Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calles. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 1/8 (Sábado)

Una Semana Siniestra en Monterrey,  Agosto 21-28 de 1909.


Sábado 21 de Agosto

Eran como las 10 y media de la noche. Después de un largo día de trabajo, el inspector de policía, Don Ignacio Morelos Zaragoza se retiraba a descansar. Pensaba quizá en la tragedia ocurrida sólo dos semanas antes, en la que él mismo había estado tratando de socorrer a sus compatriotas y cumplir su deber. 

– “¡Los pobres vecinos de San Luisito…!” – cavilaba – “cuando la naturaleza dice “aquí estoy” es mejor echarse a un lado….”  

Pensaba que la imagen del Río Santa Catarina lleno, con sus rugientes y feroces corrientes de lado a lado, iba a permanecer en su memoria para el resto de su vida. Y hacía solo 15 días (el 7 de agosto) esas crueles aguas se habían desbordado matando a por lo menos unas 15 personas. 

 "Pero la vida tiene que seguir y yo me voy a descansar…”  

Perdido en estos pensamientos se encontraba nuestro buen inspector de policía de la ciudad, cuando llegaron a darle el aviso: 

– “Se quema, se quema el palacio, mi coronel. La botica del León está en llamas”
                    
La oficina del inspector de policía, situada en la Calle de San Francisco, no se hallaba muy distante del lugar del incendio. Solo la separaban unas tres cuadras y media.  Pero con un fuego no se vacila.  

– “No hay tiempo qué perder” – se dijo el inspector a sí mismo y subió a un carruaje. A toda velocidad llegó al lugar.  Ya empezaba el ajetreo en aquel punto. El Cabo Diego Sáenz, y el gendarme Carlos Rivera, quienes habían sido los primeros que se percataron del incendio, habían visto las llamas asomarse por las ventanas de los pisos superiores de un inmueble de 4 pisos, propiedad de la empresa Bremer, situado se en la calle del Dr. Mier entre Escobedo y el callejón de Paras. Avisaron al velador de la Botica: Don Onofre Cantú. Y Éste, por su parte, dio aviso a Don Manuel Vela, que era el farmacéutico de guardia aquella funesta noche del sábado 21 de agosto de 1909.


Plano de la Cuadra incendiada en  El Imparcial diario ilustrado de la mañana,  23-08-1909 


El miedo invadía el alma de aquellos hombres. En el lapso de pocos años,  habían presenciado en la ciudad los incendios de dos teatros, de la casa de Carr., de la carrocería de Warden y de las oficinas del periódico “Monterrey News”. Era como si hubiese caído una maldición sobre la ciudad y el fuego, como un amante celoso, la visitara solo para hacerle daño. Sin embargo, aún no sabían estos buenos hombres, que en esta ocasión iba ser aún peor. Los anteriores incendios, comparados con éste, iban a parecer tímidas luminarias públicas.   

Quien más angustiado debió estar, era Don Manuel, el farmacéutico, pues conocía el peligro inminente y la reacción de los elementos químicos en contacto con el aire, el agua y, sobre todo, con el fuego. Aún más, estaba al tanto de las cantidades de materiales químicos acumulados en el laboratorio y las bodegas, los explosivos almacenados en el sótano. Conocía muy bien el depósito de esa sustancia, relativamente nueva, llamada gasolina,  la cantidad de litros que poseía de ella la droguería y lo inflamable que era... No era el momento para amedrentarse. Junto con el miedo se cerniría el valor y el sentido de la lealtad. Lo primero que debió hacer, sin duda, fue dirigirse a las viviendas de los propietarios, por si no se habían percatado aún de las llamas. Fue a dar aviso a Doña Julia Barrera, la esposa de Don Roberto Bremer, a los demás miembros de la familia y a la servidumbre que pudieran hallarse en su vivienda, situada  en el piso superior de la Botica del León, antiguo palacio de gobierno.

Efectivamente  la familia Bremer y la de Don Juan Reichmann vivían en el segundo piso de la Droguería. Pero, hombres de negocios al fin, ninguno de los dos jefes de familia se encontraban en casa en aquel momento. Don Roberto se hallaba en la Ciudad de México. Algún periódico de la época informó que estaba ausente por problemas de salud.  Debió enterarse del siniestro por vía telegráfica, del mismo modo que el Señor Reichmann, quien se hallaba en Saltillo. Pero Doña Julia sí estaba en su hogar para presenciar, en breve, la pérdida de su vivienda, del negocio familiar,  de sus alhajas y de parte de sus bienes.


