viernes, 10 de junio de 2016

Las Irreverencias del Mulato Lorenzo de León (Monterrey 1705)


Las Irreverencias del Mulato Lorenzo de León

Un pequeño cuento basado en hechos reales

Fue durante un domingo frío de invierno del año de 1705. La oscuridad de la noche no abrigaba a nadie, al contrario, dejaba expuestos a los inocentes, quienes celebraban la víspera de su fiesta. Acababa el día del Señor y, como muchos domingos, la chusma había bebido de más para olvidarse de la pobreza y también para calentar un poco la sangre y los huesos. Muchos vecinos y algunos forasteros, se habían recogido ya de sus diligencias en la plaza de armas, especialmente las muchachas y la gente decente. Pero no todos. Permanecían por allí vagando los borrachos y gente licenciosa. A las 8 de la noche las campanas, como cada noche, anunciaron, con un lúgubre tañer, la hora de las ánimas. Recordaban así, a todo buen cristiano, el deber de rezar por las benditas ánimas del purgatorio [1]
.

Doña María Conde se santiguó y mandó que sus hijas se persignaran…. Y comenzó el rezo:

-       Por la señal de la santa cruz…”

Las muchachas, con una mueca de resignación, continuaron la plegaria:

-       “…de nuestros enemigos, líbranos Señor….”

Durante el día y después de la Misa en la capilla de San Francisco Javier, como siempre, las doncellas junto con su madre, habían recorrido la calle real (que hoy llamamos Morelos) con rumbo oriente hacia la Plaza de Armas. En ella se encontraba la iglesia parroquial, cerrada por el deterioro y la amenaza de desplomarse. Pasearon entre las carpas instaladas a lo largo de la plaza por los pequeños vendedores que llegaban de vez en cuando de algunas Villas y poblaciones cercanas del reino. Los comerciantes vendían, compraban e intercambiaban sus bienes. Estaban allí quienes comerciaban con pieles y aparejos para caballos; los que vendían quesos de cabra de los numerosos rebaños que pacían por el reino; algún panadero con molletes a los que deben su herencia nuestra actual repostería regional con sus panes de centeno y trigo, semitas y turcos, etc. No debieron faltar el carnicero con su aspecto sanguinario y salvaje, en una atmósfera oscura de moscas y el vendedor de aves que llevaba su mercancía en las espaldas en una especie de jaula de tres compartimientos  (el inferior para las gallinas y otras aves, el central para los huevos y el superior para alguna verdura o vianda).   Y en otra carpa el charcutero con cierta variedad de embutidos y cecinas, machaca o carne seca, chorizos. Se daban cita en la plaza los comerciantes de ropa, sombreros, sogas, canastas, nueces y semillas, frutas, etc. Sin faltar el aguador y el pulquero con su aguamiel… producto ancestral del maguey mexicano.

Después de recorrer la plaza y comprar algunas frutas. María Conde y sus hijas, volvieron a casa. Como siempre, comieron y durmieron la siesta. Y al despertar, sólo las muchachas salieron de nuevo a la plaza, para matar el tiempo aletargado y polvoriento de comienzos del siglo XVIII. A aquel año le quedaban sólo unos cuantos días para finalizar. Estos paseos por la plaza eran la oportunidad para conocer y ser conocidas por algún buen partido con el cual y mientras más pronto mejor, pudiesen contraer matrimonio. 

Todo parecía estar en orden. Ese domingo, la vida había transcurrido sin sobresaltos. No se habían tenido noticias de recientes ataques de los “indios bárbaros”. Al menos no en las Villas cercanas a la ciudad de Monterrey. Nadie esperaba sustos mayores y menos durante la semana de navidad. 

