la esperanza de hallarse más allá del alcance de las tropas norteamericanas, cuando de repente se toparon con un grupo de soldados americanos.  Sus chaquetas azules, altos sombreros con adornos de penachos y relucientes bayonetas eran aterradoras señales para los peones, que estaban a punto de huir y dejar a su merced dama y carruaje.
- “¡Alto! ¡Os juro que mato a quien intente huir!"
Gritó el Capitán Felipe, quien cabalgaba sobre su poderoso corcel blanco detrás del carro de su hermana.
- “Quedaos donde están. Os juro. por todos los santos del calendario, que os cortaré la cabeza”.

Los temerosos peones temblaban espantados, pero no se atrevieron a desobedecer. El Capitán Estevan galopó hacia los americanos, sosteniendo en alto un pañuelo blanco, y dijo en inglés:
- “¿Cuál es vuestro comandante? Quiero ver a vuestro oficial”.
Resonó un voz:
- “Soy Yo,”
Y para sorpresa de Felipe se le acercó el mismo juvenil capitán a quien él había rescatado de las lanzas de los Comanches.”  [Se trataba (por obra y gracia de lo novelesco de este relato) del Capitán Arthur Stevens].
- “Os reconozco, Señor, nos hemos encontrado antes” - dijo Felipe.
- “Sí, señor. Os debo la vida”.
- “Tengo que pediros un favor”.
- “¿De qué se trata? Si está en mi poder, os lo concederé”
- “Mi hermana está en el carruaje tratando de escapar de Monterrey, en el que pronto correrá la sangre. ¿Enviaríais una escolta para resguardarla hasta que se encuentre más allá de vuestras líneas de ataque y os aseguraríais de que no fuese lastimada?

- “Juro que lo haré, capitán, y os prometo, por mi honor como soldado, que será tan bien cuidada, como si fuese de mi propia familia. ¿Es eso todo?”
- “Sí, con la salvedad de que se me permita regresar a Monterrey”.
- “Por supuesto”.
El Capitán Estevan cabalgó de regreso al carruaje y, deteniéndose en la ventana del cercano vehículo, dijo:
- “Hermana, él es un amigo. El señor Americano te custodiará para que no te lastimen. Confía en él”. Y galopó de regreso a Monterrey.
A los peones se les ordenó seguir. El Capitán Stevens destinó 20 hombres bajo el mando del Teniente George Short, para escoltar a la señorita y sus sirvientes más allá de la línea de ataque extranjera. Al pasar junto al oficial americano, él,  galantemente se quitó el sombrero,  y ella vio que este “barbárico norteño” era buen mozo, gentil y sin duda valiente.
El carruaje de la señorita fue escoltado y llegó hasta una cima distante cinco millas, en donde se hallaba una hacienda grande desde la cual se podía contemplar a Monterrey.
Allí se detuvo y con unos catalejos observó los acontecimientos que siguieron. […]
Con sus lentes, Madelina vio la bandera mexicana descender y ocupar su lugar la de las rayas y las estrellas del enemigo norteño.” 

¡Cayó  la Ciudad!
La Batalla de Monterrey barrió con ella.
"El rugido de los cañones, el silbido de las balas, el disparo de las bombas de fuego y los mugidos de los aterrorizados bueyes, causaban una terrible estridencia!.  
Escena de un enfrentamiento durante la Guerra ( En Resaca de la Palma)

Algún tiempo después, mientras se sucedían las contiendas militares en Veracruz, Chapultepec, etc., el Capitán Stevens volvió a buscar y a encontrarse con la Señorita Madelina Estevan en Puebla (ciudad donde ella vivía). No hay mucho más que agregar… La novela dice que, una vez terminada la guerra, Madelina y Arthur contrajeron matrimonio y partieron a Kentucky,  patria  del  Capitán Stevens. Y suponemos que, como en la mayoría de las historias de amor “Vivieron felices para siempre”.


"Ella arrancó una rosa blanca"
Reencuentro de la Bella y el Capitán en Puebla

miércoles, 16 de marzo de 2016

Las Hermanas de Monterrey

Las Hermanas de Monterrey



Cuenta la leyenda[1], que durante la invasión norteamericana a Monterrey, (21-24 de Septiembre de 1846) dos muchachas de la ciudad, como muchas otras mujeres y niños, se quedaron escondidas en algún sótano o habitación oscura de su casa. Temerosas y asustadas, lloraban y se estremecían al oír las detonaciones de bombas y disparos de la batalla. La habitación estaba impregnada del pestífero olor a pólvora y el aire,  espeso de muerte, era intolerable. En un abrazo mutuo, las dos hermanas, esperaban con gran angustia el fin de aquella pesadilla. Se llamaban Ximena y Teresa.