Don Roberto A. Bremer, su esposa Doña Julia Barrera Treviño de Bremer y familia c, 1921. Foto cortesía de Billy Bremer.

Mientras unos daban aviso y ayudaban a la Señora de Bremer a salir del inmueble, el inspector de la policía, Don Ignacio Morelos y los gendarmes ingresaban al patio de la propiedad. Aquel patio era un lugar de convergencia entre los edificios, especialmente entre los dos inmuebles de la empresa Bremer. Al momento, Don Ignacio y los gendarmes, escucharon un estallido y, tras él, todos quedaron completamente a oscuras en medio de aquel patio y del inminente peligro pues desconocían el terreno. “El señor inspector de Policía logró al fin encontrar la salida, y sin perder la calma, mandó traer una extinguidora, que no pudo ser empleada, debido a la violencia con que aumentaba el fuego.”

Las llamas amenazaban avanzar muy rápidamente. ¿Pero qué las habría provocado? Se preguntaban. ¿Sería un accidente o la obra de algún frenético reyista queriendo perjudicar al General Treviño en la persona de sus descendientes, como declaró más tarde un periódico? En ese momento era imposible saberlo. La verdad es que no había un trasfondo político en la tragedia. Una vulgar chispa eléctrica, desprendida de un cableado defectuoso en el laboratorio químico, era la causante de aquel desastre.

La empresa Bremer y Cía., tenía, en aquel año de 1909, dos edificios adjuntos (podemos decir que uno detrás del otro) en la manzana circundada por las calles Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. Uno, había sido el antiguo palacio de Gobierno que hacía esquina en Morelos y Escobedo. Según el corresponsal del Diario de México, por el lado de Escobedo se encontraba la Botica del León, y por el lado de Morelos, la Droguería Bremer. Pero es el único de entre los reporteros de la época que señala esta diferencia. Todos los demás las mencionan indistintamente o como sinónimos.

El otro edificio de la compañía Bremer era uno de 4 pisos, nuevo, diseñado por el famoso arquitecto Alfredo Giles, cuya fachada daba hacia la calle del Dr. Mier. Era en el 3º ó 4º piso de este último, en donde se situaba el laboratorio de la Droguería, sobre la sucursal del establecimiento de “El Puerto de Liberpool”, que ocupaba las dos primeras plantas. Este almacén cuya matriz se encontraba en Torreón, comercializaba con ropa. En los periódicos se le llama “Cajón de Ropa”. Quizá el hecho de encontrarse el laboratorio y el almacén de ropa en un mismo edificio hayan provocado, además de la propagación acelerada del incendio, las discrepancias entre los reporteros de la época. Algunos informaban que el incendio se originó en la droguería y otros, que había dado inicio en el Cajón de Ropa.


Calle de Padre Mier Hacia el Poniente desde el Callejón de Paras. A la derecha, en la esquina la ferretería Sanford y contigua a ella hacia su derecha, el edificio propiedad de los Sres. Bremer en el que se encontraba el laboratorio químico y el Cajón de Ropa El Puerto de Liverpool.

Después de aquella primera explosión, las llamas avanzaron agilizándose. El fuego tenía prisa. Y el miedo comenzó a abrirse paso en el corazón de los presentes. A la vez que convocó a la población curiosa. Y el pueblo regiomontano se dio cita ante aquella desdicha.

Los materiales altamente inflamables utilizados en el laboratorio para la elaboración de los medicamentos, debieron servir de rápido combustible y eficaz alimento para las llamas que se transmitieron velozmente a los pisos inferiores del edificio en donde los tejidos, telas y ropas fueron también material propicio para incrementar el fuego.

