sábado, 26 de diciembre de 2015

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 2/8 (Domingo)

Domingo 22 de Agosto de 1909

En medio de aquel caos, el pueblo, alborotado, presenciaba un espectáculo aterrador y al mismo tiempo fascinante.

Las vigas de madera de algunos edificios, cubiertas de ácidos y componentes químicos, salían disparadas de entre la inmensa hoguera como fuegos pirotécnicos con variados colores. Las llamas alcanzaban el cielo quizá, según los informes de los periódicos, hasta una altura de unos 150 metros, iluminando la ciudad “con claridad meridiana” hasta sus más retirados suburbios.

Por su parte, el grupo de rescate estaba compuesto en su gran mayoría por voluntarios, empleados de los establecimientos dañados y gente de buenas intenciones. Los periódicos narran la valiente actitud de dos policías “El señor Librado Tamés y el gendarme número 104”, quienes “quemándose la cara con el candente vaho” permanecieron sosteniendo las mangueras dirigidas hacia el interior de la Botica y, de esta manera,  pudieron detener momentáneamente el avance del fuego. “El pueblo testigo de este rasgo aplaudió frenéticamente a los valientes policías”.

Fragmento de la Primera Página del Diario de México 27 de agosto de 1909

Valientes fueron también los empleados de la ferretería Sanford quienes al recordar que en la negociación se guardaban considerables cantidades de explosivos acudieron a recoger y alejar del peligro “cuarenta cajas de dinamita, algunos sacos de pólvora y numerosos fulminantes”. “La existencia de explosivos que había en la Botica del León – informa el corresponsal de El Diario de Méxicono pudieron ser sacados fuera del edificio, porque se guardaban en un subterráneo, a donde materialmente se hizo imposible poder penetrar, por el calor del fuego. Un derrumbe casual de uno de los muros dio causa a que el citado subterráneo quedara incomunicado con el resto del edificio, siendo éste el único motivo por lo que los explosivos allí almacenados no hicieran explosión. En caso contrario, no se sabe la desgracia tan enorme que hubiera ocurrido.

Al cajero de la droguería Bremer, de nombre Agustín Buentello, también se le consideró valeroso al avanzar “intrépidamente, durante el fuego, para salvar los libros y el dinero, siendo aplaudido por la multitud”.

Toda la cuadrilla de empleados de La Reinera, edificio que logró, junto con el Salón Fausto, no perecer en el incendio, fueron elogiados por el Diario de México. El corresponsal en Monterrey escribe: “El salvamento de la negociación se debió más al auxilio de los empleados que al aislamiento del fuego. Este había invadido ya las cabezas de las vigas del piso superior, introduciéndose por bajo del cielo raso y dificultando con esto las maniobras. Rasgado el cielo se atacó el incendio haciendo uso de mangueras de hule pero como el agua de los tinacos estaba hirviente, el hule se deshacía. Solamente los heroicos esfuerzos de los empleados lograron evitar la propagación”.

Y Continúa: “Es justo consignar sus nombre: llámanse Gonzalo Llaguno, que es el jefe de los empleados, José B. Sáenz, José Barrenochea, Antonio Ayala, José Bilbao, Marcelino Villar, Francisco Salinas, Alfredo Martínez, Bruno Vizcaya, Eudosio Villareal, Florentino Llaguno, Vidal Gómez, José Goroztizaga y Ángel Jáurogul. Los mozos son: Ángel Rodríguez, Juan Valdez, Pascual Cárdenas, Nicolás García y Juan Encontría”.


Interior de La Reinera, Departamento para Señoras. Fuente: Album Conmemorativo del 50 aniversario.

Y como casi siempre sucede, había personas que a pesar del peligro se negaban a abandonar sus hogares. El mismo corresponsal escribe: “Se hacen elogios acerca de la serenidad que demostró la señora esposa del Cajero del Banco de Nuevo León pues permaneció en su domicilio situado frente al foco del incendio, en tanto que el resto de sus vecinos se ponían en cobro. Hubo necesidad de sacarla a la viva fuerza y aún así no pasó de la esquina de la calle”.