Las jóvenes hijas de María Conde, aquel día, no conocieron a sus futuros esposos. Sin embargo, había en la plaza un hombre joven. Un mulato. Libre, pero con el estigma de pertenecer a una “casta inferior” sólo por el hecho de tener la piel un poco más oscura que la de los vecinos principales de la ciudad. ¿Habría sido esclavo unos años antes? ¿Sus amos lo habrían liberado? ¿O era el hijo legítimo o bastardo de un influyente español y había nacido libre? Yo no sé decirlo. Se llamaba Lorenzo de León. Pero, si en aquella época, la “pureza de sangre” era de vital trascendencia ¿cómo es posible que un mulato portase un apellido de tanta alcurnia en el reino? Tampoco sé decirlo… De León era quizá el apellido de su padrino o el de su antiguo amo, o el de sus padres esclavos de algún Caballero con aquel apellido. ¿Quién pudiera decirlo?   El caso es que este Lorenzo, originario de Querétaro, conocía a las hijas de María Conde, pues, aunque ahora vivían en Monterrey, en la calle de San Francisco, muy cerca del Convento, su madre era antes vecina, como él mismo, de la Villa de San Juan de Cadereyta.

Cuando sonaron las campanas del Convento llamando a la oración de las ánimas, y la noche, oscura y fría, llenaba cada rincón de la casa, Doña María Conde cayó en la cuenta de que Catarina, su hija, no estaba junto a las demás para persignarse y rezar la breve oración. Se hallaba, en cambio, en el zaguán conversando con Lorenzo.

-       Le he dicho a esta muchacha tantas veces que no debería darle confianzas a ese Lorenzo” – pensaba.

Y al instante oyó unas voces altisonantes.

-       Vine a raptarte” – Le  decía Lorenzo a Catarína – “tu madre nunca nos dejará casar”. “Si no eres mía no serás de nadie”.

La muchacha entró en pánico y comenzó a gritar.

Todas corrieron hacia el Zaguán. Y allí vieron a Lorenzo borracho, forcejeando y aporreando a Catarina, mientras que en la mano derecha empuñaba un cuchillo.

-       no le pegues a mi muchacha, sinvergüenza”  – gritó la madre.

Y se arrojó, como pudo, a tratar de separar al agresor de su hija.

-       Suéltala Lorenzo, por favor”.  – imploraba la madre.

Pero  la borrachera del hombre le imprimía cierta “agilidad” a las manos y mucha desinhibición a la lengua. Entonces la madre tomó el puesto de la hija. Ahora era ella la aporreada.

El único barón de la familia en aquella escena era un muchacho de apenas 8 o 10 años. Se llamaba Juan Francisco y, al ver que el borracho maltrataba a su madre, salió corriendo a pedir auxilio. A unos cuantos metros de la casa se hallaba el convento de la ciudad. El muchacho se apresuró a entrar como pudo al claustro para pedir ayuda a su Padre Guardián: Fray Luis.Camacho.

Fray Luis era un “Religioso de prendas amables, y muy amante de los Indios, a quien ellos querían y amaban[2] En aquel momento debió tener unos 60 años[3]. Provenía de la provincia de Zacatecas y había desempeñado su labor evangélica entre los indios en varias misiones del Noreste Mexicano. Entre ellas la Misión de San Antonio de los Llanos (Hidalgo, Tamaulipas) al finalizar la década de 1680. Y la de Santa María del Rio Blanco (Hoy Aramberri, NL). Allí  “en poco más de dos años, trabajó y adelantó mucho, así en la administración y doctrina de sus feligreses, como en el adorno y fábrica de su templo y culto divino”[4]

Desde 1696 era doctrinero en el Convento de San Andrés de Monterrey[5]. Y por lo menos desde 1701 también su Guardián.[6].

Calle e Iglesia de San Francisco, Monterrey, NL.

Aquella noche, el buen monje, se disponía a descansar en su sosegada celda iluminada por la tímida llama de una vela que se hallaba sobre una mesita de madera.  En ella reposa un breviario y en el severo muro de cantera cuelga un crucifijo. Aquellas eran sus únicas pertenencias. Resonaba en el alma de Fray Luis la oración a San Juan rezada durante la liturgia aquella tarde: 

-       qui supra pectus Domini in coena recubit: beatus Apóstolus, cui revelata sunt secreta caelestia.”