Durante las noches del agosto regiomontano no suele soplar el viento. Es más, parece que no hay ni aire y uno piensa que se va a ahogar. Pero en aquel momento, a pesar de todo, aquello fue una bendición. Sólo una brisa ligera soplaba del Norte. Las llamas continuaron expandiéndose rápidamente hacia la Botica del León y hacia la Ferretería Sanford. Ésta era un edificio de dos plantas. Y al igual que el de la Botica del León, su segunda planta debió haber sido vivienda de sus propietarios o de empleados de confianza. El señor John Bertrams Sanford, vicecónsul de Gran Bretaña en Monterrey desde 1907, tampoco se encontraba allí al momento del incendio. Estaba de viaje por la ciudad inglesa de Birminghan, a donde se le comunicó de la desgracia por vía telegráfica.

Ya los empleados y encargados de todos los negocios de la cuadra habían comenzado a sacar las mercancías para ponerlas a salvo y ayudaban, en cuanto les era posible a contener el fuego. Especialmente en aquella ferretería, que comercializaba con productos mineros y manejaba grandes cantidades de pólvora y dinamita.

Repentinamente comenzaron a escucharse detonaciones sucesivas – escribe el corresponsal del Diario de México - que en los primeros momentos sembraron el más espantoso pánico, pues se supuso que sería la dinamita que se sabía había almacenada en la ferretería Sanford, la que estaba y se presumía con razón, que cuando menos una gran parte de la ciudad estaba en inminente peligro de volar; pero afortunadamente el terrible explosivo había sido sacado a tiempo. El temor del pueblo fue momentáneo, pues en efecto se repusieron del primer espanto y con verdadero heroísmo volvieron a la faena de apagar el fuego. Las detonaciones que habían escuchado, provenían de los tambores de amoniaco que reventaban al contacto del fuego y de un depósito de gasolina”.

Por su parte muchos de los frascos con sustancias medicinales de la estantería de la Botica explotaban al contacto con el fuego. Aquella cantidad de “pequeños” estallidos tipo petardo parecía el simulacro  de una batalla de guerra.

Y si como al rededor de las 10:00 pm había comenzó el fuego,  a las once ya las llamas se expandían por casi toda la manzana. Las continuas explosiones causadas por los materiales inflamables y la gasolina provocaron la voracidad del fuego que llegó a elevarse por “cientos de metros”. Era imposible aplacarlo.

Toda la ciudadanía estaba en vilo. Temblaba cada vez que irrumpía una explosión. Aquella noche debió ser toda caótica. Se mandó llamar a los bomberos de la cervecería Cuauhtémoc y los de las Fundiciones de Fierro y Acero, quienes acudieron “todo lo violentamente que les fue posible, instalando convenientemente los aparatos y mangueras”.
Y mientras la mayoría de los civiles procuraban ayudar, el populacho aprovechaba la coyuntura para apoderarse de cualquier objeto dejado atrás.

El Ingeniero Don Genaro Dávila dirigió las maniobras de los bomberos, quienes estaban estrenando los materiales que se habían comprado después del incendio del Teatro Juárez. El alcalde de la ciudad Don Pedro Martínez, ordenó los trabajos de salvamento. “El Jefe del día, Coronel D. Tomás Castro se presentó acompañado de su ayudante el Capitán Miguel Ruiz Durán, al Jefe de la zona, General Don Gerónimo Treviño, quien le ordenó que llevara todas las fuerzas federales a fin de cuidar las mercancías, los libros, los muebles y objetos que se había logrado poner a salvo del contacto directo del fuego y que encontraban tirados en el arroyo. Todas las bocacalles de la mencionada manzana quedaron cerradas por los soldados, a fin de evitar que la plebe se llevara los objetos que estaba allí abandonados”.

La ciudad estaba dominada por el caos, de tal manera que nadie debió haber sabido cuando acababa un día y empezaba el otro.

Monterrey despedía aquel día entre sustos y explosiones. “una de las cuales – reportó el corresponsal del diario El Imparcial de la Ciudad de México – lanzó  a gran altura, en el aire, una pieza de maquinaria, que al caer rompió el techo y los pisos del edificio hasta llegar al fondo. Estas explosiones hicieron elevarse las llamas a quinientos pies de altura. Durante este tiempo, las llamas salieron por todas las ventanas del lado de la calle del Dr. Mier, amenazando a los edificios situados en frente, siendo el principal de ellos el ocupado por la compañía de Cilindros de Parras. La atención fue dedicada, principalmente, a salvar la propiedad situada frente al edificio incendiado. Corrientes de agua fueron echadas en los edificios y debido al aire la parte Norte de la calle se salvó.