Aquella fue una noche caótica. Reinaba la confusión y la desesperación por salvar las pertenencias y mercancías. Pero en ese intento de salvar los bienes se extraviaron y perdieron muchos. En un momento dado se vio caer de los balcones de la casa Sanford un Piano de Cola con valor de más de mil pesos. Naturalmente quedó hecho trizas. Lo peor de todo fue que en la caída hirió en una mano al Sr. Arturo Flyns, de origen alemán.

Durante el incendio, nadie resultó herido de gravedad. Sin embargo algunas personas sufrieron lesiones y quemaduras. Entre ellas se hallaban el velador del Banco Mercantil, Don Manuel Galván, con quemaduras en una mano y algunas otras lesiones ligeras. Escribe el corresponsal de El Diario: “otro alemán, activísimo, que sufrió quemaduras en las manos al sujetarse a los alambres para no caerse desde el tercer piso del laboratorio [fue el Señor] Ernesto Segeth y es dibujante de la Compañía de Agua y Drenage”. A éste, la noche del incendio, el corresponsal lo confundió con Don Juan Reichmann. De él escribe: “estaba verdaderamente como loco, corriendo por las calles y ordenando la salvación de las mercancías”.

La caja fuerte de la casa Stanford fue otro de los objetos que se intentó poner a salvo. Fue sin embargo imposible, se le acercó al balcón y debió desplomarse junto con los techos de la ferretería. El fuego la dejó sellada. 

Hacia la una de la mañana, el departamento de pinturas de la droguería se encontraba en llamas y unos minutos después se desplomaron los techos del ese edificio, antiguo palacio de gobierno. Un poco más tarde una gran parte del muro que daba hacia la calle de Morelos se desplomó llenando la calle de escombros. Pero el incendio estaba quedando reducido y controlado. Para la una y media, el fuego parecía haber quedad confinado y limitado. Se mantuvo durante toda la madrugada una fuerza de gendarmes con la tarea de continuar echando agua a las ruinas llameantes.

Despuntaban las primeras luces del día y las llamas perdían su fuerza. El trabajo en equipo, al final, había dado resultado. El fuego estaba dominado aunque aquella cuadra estaba destruida.


Ruinas de La Botica del León. 22 de Agosto de 1909. Fuente; Fototeca del ITESM
Poco a poco los voluntarios y curiosos se fueron retirando de la escena, no así los empleados, propietarios y encargados de los almacenes y negocios quienes no hubiesen podido dormir aunque quisieran. Su deber era ordenar y poner a salvo las mercancías y bienes de los negocios.

Para los demás pobladores de Monterrey, la vida continuaba en aquella ciudad de unos 80 mil habitantes.

El domingo amanecía. El acostumbrado repicar de las campanas llamaban a la misa de 6 en la Catedral Metropolitana, en San Francisco, en El Roble… En todas ellas se debió celebrar la misa agradeciendo a Dios porque el incendio no causó muertes. Se habían perdido bienes materiales y muchos, pero ninguna vida.

Después de las misas dominicales, los parroquianos continuaron dándose cita en las bocacalles de la manzana incendiada. Aún estaba resguardada por la policía y aún seguían ardiendo las ruinas.  A la luz de ese nuevo día podía apreciarse la magnitud de la desgracia. Ardían los escombros de la Casa Bremer, mientras que el Puerto de Liverpool y la Casa Sanford eran penosos despojos.

A las Once de la Mañana colapsó otra parte del Muro de la Botica del León, y las que permanecían en pié amenazaban con desplomarse. Se interrumpió el paso de los tranvías, carros y carretas por las calles de la manzana para evitar algún derrumbe con la trepidación de los mismos, especialmente con los tranvías.

