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sábado, 14 de octubre de 2017

La Bella de Monterrey

La Bella de Monterrey


En el capítulo IX de la Novela Histórica “Humbled Pride a Story of the Mexican War” de John R. Musick (1893) aparece la narración de algunos hechos ocurridos en Monterrey justamente unos días antes de la Batalla entre los ejércitos mexicano y norteamericano del  21 al 23 de septiembre de 1846.

El capítulo se titula “La belle of Monterey” y no es difícil adivinar su tema: una hermosa Señorita Mexicana, con grandes dotes, inteligencia y virtud.  Todo mundo en Monterrey, nacional o extranjero sentía admiración por ella.   “De la mejor sangre azul de la Vieja Castilla”, Madelina Estevan,  era descendiente de nobles españoles que anclaron en Cuba en el Siglo XVI.  Y como ocurrió con casi todas las familias de los conquistadores de América, los Estevan, con el tiempo, se ramificaron por el continente. Algunos de sus miembros vinieron a México; otros, partieron hacia Las Colonias de Norteamérica y, éstos últimos, a la postre, cambiaron su  apellido  a Stevens.  Una profecía formulada en la novela, es que ambas familias (que al final era una sola) se volverían a unir con el matrimonio de dos de sus descendientes, naturalmente uno de cada una de sus 2 ramas principales.   Estos dos descendientes serían, la Señorita Madelina Estevan y el Capitán Arthur Stevens,  a quienes unió el sino de la guerra. 

El novelista norteamericano narra una historia donde las tropas mexicanas se muestran un tanto arrogantes y pagadas de sí mismas y los “barbáricos norteamericanos” en el fondo, no son tan salvajes como los mexicanos piensan.  A pesar de todo, la narración refleja, creo yo, un cierto sentido de culpa por los excesos a que llegaron los americanos.  En la introducción el mismo autor expresa: 

“… si hay algo en una guerra que pudiese ser llamado ética, en la guerra contra México, la nación americana tiene poco de lo que un país pudiera sentirse orgulloso.

En esta historia hay más novela que realidad, pero no dejan de ser interesantes las descripciones de lugares, hechos y personas de aquel preciso momento en la vida de Monterrey.

La guerra se cierne en el noreste de México, las tropas norteamericanas se acercan a Monterrey y los regiomontanos se preparan para el ataque. Pero la vida social de la ciudad continúa y el Alcalde ofrece, la noche del 6 de septiembre, un gran baile en su propia residencia para la alta sociedad y los principales comandantes que en ella se encontraban a la espera del enemigo.

"Si los movimientos de las demás eran elegantes, los de ella eran música en movimiento"
La imagen describe a Madelina Estevan (La Bella de Monterrey) bailiando con el General Ampudia

Estaba  en el baile el General en Jefe del Ejército del Norte Don Pedro Ampudia.
Por supuesto la señorita Estevan - relata el autor de la novela - era una de las invitadas. Era conocida como la “Bella de Monterrey”. Su nombre estaba en boca de todos y una veintena de jóvenes oficiales mexicanos habían tratado de enamorarla desde que había llegado a Monterrey; de tal forma, que no podía aparecer en su balcón sin que fuese importunada por alguno de ellos.

Fueron solo las serias invitaciones del General Ampudia y del Alcalde Mayor por las que ella consintió en asistir al baile.
El General Ampudia solicitó a Madelina el honor de ser su compañera en el primer “Valse de Spachio”. La escena era brillante, con alegres uniformes, ondeantes plumas y elegantes vestidos. La concurrencia de aquella noche era notable. Había muchos generales, congresistas y senadores, miradas alegres y muchas bellezas como Madelina de la mejor sangre azul de la vieja Castilla". 

Y la señorita aceptó la propuesta del general. 


“En aquel elegante baile, Madelina, mientras se acercaba al valeroso General perfectamente uniformado, era la atracción de todos los ojos. Bajo los brillantes candelabros, su belleza destacaba con claridad para todos. Era una belleza que parecía iluminar todo el salón con un esplendor mayor al de la realeza”.


Antes de que terminara el baile, media docena de soldados cubiertos de polvo llegaron trayendo la noticia de que el ejército norteamericano se dirigía a Monterrey.

“La bella de Monterrey” y las personas más vulnerables, mujeres ancianos y niños, debieron salir huyendo de los peligros de la guerra.

 “Una cosa tras otra retardaron la partida de Madeliana. Durante la mañana del 19 [de Septiembre], finalmente se hallaba abordando su carruaje, cuando el boom de un cañón le advirtió que los americanos habían llegado. Su hermano [El Capitán Felipe Estevan] la apremió para que hiciera un esfuerzo y escapara a pesar de las circunstancias, pues sabía que por las calles de Monterrey pronto correría la sangre. Con un grupo de sirvientes y escolta a caballo, Madelina emprendió la huida.
Felipe la siguió, determinado a verla fuera de peligro, a riesgo aún de su propia vida.
El carruaje salió por el camino hacia Saltillo y pasó esos dos formidables picos que en ese momento estaban fortificados, con la esperanza de hallarse más allá del alcance de las tropas norteamericanas, cuando de repente se toparon con un grupo de soldados americanos.  Sus chaquetas azules, altos sombreros con adornos de penachos y relucientes bayonetas eran aterradoras señales para los peones, que estaban a punto de huir y dejar a su merced dama y carruaje.
- “¡Alto! ¡Os juro que mato a quien intente huir!"
Gritó el Capitán Felipe, quien cabalgaba sobre su poderoso corcel blanco detrás del carro de su hermana.
- “Quedaos donde están. Os juro. por todos los santos del calendario, que os cortaré la cabeza”.