Otra explosión increíble, o quizá otra versión de la misma,  es narrada por el corresponsal de El Diario de México: “Cuando el fuego invadió la droguería, estalló un tambor de ácido carbónico y la envoltura, volando con terrible fuerza, saltó desde el segundo piso hasta unos cincuenta metros de altura, volando por encima de las azoteas y yendo a caer en el edificio del Banco Mercantil, situado en la esquina de Zaragoza y Morelos, donde agujeró dos pisos, cayendo al tercero, donde se hundió, no sin antes lesionar al velador Mariano Galván. EL porrón pesaba cuarenta y cinco kilos”.


Y así terminaba aquel día fatídico entre estallidos y confusión.

martes, 23 de junio de 2015

Viaje del Coronel Stowe al México Antiguo (1892) Parte III

San Luis Potosí,  Ciudad de México y Veracruz


El coronel Stowe continúa el relato de sus experiencias a través de México en Luis Potosí “una ciudad de 65 mil almas (700 americanos)”. En aquella ciudad se hace notar la existencia de una guardia policial abundante a pesar de que allí, según el coronel, “no hay armas de fuego” y “casi no hay ladrones”. 

Tren El Nacional Mexicano en la estación de San Luis Potosí, 1904 Waite, C. B. (Charles Burlingame) DeGolyer Library, Southern Methodist University

Dato interesante es la visita a la casa de la Moneda:

Visitamos la casa de la moneda – escribe Stowe – propiedad  de particulares, donde cada uno toma su lingote y lo divide en monedas por sí mismo. Sólo un oficial del gobernador se haya presente para ver que el número correcto de granos de plata es usado en la acuñación de la moneda. Aquí hay libre acuñación, simple y sencillamente, e incluso inflación. Y la gente se pregunta por qué con la protección excesiva y la ley de compra de productos dentro de la republica, no son tan prósperos como en Estados Unidos. La plata fluctúa diariamente, y por 100 dólares norteamericanos recibimos en la frontera 141 dólares mexicanos, y el dólar Mexicano contiene más granos de plata que el Americano”.

El autor señala, entre otras muchas cosas, que en San Luis Potosí no logró ir a una corrida de toros por coincidir su estancia allí con la Semana Santa. De paso describe la cruel versión de la “gallinita ciega” de mi infancia: “Una pelea de toros debía haber tomado lugar durante nuestra estancia, pero se suspendió por el Domingo de Ramos […] los mexicanos aman este tipo de deportes porque es algo que contiene sangre, algo que es cruel. Los muchachos pequeños pueden enterrar una gallina con solo su cabeza visible sobre el suelo y entonces vendan a uno de sus compañeros, le dan varias vueltas para que pierda el sentido de la dirección, lo colocan 10 pies de distancia de la gallina, le dan un palo de 10 pies y todos reirán tanto al ver como aquél pierde, golpea o mata a la gallina. El pobre y paciente burro o mula también recibe su castigo”.

En esta ciudad donde “los pobres son muy pobres y los ricos son muy ricos” un lugar de mucho interés para el Coronel fue la fábrica de cigarros que, por cierto, allí, “no son nocivos”. “Debe hacerse mención – escribe Stowe – de  la gran fábrica de cigarros localizada en San Luis Potosí. En un salón unas 400 muchachas están sentadas en bancas bajas, cada una con un recipiente de tabaco que enrollan con dedos hábiles hasta convertirlo en el “letal cigarro”. Pero los cigarros que aquí se elaboran no son nocivos. En este salón había un altar, decorado con plata, bolas de vidrio y oropel, que tenían ofrendas sobre el piso alrededor extendidas por muchos pies. Estas consisten en naranjas con pequeñas banderas clavadas en ellas, o un centavo, un plátano y muchas otras pequeñas cosas que estas pobres muchachas pudiesen ofrecer al altar de la Virgen. En cada uno de estos salones había altares empotrados en la pared, todos llamativos, todos humildes, pero todos con sus devotas ofrendas.