El padre de las muchachas, de unos 60 años, era un hombre de tez morena y arrugada por el implacable sol regiomontano. El hermano, de 19, era ya también un hombre valiente. Ambos cabalgaron la mañana del 21 de Septiembre, hacia sus puestos de guerra, a donde el deber y el amor a la patria los llamaba a combatir al invasor: el ejército norteamericano, al acecho en aquel momento, en torno a los manantiales de El Nogalar.

Desde que su padre partió en compañía de su hermano, las doncellas no tuvieron reposo. Nadie en la ciudad lo tuvo. No hubo descanso, ni sosiego.  En la ciudad nadie durmió, sólo la muerte.

El miedo de las dos hermanas iba en aumento, al igual que el sonido de las detonaciones y el bullicio de la guerra. 

Los americanos fueron apoderándose de las trincheras y avanzaron hasta la plaza de armas. Junto a aquella plaza estaba la casa de las muchachas. Al atardecer del día 23, por una pequeña ventana que daba hacia una de las calles, Ximena ve a su padre avanzando rápidamente hasta su hogar. La muchacha grita: 

 “Son  ellos, son ellos…

y ambas se apresuran hacia la puerta. Pero antes de que logreasen alcanzarla, escucharon un fuerte estruendo y la puerta de la casa se desplomó ante ellas. Tras la puerta, el padre cae al piso, la cara cubierta de negra sangre.  El dolor de sus hijas era inmenso. Gritan sin consuelo

 “Padre, padre” 

y no logran decir más nada. Elevan la mirada al cielo y no ven, sino la terrible silueta  de un soldado americano, su espada aún cubierta de la sangre de aquel hombre a quienes las  hermosas jóvenes llamaban Padre.

Aquel  soldado, sin conocer el idioma español, comprende perfectamente la escena.  Trata de excusarse, pero no puede. Nunca imaginó que iba a matar a un hombre en el mismo portal de su casa delante de sus hijas. Él era un asesino y los ojos de aquellas hermosas niñas lo definían con exactitud. No pudo articular palabra y en cuanto pudo, se apartó de aquella insoportable escena. Este soldado, de nombre Harry, tenía también un padre y dos hermanas, a quienes había dejado tranquilamente en su natal Pennsylvania. Pensando en ellos se dispuso a huir de la mirada de sus víctimas. Encontró muy cerca una escalera que se dirigía a la azotea. En el borde de la azotea hay una especie de almena que le sirvió de resguardo. 

La escena allí abajo era a la vez sublime y horrible. El techo, ofrecía una vista libre de la Plaza de la Ciudad y todas las avenidas que a ella convergen. Y él estaba allí, observando, desde lo alto, la última Batalla de Monterrey.

Imaginen la primitiva Plaza Zaragoza, amurallada por las casas de un piso ceñidas con almenas. En ella una densa multitud de soldados enfurecidos, medio desnudos, apenas si se distinguen sus caras bajo las manchas de pólvora y sangre. Gritan, vociferan, dan vueltas como las ráfagas de un tornado. Desde cada muralla, repleta de mexicanos frenéticos, manan descargas de tiros, dando muerte a amigos y enemigos. Abajo, bayoneta contra bayoneta, cuchillo contra cuchillo, sobre un pavimento resbaloso por la sangre derramada, mexicanos y norteamericanos ejecutando la danza de la muerte.

Monterrey, fragmento mostrando la Plaza de Armas o Plaza Zaragoza. por D. P. Whiting 1846

Después cayó la noche con sus horribles sombras y, con ella, la pelea se volvió más aterradora aún. Pero la oscuridad también anunciaba el fin de aquel combate.  El soldado bajó la escalera de regreso a la sala donde había dejado a las jóvenes hermanas con su moribundo padre. La oscuridad le impedía ver cualquier cosa. Agudizaba él sus oídos para escuchar algún murmuro, cualquier cosa, pero nada. Las pupilas iban acostumbrándose a la oscuridad y poco a poco lograron percibir una escena terrible: tres cuerpos yaciendo uno junto a los otros.  ¡Muerte es sinónimo de guerra!