Los temerosos peones temblaban espantados, pero no se atrevieron a desobedecer. El Capitán Estevan galopó hacia los americanos, sosteniendo en alto un pañuelo blanco, y dijo en inglés:
- “¿Cuál es vuestro comandante? Quiero ver a vuestro oficial”.
Resonó un voz:
- “Soy Yo,”
Y para sorpresa de Felipe se le acercó el mismo juvenil capitán a quien él había rescatado de las lanzas de los Comanches.”  [Se trataba (por obra y gracia de lo novelesco de este relato) del Capitán Arthur Stevens].
- “Os reconozco, Señor, nos hemos encontrado antes” - dijo Felipe.
- “Sí, señor. Os debo la vida”.
- “Tengo que pediros un favor”.
- “¿De qué se trata? Si está en mi poder, os lo concederé”
- “Mi hermana está en el carruaje tratando de escapar de Monterrey, en el que pronto correrá la sangre. ¿Enviaríais una escolta para resguardarla hasta que se encuentre más allá de vuestras líneas de ataque y os aseguraríais de que no fuese lastimada?

- “Juro que lo haré, capitán, y os prometo, por mi honor como soldado, que será tan bien cuidada, como si fuese de mi propia familia. ¿Es eso todo?”
- “Sí, con la salvedad de que se me permita regresar a Monterrey”.
- “Por supuesto”.
El Capitán Estevan cabalgó de regreso al carruaje y, deteniéndose en la ventana del cercano vehículo, dijo:
- “Hermana, él es un amigo. El señor Americano te custodiará para que no te lastimen. Confía en él”. Y galopó de regreso a Monterrey.
A los peones se les ordenó seguir. El Capitán Stevens destinó 20 hombres bajo el mando del Teniente George Short, para escoltar a la señorita y sus sirvientes más allá de la línea de ataque extranjera. Al pasar junto al oficial americano, él,  galantemente se quitó el sombrero,  y ella vio que este “barbárico norteño” era buen mozo, gentil y sin duda valiente.
El carruaje de la señorita fue escoltado y llegó hasta una cima distante cinco millas, en donde se hallaba una hacienda grande desde la cual se podía contemplar a Monterrey.
Allí se detuvo y con unos catalejos observó los acontecimientos que siguieron. […]
Con sus lentes, Madelina vio la bandera mexicana descender y ocupar su lugar la de las rayas y las estrellas del enemigo norteño.” 

¡Cayó  la Ciudad!
La Batalla de Monterrey barrió con ella.
"El rugido de los cañones, el silbido de las balas, el disparo de las bombas de fuego y los mugidos de los aterrorizados bueyes, causaban una terrible estridencia!.  
Escena de un enfrentamiento durante la Guerra ( En Resaca de la Palma)

Algún tiempo después, mientras se sucedían las contiendas militares en Veracruz, Chapultepec, etc., el Capitán Stevens volvió a buscar y a encontrarse con la Señorita Madelina Estevan en Puebla (ciudad donde ella vivía). No hay mucho más que agregar… La novela dice que, una vez terminada la guerra, Madelina y Arthur contrajeron matrimonio y partieron a Kentucky,  patria  del  Capitán Stevens. Y suponemos que, como en la mayoría de las historias de amor “Vivieron felices para siempre”.


"Ella arrancó una rosa blanca"
Reencuentro de la Bella y el Capitán en Puebla

lunes, 13 de marzo de 2017

Los primeros vecinos de Monterrey..... V (Edificio de La Botica del León. Edad: 107 años)

Edificio de la Botica del León. Edad: 107 años.


Si caminas por el paso peatonal Morelos en Monterrey, mejor dicho, si sales a “morelear”, una tarde cualquiera y te diriges desde la Macroplaza hacia el poniente, después de ver a tu derecha el famoso edificio del Banco Mercantil de Monterrey y a tu izquierda el Hotel Monterrey y sigues caminando una cuadra, al llegar a la calle Escobedo que antes se llamaba Calle del Teatro, en la esquina nor-poniente encontrarás un edificio que no destaca en su aspecto, pues es un cubo sobre otro, con la esquina truncada y con ventanas rectangulares y cuadradas. Está ocupado por la Farmacia Benavides, tan famosa en Monterrey. Y aunque ahora ese pequeño edificio no refleja lo que fue, guarda una honda historia para el pueblo regiomontano. 