Y, al igual que el apóstol, quería aquella noche descansar en el pecho de su Señor, aunque no tuviese la santidad de Juan como para que le fuesen revelados los secretos del cielo.

Definitivamente, los afanes de aquella jornada no habían terminado. En ese momento escuchó a lo lejos los gritos del pequeño Juan Francisco:

-       Padre Luis, padre Luis. ¡Que matan a mi madre!” – gritaba el pobre muchacho asustado sin poder hilar otra frase coherente. 

Lo reconoció enseguida. Era el hijo de sus vecinos y compadres. No había tiempo que perder. – ¿será algún indio bárbaro que se ha revelado?  – fue lo primero que pensó y salió enseguida a la casa del muchacho que estaba, como dije antes, a unos pasos del convento. Y llegó enseguida. Vio la escena e inmediatamente se percató de lo que sucedía. Aunque ya Lorenzo se hallaba sentado, continuaba con su cuchillo desenvainado lanzando imprecaciones y amenazas a las mujeres. Especialmente a su amada Catarina.

Fray Luis conocía bien a Lorenzo de León del tiempo en que estuvo misionando en la Villa de Cadereyta de la que había sido durante algún tiempo su presidente. Sabía de su arrojo y que era un aventurero temerario y rudo. Peligroso, aún más, borracho como estaba. En Cadereyta lo había visto y tratado algunas veces siendo más joven. Como todos los demás buenos cristianos de la Villa, le besaba el hábito a modo de saludo y como un signo de reverencia y respeto. En esta ocasión, Lorenzo no besó el hábito del monje, al contrario, le dio un jalón y dijo:

-       Téngase Padre, que hoy se ha de acabar todo”.

La silueta del clérigo iluminada por una pequeña lámpara de aceite, era, en la mente de Lorenzo, la de un espectro cruel que llegaba a interrumpir el gran proyecto de su vida: unirse por fin a su prenda amada. En ese momento, un minúsculo haz de luz  se abrió camino entre las sombras rebotando en la desnuda daga del miserable rufián. El monje advirtió la daga y retrocedió al instante al mismo tiempo que intentaba liberarse del agresor. Difícil faena, pues el puño de Lorenzo era lo bastante fuerte para, con un solo golpe, dejar sin aliento a cualquiera.  Pero en ese momento, la condición alcohólica de Lorenzo fue una aliada del reverendo y, aunque la daga zigzagueaba por el aire, aquello parecía más bien una comedia de bufones, que una tragedia. En el fondo, Lorenzo no quería herir a nadie y menos al buen fraile. Estaba enamorado de Catarina y era lo único que le interesaba. Pero el alcohol le nublaba una y otra vez el raciocinio.

Esquivando la daga del bravucón, el Padre Luis, iba retrocediendo lentamente. Por fin el sacerdote tropezó con una piedra de la calle de San Francisco y cayó al piso y tras él, por otro lado, colapsó el borracho. El tropiezo y la caída, fueron, a fin de cuentas, los eventos que solucionaron el problema. El Padre se vio libre del agresor y pudo regresar apurado a su convento. Por su parte las mujeres, espectadoras desde el umbral de la puerta de su casa, entraron a toda prisa cerrando, tras ellas, el gran portón con una cadena de hierro y un cerrojo oxidados. 

Cuando Lorenzo logró ponerse en pie, como con un torbellino en la mente, caminó entre las tinieblas hacia el oeste por la carretera que salía hacia Saltillo. La luna, en cuarto creciente, se asomaba, con timidez ruborizada tras espesas nubes invernales.