Continúa su recorrido hacia la ciudad de México. De ella, el coronel, no detalla sus edificios porque “se han descrito ya exhaustivamente en las guías y por los viajeros – dice  Stowe – Pero la representación de la Pasión no se ha descrito antes y verla una sola vez en la vida es más que suficiente.”

En esta parte del artículo el coronel narra la procesión tradicional del Viernes Santo y las costumbres de Semana Santa: elegantes procesiones, cruentos Cristos, campanadas a las 10 de la mañana, todos los vendedores ambulantes ofreciendo “artículos para hacer ruido”, judas que cuelgan por la calle, etc.

El siguiente destino de esta jornada fue la ciudad de Veracruz. El coronel describe el viaje con sus barrancos y precipicios, el polvo y el calor. Le parece que esta parte del país es muy diferente al resto.

Concluye su artículo:

En general, nos gusta México, nos gusta su originalidad, nos gusta su gente  aquellos que son educados, sus casas, sus productos y su clima. Hay un gran futuro delante de este país. Puede que no se alcance por años, pero seguro llegará. La pregunta en mi mente es, si fue fundado por los egipcios o si gente de este país fundó Egipto”.

El coronel Stowe, Masón de grado 33, al finalizar su artículo agradece a los personajes que le facilitaron su estancia en este viaje, pero además “a los Masones Libres en cada ciudad que visitamos, quienes abrieron los salones de su logia y sus casas y armas para recibirnos. Para el beneficio de nuestros lectores que son Masones Libres digamos que un masón viajando por México siempre encontrará amigos. La masonería del Rito Escocés está creciendo rápidamente. El Presidente Díaz está a la cabeza y la mejor gente en la república incluyendo todos los oficiales del gobierno tanto de la república como de los diferentes estados, son altos masones. Las oficinas principales del grupo, presididas por el Grand Comendador Cantone, está en la ciudad de México, en el edificio que una vez fue usado por la inquisición de la Iglesia”.

James Stowe fue un hombre sensible y solidario hacia México. Parece interesarse por el buen funcionamiento de los negocios mexicanos. Escribe “Los acuerdos de reciprocidad propuestos entre los Estados Unidos y la república de México serán, creemos, recibidos con mucho agrado por los ciudadanos, pero los comerciantes extranjeros en México y Centro América llevarán una cruzada activa en su contra. El descenso en los precios de la plata (ahora valorada a 1.47 por 1 dólar americano) está provocando serios perjuicios a los negocios en general.”

 Y agrega dejando clara su simpatía hacia México: “Antes de entrar a este país, chocamos con el socarrón que nos propuso hacer una buena comida antes de dejar los Estados Unidos, llevar nuestras toallas, jabón y velas. Pero encontramos la mejor comida por todos lados y la mejor cocina. No tuvimos necesidad de comprar ningún jabón, toalla o vela. En cada hotel, excepto uno, encontramos agradable jabón y suficientes toallas. Los baños son lujosos, todos con fragantes pastillas de jabón, toallas, ropa de baño, cepillos y peines limpios”.

Es una lástima que las fotos kodak de T. H. Turner prometidas en la primera parte del artículo no aparezcan por ningún lado. Seguiré buscándolas. En su lugar el artículo tiene dos dibujos. Coloco aquí uno de ellos por tratarse de mi personaje olvidado favorito de la historia de México. El Aguador, en este caso dos aguadores mexicanos.





viernes, 19 de junio de 2015

Viaje del Coronel Stowe al México Antiguo (1892) Parte II

El Coronel Stowe en Monterrey se hospeda en el Hotel Hidalgo.


Cada detalle del recuento del Coronel Stowe durante su estancia en la ciudad de Monterrey en 1892 es interesante para quien tiene el deseo de viajar al pasado. Datos anecdóticos y detalles históricos se mezclan en el relato ameno de un hombre culto. No me parece ver el dejo de criticismo o sarcasmo que he encontrado en otros relatos de turistas norteamericanos de la época, ni el espíritu mesiánico de los misioneros que veían idolatría en cada costumbre nativa. Describe las costumbres, le parecen extrañas, pero no las critica. El coronel se deja seducir por la hospitalidad del mexicano común, por su sencilla y colorida vestimenta y por la sonrisa de los niños. La impresión causada por la experiencia regiomontana, se puede decir que fue excelente: las montañas con sus “peculiares formas”, el hotel Hidalgo y su “patio interior de arquitectura morisca”, la gente que “fuma por todas partes”, las plazas, las iglesias “erigidas hace cientos de años”, todo parece ser bueno. No hay queja. Pero dejemos que el propio Coronel nos cuente su experiencia.