Edificio de la Botica del León. Antigua sede de los Poderes del Estado de NL. Se incendió en 1909.


Fue la Capilla de San Francisco Javier donde el Padre Oblato Gerónimo López Prieto fundó el primer Colegio Seminario de todo el Norte de México. Establecieron allí su convento los Padres de la Compañía de Jesús. Se construyó sobre los cimientos del Convento el Primer Palacio de Gobierno del Estado de Nuevo León y, al comenzar el siglo XX, se estableció allí la famosa Botica del León de don Eduardo Bremer y Compañía, misma que sucumbió al gran incendio de 1909.

Como ya tengo escrito un más amplio artículo sobre la historia de este inmueble, solamente me queda remitirlos a él en este enlace del mismo blog:


La Botica del León de Don Eduardo Bremer y Compañía


Edificio de la Botica del León diseñado por Alfred Giles en 1909



miércoles, 16 de marzo de 2016

Las Hermanas de Monterrey

Las Hermanas de Monterrey



Cuenta la leyenda[1], que durante la invasión norteamericana a Monterrey, (21-24 de Septiembre de 1846) dos muchachas de la ciudad, como muchas otras mujeres y niños, se quedaron escondidas en algún sótano o habitación oscura de su casa. Temerosas y asustadas, lloraban y se estremecían al oír las detonaciones de bombas y disparos de la batalla. La habitación estaba impregnada del pestífero olor a pólvora y el aire,  espeso de muerte, era intolerable. En un abrazo mutuo, las dos hermanas, esperaban con gran angustia el fin de aquella pesadilla. Se llamaban Ximena y Teresa.

El padre de las muchachas, de unos 60 años, era un hombre de tez morena y arrugada por el implacable sol regiomontano. El hermano, de 19, era ya también un hombre valiente. Ambos cabalgaron la mañana del 21 de Septiembre, hacia sus puestos de guerra, a donde el deber y el amor a la patria los llamaba a combatir al invasor: el ejército norteamericano, al acecho en aquel momento, en torno a los manantiales de El Nogalar.

Desde que su padre partió en compañía de su hermano, las doncellas no tuvieron reposo. Nadie en la ciudad lo tuvo. No hubo descanso, ni sosiego.  En la ciudad nadie durmió, sólo la muerte.

El miedo de las dos hermanas iba en aumento, al igual que el sonido de las detonaciones y el bullicio de la guerra. 

Los americanos fueron apoderándose de las trincheras y avanzaron hasta la plaza de armas. Junto a aquella plaza estaba la casa de las muchachas. Al atardecer del día 23, por una pequeña ventana que daba hacia una de las calles, Ximena ve a su padre avanzando rápidamente hasta su hogar. La muchacha grita: 

 “Son  ellos, son ellos…

y ambas se apresuran hacia la puerta. Pero antes de que logreasen alcanzarla, escucharon un fuerte estruendo y la puerta de la casa se desplomó ante ellas. Tras la puerta, el padre cae al piso, la cara cubierta de negra sangre.  El dolor de sus hijas era inmenso. Gritan sin consuelo

 “Padre, padre” 

y no logran decir más nada. Elevan la mirada al cielo y no ven, sino la terrible silueta  de un soldado americano, su espada aún cubierta de la sangre de aquel hombre a quienes las  hermosas jóvenes llamaban Padre.

Aquel  soldado, sin conocer el idioma español, comprende perfectamente la escena.  Trata de excusarse, pero no puede. Nunca imaginó que iba a matar a un hombre en el mismo portal de su casa delante de sus hijas. Él era un asesino y los ojos de aquellas hermosas niñas lo definían con exactitud. No pudo articular palabra y en cuanto pudo, se apartó de aquella insoportable escena. Este soldado, de nombre Harry, tenía también un padre y dos hermanas, a quienes había dejado tranquilamente en su natal Pennsylvania. Pensando en ellos se dispuso a huir de la mirada de sus víctimas. Encontró muy cerca una escalera que se dirigía a la azotea. En el borde de la azotea hay una especie de almena que le sirvió de resguardo. 

La escena allí abajo era a la vez sublime y horrible. El techo, ofrecía una vista libre de la Plaza de la Ciudad y todas las avenidas que a ella convergen. Y él estaba allí, observando, desde lo alto, la última Batalla de Monterrey.

Imaginen la primitiva Plaza Zaragoza, amurallada por las casas de un piso ceñidas con almenas. En ella una densa multitud de soldados enfurecidos, medio desnudos, apenas si se distinguen sus caras bajo las manchas de pólvora y sangre. Gritan, vociferan, dan vueltas como las ráfagas de un tornado. Desde cada muralla, repleta de mexicanos frenéticos, manan descargas de tiros, dando muerte a amigos y enemigos. Abajo, bayoneta contra bayoneta, cuchillo contra cuchillo, sobre un pavimento resbaloso por la sangre derramada, mexicanos y norteamericanos ejecutando la danza de la muerte.

