sábado, 19 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 1/8 (Sábado)

Una Semana Siniestra en Monterrey,  Agosto 21-28 de 1909.


Sábado 21 de Agosto

Eran como las 10 y media de la noche. Después de un largo día de trabajo, el inspector de policía, Don Ignacio Morelos Zaragoza se retiraba a descansar. Pensaba quizá en la tragedia ocurrida sólo dos semanas antes, en la que él mismo había estado tratando de socorrer a sus compatriotas y cumplir su deber. 

– “¡Los pobres vecinos de San Luisito…!” – cavilaba – “cuando la naturaleza dice “aquí estoy” es mejor echarse a un lado….”  

Pensaba que la imagen del Río Santa Catarina lleno, con sus rugientes y feroces corrientes de lado a lado, iba a permanecer en su memoria para el resto de su vida. Y hacía solo 15 días (el 7 de agosto) esas crueles aguas se habían desbordado matando a por lo menos unas 15 personas. 

 "Pero la vida tiene que seguir y yo me voy a descansar…”  

Perdido en estos pensamientos se encontraba nuestro buen inspector de policía de la ciudad, cuando llegaron a darle el aviso: 

– “Se quema, se quema el palacio, mi coronel. La botica del León está en llamas”
                    
La oficina del inspector de policía, situada en la Calle de San Francisco, no se hallaba muy distante del lugar del incendio. Solo la separaban unas tres cuadras y media.  Pero con un fuego no se vacila.  

– “No hay tiempo qué perder” – se dijo el inspector a sí mismo y subió a un carruaje. A toda velocidad llegó al lugar.  Ya empezaba el ajetreo en aquel punto. El Cabo Diego Sáenz, y el gendarme Carlos Rivera, quienes habían sido los primeros que se percataron del incendio, habían visto las llamas asomarse por las ventanas de los pisos superiores de un inmueble de 4 pisos, propiedad de la empresa Bremer, situado se en la calle del Dr. Mier entre Escobedo y el callejón de Paras. Avisaron al velador de la Botica: Don Onofre Cantú. Y Éste, por su parte, dio aviso a Don Manuel Vela, que era el farmacéutico de guardia aquella funesta noche del sábado 21 de agosto de 1909.


Plano de la Cuadra incendiada en  El Imparcial diario ilustrado de la mañana,  23-08-1909 


El miedo invadía el alma de aquellos hombres. En el lapso de pocos años,  habían presenciado en la ciudad los incendios de dos teatros, de la casa de Carr., de la carrocería de Warden y de las oficinas del periódico “Monterrey News”. Era como si hubiese caído una maldición sobre la ciudad y el fuego, como un amante celoso, la visitara solo para hacerle daño. Sin embargo, aún no sabían estos buenos hombres, que en esta ocasión iba ser aún peor. Los anteriores incendios, comparados con éste, iban a parecer tímidas luminarias públicas.   

Quien más angustiado debió estar, era Don Manuel, el farmacéutico, pues conocía el peligro inminente y la reacción de los elementos químicos en contacto con el aire, el agua y, sobre todo, con el fuego. Aún más, estaba al tanto de las cantidades de materiales químicos acumulados en el laboratorio y las bodegas, los explosivos almacenados en el sótano. Conocía muy bien el depósito de esa sustancia, relativamente nueva, llamada gasolina,  la cantidad de litros que poseía de ella la droguería y lo inflamable que era... No era el momento para amedrentarse. Junto con el miedo se cerniría el valor y el sentido de la lealtad. Lo primero que debió hacer, sin duda, fue dirigirse a las viviendas de los propietarios, por si no se habían percatado aún de las llamas. Fue a dar aviso a Doña Julia Barrera, la esposa de Don Roberto Bremer, a los demás miembros de la familia y a la servidumbre que pudieran hallarse en su vivienda, situada  en el piso superior de la Botica del León, antiguo palacio de gobierno.

Efectivamente  la familia Bremer y la de Don Juan Reichmann vivían en el segundo piso de la Droguería. Pero, hombres de negocios al fin, ninguno de los dos jefes de familia se encontraban en casa en aquel momento. Don Roberto se hallaba en la Ciudad de México. Algún periódico de la época informó que estaba ausente por problemas de salud.  Debió enterarse del siniestro por vía telegráfica, del mismo modo que el Señor Reichmann, quien se hallaba en Saltillo. Pero Doña Julia sí estaba en su hogar para presenciar, en breve, la pérdida de su vivienda, del negocio familiar,  de sus alhajas y de parte de sus bienes.