“Llegamos a Monterrey a las 5:30 am, donde nuestro carro Pulman fue puesto a un lado para que los pasajeros pudiesen disfrutar un sueño imperturbable hasta que quisieren levantarse. Ésta es otra prueba de que la cortesía del Nacional Mexicano y su deseo por la comodidad de sus pasajeros y este viaje, es justo tan hospitalario, tan cortés y tan amable como su gente. Todos sus oficiales son tan atentos y complacientes que es un placer viajar con ellos. Incluso el “train boy[1]  mexicano, a diferencia del americano, es mucho más caballeroso y no molesta a los pasajeros para que compren – y esta cortesía incita a comprar más que si fuese de otra manera.

Monterrey, “Montaña del Rey” es una ciudad de 50 mil almas, 2 mil pies sobre el nivel del mar, yace al pie de las montañas de la Sierra Madre. Difiere de cualquier otra cadena montañosa en todo el globo. Se alzan sobre el encantador valle y se yerguen despejadas contrastando con el claro y azul cielo. Sin vestigios de vegetación, labrados con profundas grietas, adquieren peculiares formas de las que reciben sus nombres tales como, silla, mitra, etc. Sorprenden a la vista del espectador con asombro y por las mañanas lucen como oscuras y portentosas nubes.

Un día semejante a los de junio nos saluda, nos saludan caras alegres y un buen hotel, el Hidalgo, nos espera. Este hotel está situado junto a la plaza, verdea con árboles y arbustos, todo nuevo para nosotros. La municipalidad  o palacio, da frente a la misma escena.
¿Cómo pudiésemos describir esta encantadora ciudad, más digna de visitar que muchas ciudades del viejo mundo tan justamente elogiadas? ¿Cómo pudiésemos hablar de sus hermosos jardines, retoñando  con hermosas flores de la variedad de tonos con que este país está bendecido – jardines verdes con el follaje de muchos árboles, donde la fruta dorada descansa sobre paredes de piedra, iluminando las henchidas ramas?
El Hotel Hidalgo tras la estatua, lugar donde se hospedó el Coronel Stowe en 1892.

Todas las casas son de un piso, en blanco puro aliviado por verdes persianas y si tienen ventanas, protegidas por barrotes. Muchas de las casas tienen una sola puerta, algunas con puerta y ventana pero todas protegidas con barrotes de hierro o rejas – una costumbre adquirida del tiempo de las revoluciones, cuando la protección era necesaria. Las calles son estrechas y las paredes amplias – las calles convergen en el centro. Todos fuman por todas partes, sobre carros, en el teatro, en la mesa y en la casa, hombres, mujeres y niños. Manadas de burros sin brida y cargados con todo tipo de productos van por las calles, arreadas por un hombre o muchacho que los controla bien. Trabajadores por todas partes arreglan calles y edifican casas ya que aquí la mano de obra es barata, entre 18 y 50 centavos al día. La tranquilidad prevalece por todos lados, porque las ciudades mexicanas están entre las ciudades más vigiladas del mundo, tanto civil como militarmente, de pie y a caballo, y abundantemente. La vida es barata – tortillas y frijoles son la dieta de los pobres trabajadores. El maíz es un alimento elevado, crece en campos de riego. Antes de las lluvias de junio la segunda cosecha será plantada. Aquí no se muele el maíz, sino se hierve en agua con cal para remover la cáscara, entonces se tritura entre dos piedras hasta obtener una pulpa, luego se sala y se fríe en la plancha o en la piedra y se convierte en tortillas, el principal alimento de los pobres y favorito de todo mexicano. Para proveer  a una familia ordinaria con tortillas, la mujer debe comenzar a trabajar a las 2 am. La piedra cuadrada, ligeramente cóncava, y el mortero en forma de rodillo son el orgullo de toda ama de casa.