Monterrey, fragmento mostrando la Plaza de Armas o Plaza Zaragoza. por D. P. Whiting 1846

Después cayó la noche con sus horribles sombras y, con ella, la pelea se volvió más aterradora aún. Pero la oscuridad también anunciaba el fin de aquel combate.  El soldado bajó la escalera de regreso a la sala donde había dejado a las jóvenes hermanas con su moribundo padre. La oscuridad le impedía ver cualquier cosa. Agudizaba él sus oídos para escuchar algún murmuro, cualquier cosa, pero nada. Las pupilas iban acostumbrándose a la oscuridad y poco a poco lograron percibir una escena terrible: tres cuerpos yaciendo uno junto a los otros.  ¡Muerte es sinónimo de guerra!

El hermano de las muchachas debió haber llegado sano  y salvo a su casa y en el momento de consolar a su hermana Teresa, ahora huérfana, lo alcanzó un proyectil que acabó con su vida. Ambos corrieron la misma suerte. A ella también la alcanzó una bala mortal. Sus cuerpos sin vida yacían abrazados y en sus rostros se dibujaba un simulacro de sonrisa. Ahora dormían el sueño eterno.  De la otra hermana, Ximena, no había rastro.  ¿Qué habría sido de ella?

Aquella fue una noche de lamentos y llantos. Noche de tristeza y angustia.  Al día siguiente los generales capitularon la Batalla. La bandera norteamericana ondeó entonces en los edificios emblemáticos de la Ciudad. La guerra en México continuó su curso. Algunas escuadras de soldados permanecieron en la ciudad por los siguientes dos años, otras avanzaron hacia Saltillo continuando la hasta llegar a la capital de la República. Harry regresó a su natal Pennsylvania donde lo esperaban su padre y hermanas.

Era el día de Navidad.  Lo recibieron, como era de esperar, con llantos de alegría. 

Él se dirigió entonces a su anciano padre diciéndole: 

– Cuando partí para México,  le dije que regresaría con un Trofeo de la Guerra. ¡Ese trofeo está aquí!”  

Y Harry mostró su trofeo: una hermosa muchacha, de linda figura, cuyo rostro de clara tez morena, cabello negro azabache y ojos deslumbrantes, resplandecieron en la luz, enmarcados por una ceñida capucha. Ella besó la mano del anciano y las muchachas la recibieron con besos y le sacudieron la nieve del vestido.  

– Es una larga historia, padre” – murmuró  el soldado con una voz entrecortada por la emoción – “Pero vi morir a su padre, su hermano y hermana, juntos, en el suelo de su hogar, en Monterrey. Ella se quedó sin amigos... 

y yo maté …” Interrumpió abruptamente la frase, y desvió el rostro. … 

– No se lo puedo contar ahora, padre. Pero ella es una mujer auténtica, quien me cuidó en la enfermedad, y me siguió desde su tierra de nardos y flores, hasta ésta de nieve e invierno. ¡Ella es mi esposa! ¡Su hija, padre! ¡Vuestra hermana, hermanas! Sed amables con ella, porque ha sufrido demasiado, merece todo el amor de vuestros corazones!"

El anciano y las hermanas, en aquel preciso instante,  recibieron aquella flor en sus corazones y, desde ese momento creció en ellos. 

El soldado miró con una serena emoción a su esposa Ximena, su hermoso trofeo de guerra.



Joven G. Lippard  (Wikipedia)
[1] Este relato, más que una leyenda, es parte de una novela de 1847. Su autor, George Lippard, (Abril 10, 1822 – Febrero 9, 1854) la incluye en su libro: “Legends of Mexico”. En él se describen varias anécdotas de la guerra entre México y Estados Unidos. Aunque ficticias, es probable, que algún elemento de verdad se encuentre entre sus líneas, quizá de relatos que Lippard pudo haber obtenido de soldados que regresaban de México. Lo más interesante en ellas es el enfoque que hace el novelista. Es, a mi juicio, un intento de justificación de los horrores de la guerra. Una forma de expresar que no todo fue violación y abuso. Estas leyendas son, me parece, un esfuerzo,  de su autor, por hacer público un relato opuesto al de los abusos por parte de los Rangers de Texas o al de la Masacre en Agua Nueva por parte del regimiento de Arkansas el día de Navidad de 1846, al que hace referencia S. Chamberlain y probablemente tuvo suficiente resonancia en ambos países. 

sábado, 19 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 1/8 (Sábado)

Una Semana Siniestra en Monterrey,  Agosto 21-28 de 1909.


Sábado 21 de Agosto

Eran como las 10 y media de la noche. Después de un largo día de trabajo, el inspector de policía, Don Ignacio Morelos Zaragoza se retiraba a descansar. Pensaba quizá en la tragedia ocurrida sólo dos semanas antes, en la que él mismo había estado tratando de socorrer a sus compatriotas y cumplir su deber. 

– “¡Los pobres vecinos de San Luisito…!” – cavilaba – “cuando la naturaleza dice “aquí estoy” es mejor echarse a un lado….”  