Don Roberto A. Bremer, su esposa Doña Julia Barrera Treviño de Bremer y familia c, 1921. Foto cortesía de Billy Bremer.

Mientras unos daban aviso y ayudaban a la Señora de Bremer a salir del inmueble, el inspector de la policía, Don Ignacio Morelos y los gendarmes ingresaban al patio de la propiedad. Aquel patio era un lugar de convergencia entre los edificios, especialmente entre los dos inmuebles de la empresa Bremer. Al momento, Don Ignacio y los gendarmes, escucharon un estallido y, tras él, todos quedaron completamente a oscuras en medio de aquel patio y del inminente peligro pues desconocían el terreno. “El señor inspector de Policía logró al fin encontrar la salida, y sin perder la calma, mandó traer una extinguidora, que no pudo ser empleada, debido a la violencia con que aumentaba el fuego.”

Las llamas amenazaban avanzar muy rápidamente. ¿Pero qué las habría provocado? Se preguntaban. ¿Sería un accidente o la obra de algún frenético reyista queriendo perjudicar al General Treviño en la persona de sus descendientes, como declaró más tarde un periódico? En ese momento era imposible saberlo. La verdad es que no había un trasfondo político en la tragedia. Una vulgar chispa eléctrica, desprendida de un cableado defectuoso en el laboratorio químico, era la causante de aquel desastre.

La empresa Bremer y Cía., tenía, en aquel año de 1909, dos edificios adjuntos (podemos decir que uno detrás del otro) en la manzana circundada por las calles Padre Mier, Escobedo, Morelos y el callejón de Paras. Uno, había sido el antiguo palacio de Gobierno que hacía esquina en Morelos y Escobedo. Según el corresponsal del Diario de México, por el lado de Escobedo se encontraba la Botica del León, y por el lado de Morelos, la Droguería Bremer. Pero es el único de entre los reporteros de la época que señala esta diferencia. Todos los demás las mencionan indistintamente o como sinónimos.

El otro edificio de la compañía Bremer era uno de 4 pisos, nuevo, diseñado por el famoso arquitecto Alfredo Giles, cuya fachada daba hacia la calle del Dr. Mier. Era en el 3º ó 4º piso de este último, en donde se situaba el laboratorio de la Droguería, sobre la sucursal del establecimiento de “El Puerto de Liberpool”, que ocupaba las dos primeras plantas. Este almacén cuya matriz se encontraba en Torreón, comercializaba con ropa. En los periódicos se le llama “Cajón de Ropa”. Quizá el hecho de encontrarse el laboratorio y el almacén de ropa en un mismo edificio hayan provocado, además de la propagación acelerada del incendio, las discrepancias entre los reporteros de la época. Algunos informaban que el incendio se originó en la droguería y otros, que había dado inicio en el Cajón de Ropa.


Calle de Padre Mier Hacia el Poniente desde el Callejón de Paras. A la derecha, en la esquina la ferretería Sanford y contigua a ella hacia su derecha, el edificio propiedad de los Sres. Bremer en el que se encontraba el laboratorio químico y el Cajón de Ropa El Puerto de Liverpool.

Después de aquella primera explosión, las llamas avanzaron agilizándose. El fuego tenía prisa. Y el miedo comenzó a abrirse paso en el corazón de los presentes. A la vez que convocó a la población curiosa. Y el pueblo regiomontano se dio cita ante aquella desdicha.

Los materiales altamente inflamables utilizados en el laboratorio para la elaboración de los medicamentos, debieron servir de rápido combustible y eficaz alimento para las llamas que se transmitieron velozmente a los pisos inferiores del edificio en donde los tejidos, telas y ropas fueron también material propicio para incrementar el fuego.

Durante las noches del agosto regiomontano no suele soplar el viento. Es más, parece que no hay ni aire y uno piensa que se va a ahogar. Pero en aquel momento, a pesar de todo, aquello fue una bendición. Sólo una brisa ligera soplaba del Norte. Las llamas continuaron expandiéndose rápidamente hacia la Botica del León y hacia la Ferretería Sanford. Ésta era un edificio de dos plantas. Y al igual que el de la Botica del León, su segunda planta debió haber sido vivienda de sus propietarios o de empleados de confianza. El señor John Bertrams Sanford, vicecónsul de Gran Bretaña en Monterrey desde 1907, tampoco se encontraba allí al momento del incendio. Estaba de viaje por la ciudad inglesa de Birminghan, a donde se le comunicó de la desgracia por vía telegráfica.