El hermano de las muchachas debió haber llegado sano  y salvo a su casa y en el momento de consolar a su hermana Teresa, ahora huérfana, lo alcanzó un proyectil que acabó con su vida. Ambos corrieron la misma suerte. A ella también la alcanzó una bala mortal. Sus cuerpos sin vida yacían abrazados y en sus rostros se dibujaba un simulacro de sonrisa. Ahora dormían el sueño eterno.  De la otra hermana, Ximena, no había rastro.  ¿Qué habría sido de ella?

Aquella fue una noche de lamentos y llantos. Noche de tristeza y angustia.  Al día siguiente los generales capitularon la Batalla. La bandera norteamericana ondeó entonces en los edificios emblemáticos de la Ciudad. La guerra en México continuó su curso. Algunas escuadras de soldados permanecieron en la ciudad por los siguientes dos años, otras avanzaron hacia Saltillo continuando la hasta llegar a la capital de la República. Harry regresó a su natal Pennsylvania donde lo esperaban su padre y hermanas.

Era el día de Navidad.  Lo recibieron, como era de esperar, con llantos de alegría. 

Él se dirigió entonces a su anciano padre diciéndole: 

– Cuando partí para México,  le dije que regresaría con un Trofeo de la Guerra. ¡Ese trofeo está aquí!”  

Y Harry mostró su trofeo: una hermosa muchacha, de linda figura, cuyo rostro de clara tez morena, cabello negro azabache y ojos deslumbrantes, resplandecieron en la luz, enmarcados por una ceñida capucha. Ella besó la mano del anciano y las muchachas la recibieron con besos y le sacudieron la nieve del vestido.  

– Es una larga historia, padre” – murmuró  el soldado con una voz entrecortada por la emoción – “Pero vi morir a su padre, su hermano y hermana, juntos, en el suelo de su hogar, en Monterrey. Ella se quedó sin amigos... 

y yo maté …” Interrumpió abruptamente la frase, y desvió el rostro. … 

– No se lo puedo contar ahora, padre. Pero ella es una mujer auténtica, quien me cuidó en la enfermedad, y me siguió desde su tierra de nardos y flores, hasta ésta de nieve e invierno. ¡Ella es mi esposa! ¡Su hija, padre! ¡Vuestra hermana, hermanas! Sed amables con ella, porque ha sufrido demasiado, merece todo el amor de vuestros corazones!"

El anciano y las hermanas, en aquel preciso instante,  recibieron aquella flor en sus corazones y, desde ese momento creció en ellos. 

El soldado miró con una serena emoción a su esposa Ximena, su hermoso trofeo de guerra.



Joven G. Lippard  (Wikipedia)
[1] Este relato, más que una leyenda, es parte de una novela de 1847. Su autor, George Lippard, (Abril 10, 1822 – Febrero 9, 1854) la incluye en su libro: “Legends of Mexico”. En él se describen varias anécdotas de la guerra entre México y Estados Unidos. Aunque ficticias, es probable, que algún elemento de verdad se encuentre entre sus líneas, quizá de relatos que Lippard pudo haber obtenido de soldados que regresaban de México. Lo más interesante en ellas es el enfoque que hace el novelista. Es, a mi juicio, un intento de justificación de los horrores de la guerra. Una forma de expresar que no todo fue violación y abuso. Estas leyendas son, me parece, un esfuerzo,  de su autor, por hacer público un relato opuesto al de los abusos por parte de los Rangers de Texas o al de la Masacre en Agua Nueva por parte del regimiento de Arkansas el día de Navidad de 1846, al que hace referencia S. Chamberlain y probablemente tuvo suficiente resonancia en ambos países. 

martes, 30 de octubre de 2012

Buena Vista, Ecos de la Guerra III


El Perico

Otro tema musical mexicano del s XIX es: El Perico. Lo gracioso de este perico (siendo perico debía sin duda tener algo gracioso),  es que cuando la melodía llegó a los a Estados Unidos a través quizá de algún miembro de la banda de música, un soldado, voluntario (como se indica en una entrada anterior) u otro, imposible saberlo,  un músico alemán, Charles Grobe (1817- 1897),  que había llegado desde joven a Baltimore y era maestro de música en el colegio para mujeres de Delaware, integró nuestro perico en una obra más extensa con el título “Veni,  Vidi, Vici  La Batalla de Buena Vista. Una Fantasía descriptiva para el Piano. Compuesta y con gran respeto dedicada al Gen. Z Taylor. El héroe que nunca perdió una Batalla por Ch. Grobe. Opus 101”[1]