Pensaba que la imagen del Río Santa Catarina lleno, con sus rugientes y feroces corrientes de lado a lado, iba a permanecer en su memoria para el resto de su vida. Y hacía solo 15 días (el 7 de agosto) esas crueles aguas se habían desbordado matando a por lo menos unas 15 personas. 

 "Pero la vida tiene que seguir y yo me voy a descansar…”  

Perdido en estos pensamientos se encontraba nuestro buen inspector de policía de la ciudad, cuando llegaron a darle el aviso: 

– “Se quema, se quema el palacio, mi coronel. La botica del León está en llamas”
                    
La oficina del inspector de policía, situada en la Calle de San Francisco, no se hallaba muy distante del lugar del incendio. Solo la separaban unas tres cuadras y media.  Pero con un fuego no se vacila.  

– “No hay tiempo qué perder” – se dijo el inspector a sí mismo y subió a un carruaje. A toda velocidad llegó al lugar.  Ya empezaba el ajetreo en aquel punto. El Cabo Diego Sáenz, y el gendarme Carlos Rivera, quienes habían sido los primeros que se percataron del incendio, habían visto las llamas asomarse por las ventanas de los pisos superiores de un inmueble de 4 pisos, propiedad de la empresa Bremer, situado se en la calle del Dr. Mier entre Escobedo y el callejón de Paras. Avisaron al velador de la Botica: Don Onofre Cantú. Y Éste, por su parte, dio aviso a Don Manuel Vela, que era el farmacéutico de guardia aquella funesta noche del sábado 21 de agosto de 1909.


Plano de la Cuadra incendiada en  El Imparcial diario ilustrado de la mañana,  23-08-1909 


El miedo invadía el alma de aquellos hombres. En el lapso de pocos años,  habían presenciado en la ciudad los incendios de dos teatros, de la casa de Carr., de la carrocería de Warden y de las oficinas del periódico “Monterrey News”. Era como si hubiese caído una maldición sobre la ciudad y el fuego, como un amante celoso, la visitara solo para hacerle daño. Sin embargo, aún no sabían estos buenos hombres, que en esta ocasión iba ser aún peor. Los anteriores incendios, comparados con éste, iban a parecer tímidas luminarias públicas.   

Quien más angustiado debió estar, era Don Manuel, el farmacéutico, pues conocía el peligro inminente y la reacción de los elementos químicos en contacto con el aire, el agua y, sobre todo, con el fuego. Aún más, estaba al tanto de las cantidades de materiales químicos acumulados en el laboratorio y las bodegas, los explosivos almacenados en el sótano. Conocía muy bien el depósito de esa sustancia, relativamente nueva, llamada gasolina,  la cantidad de litros que poseía de ella la droguería y lo inflamable que era... No era el momento para amedrentarse. Junto con el miedo se cerniría el valor y el sentido de la lealtad. Lo primero que debió hacer, sin duda, fue dirigirse a las viviendas de los propietarios, por si no se habían percatado aún de las llamas. Fue a dar aviso a Doña Julia Barrera, la esposa de Don Roberto Bremer, a los demás miembros de la familia y a la servidumbre que pudieran hallarse en su vivienda, situada  en el piso superior de la Botica del León, antiguo palacio de gobierno.

Efectivamente  la familia Bremer y la de Don Juan Reichmann vivían en el segundo piso de la Droguería. Pero, hombres de negocios al fin, ninguno de los dos jefes de familia se encontraban en casa en aquel momento. Don Roberto se hallaba en la Ciudad de México. Algún periódico de la época informó que estaba ausente por problemas de salud.  Debió enterarse del siniestro por vía telegráfica, del mismo modo que el Señor Reichmann, quien se hallaba en Saltillo. Pero Doña Julia sí estaba en su hogar para presenciar, en breve, la pérdida de su vivienda, del negocio familiar,  de sus alhajas y de parte de sus bienes.


Don Roberto A. Bremer, su esposa Doña Julia Barrera Treviño de Bremer y familia c, 1921. Foto cortesía de Billy Bremer.

Mientras unos daban aviso y ayudaban a la Señora de Bremer a salir del inmueble, el inspector de la policía, Don Ignacio Morelos y los gendarmes ingresaban al patio de la propiedad. Aquel patio era un lugar de convergencia entre los edificios, especialmente entre los dos inmuebles de la empresa Bremer. Al momento, Don Ignacio y los gendarmes, escucharon un estallido y, tras él, todos quedaron completamente a oscuras en medio de aquel patio y del inminente peligro pues desconocían el terreno. “El señor inspector de Policía logró al fin encontrar la salida, y sin perder la calma, mandó traer una extinguidora, que no pudo ser empleada, debido a la violencia con que aumentaba el fuego.”

Las llamas amenazaban avanzar muy rápidamente. ¿Pero qué las habría provocado? Se preguntaban. ¿Sería un accidente o la obra de algún frenético reyista queriendo perjudicar al General Treviño en la persona de sus descendientes, como declaró más tarde un periódico? En ese momento era imposible saberlo. La verdad es que no había un trasfondo político en la tragedia. Una vulgar chispa eléctrica, desprendida de un cableado defectuoso en el laboratorio químico, era la causante de aquel desastre.