A la mañana siguiente, Monterrey amaneció siendo el mismo pequeño infierno grande. No era una broma del día de los inocentes el decir que la noche anterior habían tratado de matar al Guardián del Convento. Al doctrinero de los indios. Todos habían oído hablar del incidente, como si el viento frío de aquella mañana hubiese sacado a pasear por los cuatro puntos cardinales de la ciudad el cuento de las irreverencias del Mulato Lorenzo.

Pero el viento solo, no levanta quejas judiciales ni denuncia delitos. Alguien de carne y hueso se presentó en el juzgado eclesiástico y contó los hechos como le habían llegado a sus oídos o quizá como los vieron sus ojos.  Y comenzó la pesquisa. El juez eclesiástico, en aquellos años, era Don Jerónimo López Prieto, quien se dio a la tarea de investigar el hecho para ponerle justa solución. En un solo día, se dirigió a la casa de Doña María Conde y más tarde al Convento para tomar declaraciones de los involucrados y declaró sentencia. De Lorenzo nadie sabía dar razón.

En el incidente nadie resultó herido. Sin embargo, el hecho de agredir a un clérigo, era un delito muy grave. No importaba si Lorenzo lo sabía o no. Se había labrado su destino: la excomunión de la Iglesia Católica. Y no era necesario, siquiera, esperar la sentencia del Obispo, el mismo juez eclesiástico podía dictarla. No era un fallo reservado al Ordinario. 

Don Gerónimo López Prieto, cura, vicario y juez eclesiástico, conocía bien la ley y el derecho. Era un hombre trabajador y preocupado por su ciudad y por el desarrollo de la educación en Monterrey. Daba impulso, en aquellos años, a la construcción del seminario y a la del primer colegio de educación superior que existió en el Norte de México. Para él estaba claro que Lorenzo había incurrido en una falta grave contra el “Privilegium canonis” Es decir contra el privilegio poseído por los sacerdotes  por su embestidura. El juez recordaba claramente el apartado pertinente del derecho canónico, que a la letra señalaba:

Si quis, suadente diabolo in clericum, vel monacum violentas manus iniercerit, anathematis vinculo subiaceat”.

¿Y qué duda cabía de que Lorenzo había sido persuadido por el mismísimo demonio a ponerle las manos encima de manera tan violenta al buen Fray Luis? El Juez eclesiástico dictó la sentencia al secretario:

-       Anathema Sit”. “Quedará excomulgado de la Iglesia. Y no hay nada más que decir.”

En su casa, las hijas de María Conde, especialmente Catarina, se sentían apenadas por Lorenzo. Pero esta vez había ido demasiado lejos. Definitivamente no era un hombre en sus cabales.

-       “¿Qué habrá sido de él?” – Pensaban – ¿Habrá vuelto a Cadereyta? ¿O se marchó definitivamente del Reino?

Esos eran solo pensamientos que cruzaban por la mente de las doncellas. Su madre les había prohibido hablar de lo sucedido. Eran ya bastante vergonzosos los comentarios de los vecinos y parecía mejor olvidar todo lo referente a aquel hecho. Las muchachas reanudaron su vida y actividades acostumbradas: tejer, bordar, hilar y otros “oficios propios de su género”.

El siguiente jueves era también día último de aquel año. Al oscurecer, sonaron las campanas del Convento convocando a la misa de gallo y hacia allá se dirigió el pueblo devoto de Monterrey. En el portón del Templo de Nuestro Padre San Francisco se exhibía un rótulo. Catarina atravesó aquel portón acompañada de su madre y hermanas. Todas observaron el rótulo con un aviso escrito en letras grandes y claras,  pero ninguna de ellas lo leyó. Ninguna, al igual que la mayoría de los pobladores del Reino, sabía leer. Esquivaron la mirada de aquel pliego y se introdujeron a toda prisa en el templo, como queriendo apartar cualquier amenaza que proviniese del rótulo cuyo dictamen era:

“A  todos los fieles Christianos tengan por público descomulgado a Lorenzo de León mulato libre Natural de la Cuydad de Santiago de Queretaro y vesino de la Villa de San Juan de Cadereyta de esta jurisdisión y ninguna persona sea osado a quitar, tildar ni borrar este rotulo pena de descomunion mayor”[7]






[1] Advertencia: Los acontecimientos de este relato están tomados de unas actas que se encuentran en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara.  Los nombres de los personajes son reales, excepto el de Catarina y Juan Francisco que me inventé para facilitar el relato. El hecho de la excomunión de Lorenzo y las fechas son también históricos, no así la trama “novelesca”. Al menos no en su totalidad. Los documentos originales se pueden consultar on line aquí: "México, Jalisco, registros parroquiales, 1590-1979," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-18377-17458-17?cc=1874591  : accessed 26 May 2016), Guadalajara > Diócesis de Guadalajara > Matrimonios 1700-1705 > image 576 of 625; parroquias Católicas, Jalisco (Catholic Church parishes, Jalisco). Tengo que agradecer a Claudia Reynoso, pues descubrí hace algunos años estas interesantes actas gracias a su valiosísima página Web: GUADALAJARA DISPENSAS http://www.guadalajaradispensas.com/ y a Mario Navarrete por permitirme utilizar la imagen de la Iglesia de San Francisco que encabeza este cuento.
[2] Cfr. DEL HOYO, Eugenio Un Capítulo desconocido de la obra de Don Fernando Sánchez de Zamora en Humanitas Anuario del Centro de estudios Humanísticos de la UANL Vol 5 No R 1964 p. 406,
[3] Cfr. CAVAZOS G., Israel. El Nuevo Reino de León y Monterrey: a través de 3,000 documentos (en síntesis) del Ramo Civil del Archivo Municipal de la ciudad, 1598-1705 Monterrey 1998 pp. 398 y 421
[4] GARCIA, Genaro Documentos inéditos o muy raros para la Historia de México publicados por Genaro García Tomo XXV Historia deNuevo León con noticias sobre Coahuila, Tejas y Nuevo México por el Capitán Alonso de León, un autor anónimo y el General Fernando Sánchez de Zamora, México Librería de la Vda de Ch. Bouret 1909 p. 378.
[5] CAVAZOS G., Israel. El Nuevo Reino de León y Monterrey: a través de 3,000 documentos (en síntesis) del Ramo Civil del Archivo Municipal de la ciudad, 1598-1705 Monterrey 1998 p. 344.
[6] CAVAZOS G., Israel Catálogo y Síntesis de los Protocolos del Archivo Municipal de Monterrey 1700-1725 UANL Centro de Estudios Humanísticos, Monterrey 1973 939). VII, fol.939). VII, fol. 150, no. 73
[7] "México, Jalisco, registros parroquiales, 1590-1979," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-18377-17500-48?cc=1874591  : accessed 26 May 2016), Guadalajara > Diócesis de Guadalajara > Matrimonios 1700-1705 > image 580 of 625; parroquias Católicas, Jalisco (Catholic Church parishes, Jalisco).

miércoles, 16 de marzo de 2016

Las Hermanas de Monterrey

Las Hermanas de Monterrey



Cuenta la leyenda[1], que durante la invasión norteamericana a Monterrey, (21-24 de Septiembre de 1846) dos muchachas de la ciudad, como muchas otras mujeres y niños, se quedaron escondidas en algún sótano o habitación oscura de su casa. Temerosas y asustadas, lloraban y se estremecían al oír las detonaciones de bombas y disparos de la batalla. La habitación estaba impregnada del pestífero olor a pólvora y el aire,  espeso de muerte, era intolerable. En un abrazo mutuo, las dos hermanas, esperaban con gran angustia el fin de aquella pesadilla. Se llamaban Ximena y Teresa.