A mediados del siglo XIX, en Estados Unidos se estaba popularizando el uso del piano.  Los americanos amaban este instrumento por ser un elemento de esparcimiento y un signo de afluencia económica y estatus social para la familia que podía adquirirlo. Sólo en 1851 se construyeron y vendieron unos 9 mil pianos y aproximadamente 21 mil en 1860. Es decir un piano por cada 1300 americanos[2]. El furor por los pianos estuvo unido a la demanda de partituras y álbumes de piezas musicales. Aparecieron muchos músicos y compositores para responder a tal demanda, pero la calidad no estuvo generalmente a la par  de la cantidad. Charles Grobe supo aprovechar esta coyuntura y compuso 1348[3] piezas musicales a lo largo de su carrera musical. Se dice que es el compositor más prolífico de su época. 

En lo que respecta a la pieza de la Batalla de Buena Vista de Grobe, según  Robert Stevenson: “fue una más dentro de la larga procesión de costosas  batallas  editadas  por  Willig… Lo  que  era  incuestionablemente  nuevo  en  la  edición  de  13  páginas  de  la Buena  Vista,  de  Grobe, era  la  marcha  mexicana  de  la  página  4”, [4] es decir “El Perico”. 

Yo creo que Grobe supo integrar esta melodía en la obra completa como un toque autóctono de una remota batalla. Sin embargo, la ejecución al piano no transmite las penurias y atrocidades que puede haber en una guerra. Baltimore está muy lejos del peligro, el autor no vive la guerra. Compuso una obra para que la tocaran sus alumnas en el colegio de música. De cualquier manera, la pieza musical no deja de ser un documento histórico valioso. El autor coloca sobre cada tramo de la obra una descripción de lo que la música quisiera transmitir, de tal manera que comienza con el levantamiento del campamento de Agua Nueva por parte del Gen Taylor y su búsqueda de una posición segura en Buena Vista, para después dar paso a la aparición del ejército mexicano tocando “su marcha favorita: Perico”.  La pieza continúa describiendo los movimientos, estrategias, etc., de la batalla, con su respectiva marcha fúnebre por los caídos y la mención de honor de los héroes, con que termina la pieza[5].

¿Pero qué hace un alegre perico metido en el fuego cruzado de la batalla de Buena Vista?

Esta melodía insertada  en la obra como una marcha me parece sea, más que una marcha militar, una canción popular o una melodía folklórica del pueblo mexicano, un “jarabe”. En este género los aires más conocidos a finales del siglo XIX eran: “el Palomo, el Atole, los  Enanos, el Perico y la Diana”[6] Juan Cordero, en su obra La Música Razonada (1897), escribe: “Cada uno de esos aires tiene en sus movimientos un  carácter imitativo. Durante el Palomo el varón y la hembra, que forman la única pareja remedando á las palomas, se acercan y retiran alternativamente las cabezas como para unir los picos, y describiendo en su marcha una circunferencia, parecen buscarse y huirse á la vez; durante el Atole, mientras los circunstantes cantan la copla, la pareja ejecuta un zapateado en movimiento moderato; durante El Perico, los bailadores intentan alternativamente con cada uno de los pies una marcha que llegan á desarrollar, luego con los pies, marcan un stacatto alusivo sobre las palabras: "Pica, pica, pica, perico" La Diana se ejecuta por los bailadores con un zapateado sostenido de movimiento rapidísimo”.

Si los ejércitos de Santa Anna hacían acto de presentación tocando su canción favorita “El perico” y el subconsciente de los paisanos compatriotas tarareaba “pica, pica, pica, perico” no es difícil darse cuenta por qué nos fue tan mal en la susodicha guerra. En fin, ya no hay vuelta atrás.

De la melodía integrada como parte de una obra mayor tengo dos versiones:

1.    La de Charles Grobe en su “Batalla de Buena Vista“. La pieza comienza en Sol mayor y en 4/4. Una vez que termina la primera parte  correspondiente a la actuación del Gen. Taylor y el ejército norteamericano, aparece la melodía mexicana en Do Mayor y  en 6/8 con un volumen muy bajo (así lo indica la pieza: piano). El volumen de la melodía parece ir en aumento “primero  con  un  bajo de  Alberti,  luego  con  acordes  galopantes  marcados  crescendo,  para  seguir el  avance  de  la  banda  mexicana[7]  Esta Versión la elaboré yo con la ayuda de un programa de música digital pero sigo al pie de la letra la partitura original, que por otra parte es excesivamente detallista en indicaciones de interpretación.