La empresa Bremer y Cía., tenía, en aquel año de 1909, dos edificios adjuntos (podemos decir que uno detrás del otro) en la manzana circundada por las calles Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. Uno, había sido el antiguo palacio de Gobierno que hacía esquina en Morelos y Escobedo. Según el corresponsal del Diario de México, por el lado de Escobedo se encontraba la Botica del León, y por el lado de Morelos, la Droguería Bremer. Pero es el único de entre los reporteros de la época que señala esta diferencia. Todos los demás las mencionan indistintamente o como sinónimos.

El otro edificio de la compañía Bremer era uno de 4 pisos, nuevo, diseñado por el famoso arquitecto Alfredo Giles, cuya fachada daba hacia la calle del Dr. Mier. Era en el 3º ó 4º piso de este último, en donde se situaba el laboratorio de la Droguería, sobre la sucursal del establecimiento de “El Puerto de Liberpool”, que ocupaba las dos primeras plantas. Este almacén cuya matriz se encontraba en Torreón, comercializaba con ropa. En los periódicos se le llama “Cajón de Ropa”. Quizá el hecho de encontrarse el laboratorio y el almacén de ropa en un mismo edificio hayan provocado, además de la propagación acelerada del incendio, las discrepancias entre los reporteros de la época. Algunos informaban que el incendio se originó en la droguería y otros, que había dado inicio en el Cajón de Ropa.


Calle de Padre Mier Hacia el Poniente desde el Callejón de Paras. A la derecha, en la esquina la ferretería Sanford y contigua a ella hacia su derecha, el edificio propiedad de los Sres. Bremer en el que se encontraba el laboratorio químico y el Cajón de Ropa El Puerto de Liverpool.

Después de aquella primera explosión, las llamas avanzaron agilizándose. El fuego tenía prisa. Y el miedo comenzó a abrirse paso en el corazón de los presentes. A la vez que convocó a la población curiosa. Y el pueblo regiomontano se dio cita ante aquella desdicha.

Los materiales altamente inflamables utilizados en el laboratorio para la elaboración de los medicamentos, debieron servir de rápido combustible y eficaz alimento para las llamas que se transmitieron velozmente a los pisos inferiores del edificio en donde los tejidos, telas y ropas fueron también material propicio para incrementar el fuego.

Durante las noches del agosto regiomontano no suele soplar el viento. Es más, parece que no hay ni aire y uno piensa que se va a ahogar. Pero en aquel momento, a pesar de todo, aquello fue una bendición. Sólo una brisa ligera soplaba del Norte. Las llamas continuaron expandiéndose rápidamente hacia la Botica del León y hacia la Ferretería Sanford. Ésta era un edificio de dos plantas. Y al igual que el de la Botica del León, su segunda planta debió haber sido vivienda de sus propietarios o de empleados de confianza. El señor John Bertrams Sanford, vicecónsul de Gran Bretaña en Monterrey desde 1907, tampoco se encontraba allí al momento del incendio. Estaba de viaje por la ciudad inglesa de Birminghan, a donde se le comunicó de la desgracia por vía telegráfica.

Ya los empleados y encargados de todos los negocios de la cuadra habían comenzado a sacar las mercancías para ponerlas a salvo y ayudaban, en cuanto les era posible a contener el fuego. Especialmente en aquella ferretería, que comercializaba con productos mineros y manejaba grandes cantidades de pólvora y dinamita.

Repentinamente comenzaron a escucharse detonaciones sucesivas – escribe el corresponsal del Diario de México - que en los primeros momentos sembraron el más espantoso pánico, pues se supuso que sería la dinamita que se sabía había almacenada en la ferretería Sanford, la que estaba y se presumía con razón, que cuando menos una gran parte de la ciudad estaba en inminente peligro de volar; pero afortunadamente el terrible explosivo había sido sacado a tiempo. El temor del pueblo fue momentáneo, pues en efecto se repusieron del primer espanto y con verdadero heroísmo volvieron a la faena de apagar el fuego. Las detonaciones que habían escuchado, provenían de los tambores de amoniaco que reventaban al contacto del fuego y de un depósito de gasolina”.

Por su parte muchos de los frascos con sustancias medicinales de la estantería de la Botica explotaban al contacto con el fuego. Aquella cantidad de “pequeños” estallidos tipo petardo parecía el simulacro  de una batalla de guerra.

Y si como al rededor de las 10:00 pm había comenzó el fuego,  a las once ya las llamas se expandían por casi toda la manzana. Las continuas explosiones causadas por los materiales inflamables y la gasolina provocaron la voracidad del fuego que llegó a elevarse por “cientos de metros”. Era imposible aplacarlo.

Toda la ciudadanía estaba en vilo. Temblaba cada vez que irrumpía una explosión. Aquella noche debió ser toda caótica. Se mandó llamar a los bomberos de la cervecería Cuauhtémoc y los de las Fundiciones de Fierro y Acero, quienes acudieron “todo lo violentamente que les fue posible, instalando convenientemente los aparatos y mangueras”.
Y mientras la mayoría de los civiles procuraban ayudar, el populacho aprovechaba la coyuntura para apoderarse de cualquier objeto dejado atrás.