Ya los empleados y encargados de todos los negocios de la cuadra habían comenzado a sacar las mercancías para ponerlas a salvo y ayudaban, en cuanto les era posible a contener el fuego. Especialmente en aquella ferretería, que comercializaba con productos mineros y manejaba grandes cantidades de pólvora y dinamita.

Repentinamente comenzaron a escucharse detonaciones sucesivas – escribe el corresponsal del Diario de México - que en los primeros momentos sembraron el más espantoso pánico, pues se supuso que sería la dinamita que se sabía había almacenada en la ferretería Sanford, la que estaba y se presumía con razón, que cuando menos una gran parte de la ciudad estaba en inminente peligro de volar; pero afortunadamente el terrible explosivo había sido sacado a tiempo. El temor del pueblo fue momentáneo, pues en efecto se repusieron del primer espanto y con verdadero heroísmo volvieron a la faena de apagar el fuego. Las detonaciones que habían escuchado, provenían de los tambores de amoniaco que reventaban al contacto del fuego y de un depósito de gasolina”.

Por su parte muchos de los frascos con sustancias medicinales de la estantería de la Botica explotaban al contacto con el fuego. Aquella cantidad de “pequeños” estallidos tipo petardo parecía el simulacro  de una batalla de guerra.

Y si como al rededor de las 10:00 pm había comenzó el fuego,  a las once ya las llamas se expandían por casi toda la manzana. Las continuas explosiones causadas por los materiales inflamables y la gasolina provocaron la voracidad del fuego que llegó a elevarse por “cientos de metros”. Era imposible aplacarlo.

Toda la ciudadanía estaba en vilo. Temblaba cada vez que irrumpía una explosión. Aquella noche debió ser toda caótica. Se mandó llamar a los bomberos de la cervecería Cuauhtémoc y los de las Fundiciones de Fierro y Acero, quienes acudieron “todo lo violentamente que les fue posible, instalando convenientemente los aparatos y mangueras”.
Y mientras la mayoría de los civiles procuraban ayudar, el populacho aprovechaba la coyuntura para apoderarse de cualquier objeto dejado atrás.

El Ingeniero Don Genaro Dávila dirigió las maniobras de los bomberos, quienes estaban estrenando los materiales que se habían comprado después del incendio del Teatro Juárez. El alcalde de la ciudad Don Pedro Martínez, ordenó los trabajos de salvamento. “El Jefe del día, Coronel D. Tomás Castro se presentó acompañado de su ayudante el Capitán Miguel Ruiz Durán, al Jefe de la zona, General Don Gerónimo Treviño, quien le ordenó que llevara todas las fuerzas federales a fin de cuidar las mercancías, los libros, los muebles y objetos que se había logrado poner a salvo del contacto directo del fuego y que encontraban tirados en el arroyo. Todas las bocacalles de la mencionada manzana quedaron cerradas por los soldados, a fin de evitar que la plebe se llevara los objetos que estaba allí abandonados”.

La ciudad estaba dominada por el caos, de tal manera que nadie debió haber sabido cuando acababa un día y empezaba el otro.

Monterrey despedía aquel día entre sustos y explosiones. “una de las cuales – reportó el corresponsal del diario El Imparcial de la Ciudad de México – lanzó  a gran altura, en el aire, una pieza de maquinaria, que al caer rompió el techo y los pisos del edificio hasta llegar al fondo. Estas explosiones hicieron elevarse las llamas a quinientos pies de altura. Durante este tiempo, las llamas salieron por todas las ventanas del lado de la calle del Dr. Mier, amenazando a los edificios situados en frente, siendo el principal de ellos el ocupado por la compañía de Cilindros de Parras. La atención fue dedicada, principalmente, a salvar la propiedad situada frente al edificio incendiado. Corrientes de agua fueron echadas en los edificios y debido al aire la parte Norte de la calle se salvó.

Otra explosión increíble, o quizá otra versión de la misma,  es narrada por el corresponsal de El Diario de México: “Cuando el fuego invadió la droguería, estalló un tambor de ácido carbónico y la envoltura, volando con terrible fuerza, saltó desde el segundo piso hasta unos cincuenta metros de altura, volando por encima de las azoteas y yendo a caer en el edificio del Banco Mercantil, situado en la esquina de Zaragoza y Morelos, donde agujeró dos pisos, cayendo al tercero, donde se hundió, no sin antes lesionar al velador Mariano Galván. EL porrón pesaba cuarenta y cinco kilos”.


Y así terminaba aquel día fatídico entre estallidos y confusión.

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