2.    La versión de Julio Ituarte (compositor mexicano del S XIX) integrada en  un “capricho de concierto para piano”[8]  con el título Ecos de México, compuesta hacia 1880 “reúne una refinada sucesión de temas entrañablemente locales como el Palomo, el Perico, los Enanos, el Butaquito, el Auajito, el Jarabe y las Mañanitas”[9]. Aquí es interpretada magistralmente por Silvia Navarrete (en 1998).  



De la versión individual del Perico tengo también dos interpretaciones:

3.    Una en acordeón de Antonio Barberena que sigue la partitura de Grobe y está en Youtube en el canal titulado La Historia Oculta de México.



. 
4.    Y por último mi propia versión, en la que sigo la partitura de Grobe pero me concedo libertades en el acompañamiento a la melodía principal. Mi interpretación (o de mi PC) lleva la Mandolina (lo más cercano al Bandolón que encontré en el programa digital)  acompañada de la Guitarra y la Mandola  con intervenciones del Arpa.







[1] “Veni,  Vidi, Vici  The  Battle of Buena Vista  A  Descriptive  Fantasie  for  the  Piano,  Composed  and  most  respectfully  inscribed  to  Gen. Z.  Taylor  The  Hero  who never  lost  a  battle  by  Ch. Grobe.  Opus  101.” (Baltimore: George Willig, 1847)
[2] Cfr. STARR, S, Fredrick Louis MoreauGottschalk Music in American Life University of Illinois Press, 2000 ISBN 0252068769, 9780252068768 
[3] IBIDEM
[4] Stevenson Robert Visión norteamericana de las otras Américas hacia 1900. Revista Musical Chilena on line.
[5] El documento se puede consultar integro en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos
[6] CORDERO, Juan N. La Música Razonada, Vol V Estética teórica y aplicada, México 1897 
[7] Stevenson op. cit.
[8] ITUARTE, Julio Ecos de México (Aires Nacionales). Capricho de Concierto para Piano. Mexico H. Nagel, c. 1880 15 páginas.
[9] FLORESCANO, Enrique ElPatrimonio de México, II Fondo de Cultura Económica, 1997 ISBN 9681654536, 9789681654535 p. 107. 

jueves, 20 de septiembre de 2012

Mustang Gray

En estos días en que los regiomontanos recordamos la Batalla de Monterrey de 1846 les comparto algo sobre una balada folklórica de aquel tiempo.  Se trata de la pieza llamada Mustang Gray atribuída a James T. Litle. [1]

Entre los escuadrones del General Taylor no hubo combatientes más feroces  que la banda de los jinetes voluntarios texanos autonombrados “Rangers”  o Guardabosques de Texas. Y de entre los Rangers que lucharon en Monterrey y Veracruz ninguno más atroz y temerario, o más sediento de sangre,  que el hombre llamado “Mustang[2] Gray

A Texan Ranger
Su nombre era Maberry B. Gray y nació en Carolina del Sur. Llegó a Texas en 1835 a la edad de 21 años. Alli luchó en la Batalla de San Jacinto (1836). Después de la independencia de Texas, Gray  ganó fama de vaquero saqueando a la población civil mexicana a lo largo del Rio Bravo. Indudablemente influenciado por el carácter distintivo del sistema esclavista, Mustang Gray pronto fue conocido en Texas por sus ataques injustificados contra todo mexicano. Una narración folklórica acerca de las atrocidades por él cometidas, pasó a formar parte de la leyenda texana.

Gray sirvió como teniente entre los Rangers de Texas durante la guerra con México, eventualmente comandó una compañía que se autonombraba Los “Mustang Grays” y ésta pronto adquirió el carácter de su líder.

“Algunos de los (escuadrones) así llamados Texas Rangers … eran generalmente compuestos por aventureros y vagabundos… la banda de bribones bajo el liderazgo de Mustang Gray eran de esa calaña. Este grupo, a sangre fría, asesinó a casi toda la población masculina del rancho de Guadalupe  ¡en donde ni un arma, ofensiva o defensiva, se hubiese podido hallar! Su único objetivo era el pillaje”[3].

Mustang Gray murió unos años después de la Guerra con México, presuntamente de cólera o fiebre amarilla. Su fin, suficientemente adecuado, ocurrió en un pequeño pueblo mexicano y de acuerdo a la leyenda y la balada, se cargó su cuerpo a través del Rio Bravo y fue sepultado en suelo americano.