El Ingeniero Don Genaro Dávila dirigió las maniobras de los bomberos, quienes estaban estrenando los materiales que se habían comprado después del incendio del Teatro Juárez. El alcalde de la ciudad Don Pedro Martínez, ordenó los trabajos de salvamento. “El Jefe del día, Coronel D. Tomás Castro se presentó acompañado de su ayudante el Capitán Miguel Ruiz Durán, al Jefe de la zona, General Don Gerónimo Treviño, quien le ordenó que llevara todas las fuerzas federales a fin de cuidar las mercancías, los libros, los muebles y objetos que se había logrado poner a salvo del contacto directo del fuego y que encontraban tirados en el arroyo. Todas las bocacalles de la mencionada manzana quedaron cerradas por los soldados, a fin de evitar que la plebe se llevara los objetos que estaba allí abandonados”.

La ciudad estaba dominada por el caos, de tal manera que nadie debió haber sabido cuando acababa un día y empezaba el otro.

Monterrey despedía aquel día entre sustos y explosiones. “una de las cuales – reportó el corresponsal del diario El Imparcial de la Ciudad de México – lanzó  a gran altura, en el aire, una pieza de maquinaria, que al caer rompió el techo y los pisos del edificio hasta llegar al fondo. Estas explosiones hicieron elevarse las llamas a quinientos pies de altura. Durante este tiempo, las llamas salieron por todas las ventanas del lado de la calle del Dr. Mier, amenazando a los edificios situados en frente, siendo el principal de ellos el ocupado por la compañía de Cilindros de Parras. La atención fue dedicada, principalmente, a salvar la propiedad situada frente al edificio incendiado. Corrientes de agua fueron echadas en los edificios y debido al aire la parte Norte de la calle se salvó.

Otra explosión increíble, o quizá otra versión de la misma,  es narrada por el corresponsal de El Diario de México: “Cuando el fuego invadió la droguería, estalló un tambor de ácido carbónico y la envoltura, volando con terrible fuerza, saltó desde el segundo piso hasta unos cincuenta metros de altura, volando por encima de las azoteas y yendo a caer en el edificio del Banco Mercantil, situado en la esquina de Zaragoza y Morelos, donde agujeró dos pisos, cayendo al tercero, donde se hundió, no sin antes lesionar al velador Mariano Galván. EL porrón pesaba cuarenta y cinco kilos”.


Y así terminaba aquel día fatídico entre estallidos y confusión.

miércoles, 22 de abril de 2015

Días de Ausencia Monterrey 1847 (1a Parte)

Días de Ausencia Monterrey 1847  

por Jorge H. Elías

J.W.


J. W. era un soldado voluntario norteamericano de Columbia que se encontraba en Monterrey a principios del año de 1847 durante la guerra contra México[1]. Una de sus obligaciones, al menos en enero de aquel año, era arrear las mulas que transportaban las provisiones del ejército norteamericano. No sé más sobre J. W. Sólo eso y que escribió una carta a su padre fechada el 6 y 7 de febrero de 1847 desde Monterrey. Esta carta fue publicada en la revista semanal de Baltimore “Niles´ National Register” en abril de aquel mismo año[2].  Tampoco sé si se conserven más cartas suyas o quién en realidad sea este personaje. Sin embargo la carta a que hago referencia es particularmente interesante en sus descripciones sobre Monterrey y su entorno. Describe principalmente la ciudad y acontecimientos trágicos ocurridos durante la expedición de una parte del ejército de los Estados Unidos desde Camargo hasta Monterrey en enero del 47. En esa carta se puede percibir la densidad de la atmósfera predominante, los peligros de las carreteras y la soledad de una ciudad abandonada. Con su población ausente.    

Carta a su padre

 1a. Parte. Muerte del Teniente Miller


En la primera parte de esta carta se relata el hallazgo del cadáver del teniente primero Charles D. Miller de la Compañía de Mount Vernon[3]. Según J.W., el cuerpo se encontraba en las cercanías del paraje llamado “Chiterona” (Sic) en el que había una pequeña corriente de agua fresca. Lugar en el que se abastecía de ella el General Antonio Canales. Esta localidad es la llamada Chicharrones en el Municipio de Mier, Tamaulipas, a unos 24 kms de Ciudad Mier. 



Fragmento del Mapa de Nuevo León de 1909. Se Señala en rojo Mier y la localidad de Chicharrones.