La vida debía continuar en Monterrey y aquel domingo había una Corrida de Toros en la Plaza de Santa Lucía. Parecía, sin embargo, que un mal sino acompañaba a la ciudad desde que comenzó el mes de agosto. La corrida, fue un fiasco. Todos los toros “resultaron malísimos”. Se le dio una multa a la empresa y el público exigió se le devolvieran las entradas. Cosa que, por supuesto, no sucedió y la turba “a tendido de sol” se encendió en cólera [no digo yo…. Agosto en Monterrey bajo el sol ¿quién no se enciende?]. Y “comenzó la destrucción de la plaza, lanzando al rodel tablas, barnadillas, cojines, cornisas, sillas y cuanto encontraban a mano”. Don Ignacio Morelos, el mismo inspector de policía que anoche estaba tratando de apagar el fuego con un extinguidor en la Botica del León, arengó al público, perdonó y puso en libertad a los detenidos, logrando restablecer la paz y la tranquilidad y recibiendo la ovación de la gente. 


Inicio de una Corrida de Toros en Monterrey 1909 Fuente: Fototeca del ITESM

Por la tarde, las cosas iban volviendo tomar su cauce. Alrededor de las 3, el servicio telegráfico, que había permanecido interrumpido, se restableció.  Los cables de la oficina de telégrafos ubicada en los altos del Banco de Nuevo León se habían dañado nada más comenzar el incendio la noche anterior. La voz de la prensa, muda hasta ese momento, podía volver a comunicarse con el mundo. El Corresponsal del Diario de México en Monterrey escribe en cuanto le es posible: “Desde anoche hubiera telegrafiado sobre este suceso, que tiene consternados a todos los habitantes, pues la mayor intensidad del fuego fue a las once de la noche, pero los telégrafos federales, cuyas oficinas quedan precisamente en el callejón de Parás, frente a los edificios incendiados, suspendieron inmediatamente sus labores, incomunicando a Monterrey del resto del mundo. Los empleados del telégrafo, poseídos de un verdadero pánico ante la inminencia del peligro, corrían despavoridos, procurando salvar los aparatos y dando parte a México de que no transmitirían los mensajes. Además, los hilos que pasaban sobre las llamas se inutilizaron, naturalmente. El hilo de la Prensa Asociada no funcionó desde las diez. El siniestro comenzó minutos antes de esa hora.”


Banco de Nuevo León. Esquina nor-oriente de las Calles Morelos y Emilio Carranza. El edificio abarca toda la cuadra hasta Paras. En ese callejón en los altos del edificio, se encontraba la Oficina de Telégrafos. Los cables quedaron dañados temporalmente por el incendio y el edificio estuvo en peligro de incendiarse. 
Y en otra nota agrega: “Son las tres de la tarde y aún continúa el fuego entre los escombros del espantoso desastre. La magnitud de éste puede apreciarse hoy, viendo las ruinas y comprendiendo el inmenso peligro que han corrido los edificios que forman el núcleo comercial del centro de Monterrey.”

Millares de curiosos permanecían en las bocacalles todo aquel domingo contemplando las ruinas, cuando un viento fuerte del Este comenzó a soplar avivando las brazas de los escombros, despertando el fuego, pero una lluvia fuerte y bienhechora, que cayó a las siete de la noche, amagó por completo las brazas y dispersó a los curiosos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Había leído y visto fotos del incendio en algunos libros de historia de Monterrey, pero jamás me imaginé que la cosa hubiera sido tan dramática y que el siniestro hubiera resultado tan devastador.

Mucho menos me podía imaginar que el único hermano de mi abuelo, un personaje misterioso que siempre se evade en mis pesquisas genealógicas; anduvo participando activamente en la extinción de las llamas.

Y apenas comienzo con la lectura de "Una semana siniestra".
Excelente trabajo Jorge.
Un saludo.
Juan Crouset

Jorge Elías dijo...

Gracias, Juan Crouset. Los periódicos de la época dan mucha información del siniestro. Los consulte en la hemeroteca de la unam on line. hndm.unam.mx Allí pudieras encontrar más datos sobre tus ancestros. Siempre son un aliciente ese tipo de hallazgos. Un Saludo.

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