El padre de las muchachas, de unos 60 años, era un hombre de tez morena y arrugada por el implacable sol regiomontano. El hermano, de 19, era ya también un hombre valiente. Ambos cabalgaron la mañana del 21 de Septiembre, hacia sus puestos de guerra, a donde el deber y el amor a la patria los llamaba a combatir al invasor: el ejército norteamericano, al acecho en aquel momento, en torno a los manantiales de El Nogalar.

Desde que su padre partió en compañía de su hermano, las doncellas no tuvieron reposo. Nadie en la ciudad lo tuvo. No hubo descanso, ni sosiego.  En la ciudad nadie durmió, sólo la muerte.

El miedo de las dos hermanas iba en aumento, al igual que el sonido de las detonaciones y el bullicio de la guerra. 

Los americanos fueron apoderándose de las trincheras y avanzaron hasta la plaza de armas. Junto a aquella plaza estaba la casa de las muchachas. Al atardecer del día 23, por una pequeña ventana que daba hacia una de las calles, Ximena ve a su padre avanzando rápidamente hasta su hogar. La muchacha grita: 

 “Son  ellos, son ellos…

y ambas se apresuran hacia la puerta. Pero antes de que logreasen alcanzarla, escucharon un fuerte estruendo y la puerta de la casa se desplomó ante ellas. Tras la puerta, el padre cae al piso, la cara cubierta de negra sangre.  El dolor de sus hijas era inmenso. Gritan sin consuelo

 “Padre, padre” 

y no logran decir más nada. Elevan la mirada al cielo y no ven, sino la terrible silueta  de un soldado americano, su espada aún cubierta de la sangre de aquel hombre a quienes las  hermosas jóvenes llamaban Padre.

Aquel  soldado, sin conocer el idioma español, comprende perfectamente la escena.  Trata de excusarse, pero no puede. Nunca imaginó que iba a matar a un hombre en el mismo portal de su casa delante de sus hijas. Él era un asesino y los ojos de aquellas hermosas niñas lo definían con exactitud. No pudo articular palabra y en cuanto pudo, se apartó de aquella insoportable escena. Este soldado, de nombre Harry, tenía también un padre y dos hermanas, a quienes había dejado tranquilamente en su natal Pennsylvania. Pensando en ellos se dispuso a huir de la mirada de sus víctimas. Encontró muy cerca una escalera que se dirigía a la azotea. En el borde de la azotea hay una especie de almena que le sirvió de resguardo. 

La escena allí abajo era a la vez sublime y horrible. El techo, ofrecía una vista libre de la Plaza de la Ciudad y todas las avenidas que a ella convergen. Y él estaba allí, observando, desde lo alto, la última Batalla de Monterrey.

Imaginen la primitiva Plaza Zaragoza, amurallada por las casas de un piso ceñidas con almenas. En ella una densa multitud de soldados enfurecidos, medio desnudos, apenas si se distinguen sus caras bajo las manchas de pólvora y sangre. Gritan, vociferan, dan vueltas como las ráfagas de un tornado. Desde cada muralla, repleta de mexicanos frenéticos, manan descargas de tiros, dando muerte a amigos y enemigos. Abajo, bayoneta contra bayoneta, cuchillo contra cuchillo, sobre un pavimento resbaloso por la sangre derramada, mexicanos y norteamericanos ejecutando la danza de la muerte.

Monterrey, fragmento mostrando la Plaza de Armas o Plaza Zaragoza. por D. P. Whiting 1846

Después cayó la noche con sus horribles sombras y, con ella, la pelea se volvió más aterradora aún. Pero la oscuridad también anunciaba el fin de aquel combate.  El soldado bajó la escalera de regreso a la sala donde había dejado a las jóvenes hermanas con su moribundo padre. La oscuridad le impedía ver cualquier cosa. Agudizaba él sus oídos para escuchar algún murmuro, cualquier cosa, pero nada. Las pupilas iban acostumbrándose a la oscuridad y poco a poco lograron percibir una escena terrible: tres cuerpos yaciendo uno junto a los otros.  ¡Muerte es sinónimo de guerra!