Franck Dobie cree que la balada de “Mustang Gray” fue compuesta por James T. Lytle, un Ranger de Texas durante la guerra con México y es el autor de la popular “Canción de los Rangers de Texas”.

La balada misma parece haber tenido fuerte influencia de “La Señorita de Monterrey” (The Maid of Monterey), y la historia contada puede, indudablemente, adecuarse mejor al folklore que a la historia. Pero hecho o ficción, la canción vive – preservando en melodía a “un noble Ranger … el más valiente entre los valientes” Así el folklore selecciona de la historia sólo lo que conserva una imagen preconcebida.

Aquí les dejo el original en inglés y al lado un intento de traducción (pero no encaja con la melodía).

                                                Mustang Gray                    

There was a brave old Texan                               Había una vez un veterano y valiente texano
They called him Mustang Gray;                           Le llamaban Mustang Gray;
He left his home when got a youth,                      Dejó su casa de muchacho
Went Ranging far away                                          Y fue a combatir lejos como un disparo.

Chorus:                                                                     Coro
But he´ll go no more a ranging,                            Pero no irá más a combatir,
The savage to affright;                                          A aterrorizar al salvaje;
He heard his last war whoop                                Oyó su último grito de guerra
And fought his last fight.                                       Y peleó su último combate. 

He ne’er would sleep within a tent,                     Nunca durmió bajo una tienda,
No comforts would he know;                                No conoció comodidades,            
But like a brave old Texican                                 Sino como un veterano y valiente Texicano
A ranging he would go.                                           Iría a combatir como un disparo. 

When Texas was invaded                                      Cuando Texas fue invadido
By a mighty tyrant foe,                                          Por un poderozo y tirano enemigo,
He mounted his noble warhorse                           Montó su noble caballo de guerra
And a ranging he did go                                          Y se fue como un disparo.

(Chorus)                                                                    (Coro)                                                                   

Once he was taken prisoner,                                  Una vez que fue tomado prisionero,
Bound in chains upon the way;                               Amarrado con cadenas por el camino
He wore the yoke of bondage                                 Y llevando el yugo de la esclavitud
Through the streets of Monterey                          Por las calles de Monterrey,

A señorita loved him                                                Una señorita que lo amaba
And followed by his side                                           Y lo acompañaba,
She opened the gates and gave to him                   Lo liberó y le dio
Her father´s steed to ride                                        El caballo de su padre para que huyera.

(Chorus)                                                                     (Coro)

God bless the señorita,                                            Dios bendiga a la Señorita
The belle of Monterrey                                           La Hermosa de Monterrey.
She opened wide the prison door                          Ella abrió la puerta de la prisión de par en par
And let him ride away                                            Y lo dejó escapar.

And when this veteran´s life was spent,           Y cuando la vida de este veterano se consumió,
It was his last command,                                      Fue su última voluntad
To bury him on Texas soil                                    Ser sepultado en suelo texano.
On the Blanks of Rio Grande                                En la rivera del Rio Grande.

(Chorus)                                                                  (Coro)

And There the lonely traveler,                             Y allí el caminante solitario,
When passing by his grave,                                   Al pasar por su tumba,
Will shed a farewell tear                                        Derrama una lágrima de despedida
O´er the Bravest of the brave.                             Sobre el más valiente entre los valientes.

Now he´ll go no more a ranging.                           Ahora ya no irá como un disparo
The savage to affright;                                           A aterrorizar al salvaje
He´s heard his last war woop                               Oyó su ultimo grito de guerra
And fougt his las fight.                                            Y peleó su última batalla.

Con la ayuda de un programa digital de lectura musical elaboré la melodía y le agregué (como siempre) las imágenes de Chamberlain. Aqui pueden ver el resultado. Creo que debería interpretarse más lentamente de como aparece aquí.






[1] Lo que sigue a continuación es básicamente la traducción de las paginas 60 y 61 de SILBER, Irwin Songs of the Great American West 1995 ISBN 0486287041, 9780486287041
[2] Mustang es el nombre del caballo salvaje americano que desciende de los primeros caballos que importaron los europeos a América y que sea por robo de los nativos u otras circunstancias quedaron aislados del caballo doméstico.
[3] SMITH, Compton Chile Con Carne (1857) citado en DONIE, Franck Mustang Gray: Fact, Tradition and Song Tome The Bell Easy.
Procedencia de la Imagen A Texan Ranger: HARPER'S WEEKLY. JULY 6, 1861.


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