Todas las casas están construidas en torno a un espacio cuadrado, con un jardín interno de acuerdo a los gustos y posibilidades financieras de su dueño. Las paredes son gruesas para que no entre el calor. ¡Qué vistas se roban a través y más allá de las puertas abiertas y rejas hacia dentro del fresco y sombreado refugio!  ¡Qué gente tan hospitalaria son estos mexicanos! Cada cuarto tiene al menos 12 sillas. Son gente hospitalaria porque te saludan con una sonrisa y una palabra amable. Te ofrecen una despedida con un  “bienvenido”.  Cortesía, hospitalidad, amabilidad y buena voluntad son heredadas. Qué encantadores son los niños, con sus oscuros y brillantes ojos, sus dientes de perla y complexión color crema. ¡Y qué alegres son! Incluso los ancianos son simpáticos de ver y las indias ancianas tienen una expresión maternal y amable en sus arrugados rostros.
Figure 2 “Qué encantadores son los niños, con sus oscuros y brillantes ojos, sus dientes de perla y complexión color crema. ¡Y qué alegres son!”
La imagen procede del libro de Jasper T. Moses, Today in the land of tomorrow, 1907



Los trajes son de todas las variedades – pobreza y abundancia se dibujan por igual. Muchos usan sandalias, las recias chancletas de cuero cruzadas entre los dedos y atadas alrededor del tobillo. Pero dignos zapatos de cuero adornan el pie de los prósperos.

Visitamos las iglesias, erigidas hace  cientos de años, y escuchamos los oficios; la escuela para muchachos, todos recitando al unísono; la estación de policía, escoltada por gendarmes en uniformes blancos, armados con carabinas y con la apariencia más de soldados que de policías. Tomamos un carro, tirado por una mula muy pequeña guiada durante todo el trayecto por el muchacho arriero hasta la falda del cerro más allá de la ciudad y vimos con deleite el excepcionalmente hermoso panorama del valle y la montaña y abajo la pintoresca ciudad. Visitamos las nobles ruinas de lo que fue una iglesia y el palacio del obispo, alguna vez provisto con nave y capilla pintadas y labradas, con celdas y tapetes. Después volvimos al hotel, el amable conductor corriendo de regreso una cuadra para decirnos que él nos estaba esperando.

Nuestros cuartos dan hacia un patio interior de arquitectura morisca, todas las puertas dirigidas hacia el balcón. El cuarto no tiene ventanas, pero no son necesarias en este clima, con sus frescas noches y mañanas. Hablando del clima, venid y descubridlo, sentidlo, respiradlo y ¡renovad vuestra vida!

Las iglesias están siendo constantemente reconstruidas o se le hacen adiciones a las mismas, ya que por lay, si están terminadas, las contribuciones deben cesar y comienza el pago de impuestos. Por las noches bandas pagadas por el gobierno tocan en la plaza, gente de todas las clases pasea bajo la luz eléctrica y todos parecen estar felices, sin importar su condición.

Monterrey tiene unos 3 mil residentes americanos, y se le llama la ciudad americana de la república. Tiene una fundidora, talleres mecánicos, dos fábricas de cerveza y varios hornos para fundición. Y están iniciando trabajos hidráulicos.
 
Hay todo tipo de vestimentas y de todos colores, sombreros de todas las formas y precios, cónicos como una corona, de ala ancha y de todos los precios desde $10 hasta $150, mantas de colores, vestidas con gracia por los más pobres, gruesas y tibias y pareciera que protegen tanto del calor como del frío, mientras que los pies están descalzos o protegidos solo con unas sandalias de cuero.

Pintoresca es la palabra que describe la vestimenta del nativo. Extraña y primitiva, la gente y su vivienda. El amor es intenso entre ellos y el abrazo de despedida en el mercado entre padre e hijo si el anterior está dejando la casa tal vez por vez primera, es sincero y verdadero. Vimos hombres y mujeres montar juntos a lomo de caballo, la mujer siempre adelante. Cerdos, perros y gallinas, todos flacos y demacrados corren por las calles.

Dejamos Monterrey hacia San Luis Potosí, y nuevamente tomamos el tren Nacional Mexicano, la ruta más corta entre los Estados y la ciudad de México."




[1] Train boy: muchacho o persona que vende una variedad de artículos en el tren como periódicos, dulces, bebidas, etc.

Entradas populares