Traduzco la primera parte de esta fascinante carta[4]:

Monterrey, México Febrero 6 de 1847.
Mi querido padre,
Sentado en las calles desiertas de los mexicanos vencidos y usando de mesa la biga de nuestra carreta, intentaré describirte a Monterrey y a sus alrededores.
El 24 de enero yo y 24 compañeros de nuestra compañía dejamos Camargo hacia Monterrey vía Pontaguda (Sic)[5], Cerralvo y Marín, como parte de la escolta de la recua de mulas con más de 800 cargadas con provisiones para nuestro ejército.
Nuestro segundo día de marcha nos condujo a Mier, un pequeño y hermoso pueblo a unas 25 ó 30 millas al noroeste de Camargo. El siguiente día alcanzamos Chiterona, la localidad en que Canales se abastece de agua, una corriente pequeña y fresca proveniente de las montañas. Allí nos detuvimos un día a causa de la lluvia. Un día que no olvidaré jamás.  Mientras nuestros arrieros mexicanos se hallaban por el camino en su faena sobre sus mulas, descubrieron un cadáver. Vinieron a reportarlo diciendo que se trataba de un americano. El teniente Cully[6] destinó a 8 hombres para dar sepultura al cuerpo.   Guiados por los mexicanos, salimos en su búsqueda y después de un corto trayecto, llegamos al lugar. Mientras nos acercábamos al cadáver una nube de pájaros hizo una estampida sobre su impío banquete llenando el aire con graznidos tan discordantes que me erizaron el pelo y helaron mi sangre. Imagina lo que sentí   cuando descubrí en el asesinado a un conocido: el teniente Miller de la Compañía de Mount Vernon. El había salido unos días antes con un tal Winne de la misma compañía (un hermano de Winne que se encarga, o se encargaba, de la Casa Neil). Inmediatamente comenzamos la búsqueda de Winne, pero no lo encontramos. Encontramos el lugar donde fue asesinado y arrastrado hasta Chiterona, y no dejaron rastro de él. Los lobos y buitres devoraron el cuerpo del teniente Miller. Tenía un disparo en la parte derecha del pecho, la cara cortada y golpeada al punto de quedar casi irreconocible a sus propios compañeros. Los ladrones lo desnudaron totalmente, exceptuando su camisa, y tenía el cuerpo contorsionado. Imposible describirlo. Con una pala cavamos su tumba

Lenta y tristemente lo recostamos
No dijimos una sola palabra de lamento,
Sólo lo miramos fijamente
Y pensamos con tristeza en el mañana.

Cubrimos su tumba con tierra, cortamos y arrastramos nopales, que crecen 10 y 15 pies de alto y cubrimos su sepultura con una barrera infranqueable para los lobos y los inhumanos ladrones, pues lo arrastrarían de su humilde sepulcro contra su voluntad. Pusimos una marca en el lugar y seguimos nuestro triste camino, sin pensar ni por un momento que una tragedia mayor se pudiese perpetrar en el mismo sitio.  Pero llego un “exprés” anoche, con noticias de que 8 voluntarios más habían sido ejecutados allí. No pude saber quiénes eran. Pero temí que fuesen de la compañía F de la Guardia de Columbus  porque acababan de dejar Pontaguda cuando pasábamos, pero no hay certeza de quiénes sean. El Cap. Latham[7] partió hacia este lugar 8 días antes que nosotros  por una nueva ruta, y no había llegado. Envió un “exprés” al teniente coronel Irwin[8] a Cerralvo (a una distancia de unas 4 millas) avisando que estaba rodeado y pedía ayuda inmediata. Pero no hubo suficientes tropas para auxiliarlo. Escuché, sin embargo, que pudo escapar a salvo. Le fue robada parte de su recua de mulas, pero  acogiéndose al juez de paz, obtuvo las mulas necesarias, y ahora se encuentra cruzando el “camino tortuoso”  hacia este lugar”.



Fragmento de la Carta de J.W publicada en la revista National Register de Abril de 1847




[1] Es posible que se trate del teniente segundo Joseph W. Filler del 3er regimiento de Voluntarios de Ohio por 12 meses recibido en Junio del 46 y retirado en junio del 47.   Aparece en la lista de Veteranos de Guerra
[3] Charles D. Miller del 2º regimiento de Voluntarios de Ohio ROBARTS, Hugh WM. Mexican War Veterans a complete Roster of the Regular and Volunteer Troops in the War Between the United States and Mexico, from 1846 to 1848 Bretano´s A. S. Witherbee & Co. Proprietors, Washington, D.C. 1887., p.  67.
[4] El texto original en inglés se encuentra en la revista Niles´ National Register No. 5 Vol XXII Baltimore April 3, 1847 p. 72 https://archive.org/details/nilesnationalreg72nile  http://heinonline.org/HOL/LandingPage?handle=hein.journals/nilesreg74&div=8&id=&page=
y se puede leer on line en una versión digitalizada en la página web  The Mexican-American War an the Media, 1845-1848 http://www.history.vt.edu/MxAmWar/Newspapers/Niles/Nilesf1847MarApr.htm#NR72.071April31847MONTEREYLETTER
[5] Pontagida Sic por Puntiagudo. General Treviño, NL.
[6] Teniente Primero Murrin E. Cully. Cfr. ROBARTS, Hugh WM. Mexican War veterans…, p. 67.
[7] Capitan William Mc Laughlin (?) Ibidem.
[8] Teniente Coronel William Irvin [former Sec 1t 4. U.S. art] Ibidem. 

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