El hermano de las muchachas debió haber llegado sano  y salvo a su casa y en el momento de consolar a su hermana Teresa, ahora huérfana, lo alcanzó un proyectil que acabó con su vida. Ambos corrieron la misma suerte. A ella también la alcanzó una bala mortal. Sus cuerpos sin vida yacían abrazados y en sus rostros se dibujaba un simulacro de sonrisa. Ahora dormían el sueño eterno.  De la otra hermana, Ximena, no había rastro.  ¿Qué habría sido de ella?

Aquella fue una noche de lamentos y llantos. Noche de tristeza y angustia.  Al día siguiente los generales capitularon la Batalla. La bandera norteamericana ondeó entonces en los edificios emblemáticos de la Ciudad. La guerra en México continuó su curso. Algunas escuadras de soldados permanecieron en la ciudad por los siguientes dos años, otras avanzaron hacia Saltillo continuando la hasta llegar a la capital de la República. Harry regresó a su natal Pennsylvania donde lo esperaban su padre y hermanas.

Era el día de Navidad.  Lo recibieron, como era de esperar, con llantos de alegría. 

Él se dirigió entonces a su anciano padre diciéndole: 

– Cuando partí para México,  le dije que regresaría con un Trofeo de la Guerra. ¡Ese trofeo está aquí!”  

Y Harry mostró su trofeo: una hermosa muchacha, de linda figura, cuyo rostro de clara tez morena, cabello negro azabache y ojos deslumbrantes, resplandecieron en la luz, enmarcados por una ceñida capucha. Ella besó la mano del anciano y las muchachas la recibieron con besos y le sacudieron la nieve del vestido.  

– Es una larga historia, padre” – murmuró  el soldado con una voz entrecortada por la emoción – “Pero vi morir a su padre, su hermano y hermana, juntos, en el suelo de su hogar, en Monterrey. Ella se quedó sin amigos... 

y yo maté …” Interrumpió abruptamente la frase, y desvió el rostro. … 

– No se lo puedo contar ahora, padre. Pero ella es una mujer auténtica, quien me cuidó en la enfermedad, y me siguió desde su tierra de nardos y flores, hasta ésta de nieve e invierno. ¡Ella es mi esposa! ¡Su hija, padre! ¡Vuestra hermana, hermanas! Sed amables con ella, porque ha sufrido demasiado, merece todo el amor de vuestros corazones!"

El anciano y las hermanas, en aquel preciso instante,  recibieron aquella flor en sus corazones y, desde ese momento creció en ellos. 

El soldado miró con una serena emoción a su esposa Ximena, su hermoso trofeo de guerra.



Joven G. Lippard  (Wikipedia)
[1] Este relato, más que una leyenda, es parte de una novela de 1847. Su autor, George Lippard, (Abril 10, 1822 – Febrero 9, 1854) la incluye en su libro: “Legends of Mexico”. En él se describen varias anécdotas de la guerra entre México y Estados Unidos. Aunque ficticias, es probable, que algún elemento de verdad se encuentre entre sus líneas, quizá de relatos que Lippard pudo haber obtenido de soldados que regresaban de México. Lo más interesante en ellas es el enfoque que hace el novelista. Es, a mi juicio, un intento de justificación de los horrores de la guerra. Una forma de expresar que no todo fue violación y abuso. Estas leyendas son, me parece, un esfuerzo,  de su autor, por hacer público un relato opuesto al de los abusos por parte de los Rangers de Texas o al de la Masacre en Agua Nueva por parte del regimiento de Arkansas el día de Navidad de 1846, al que hace referencia S. Chamberlain y probablemente tuvo suficiente resonancia en ambos países. 

jueves, 14 de enero de 2016

Una Semana Siniestra en Monterrey, Agosto 21-28 de 1909 8/8 (Domingo 29 y los siguientes días)

Domingo 29 y los siguientes días.  


Calle de Humboldt anegada el día 29 de Septiembre de 1909. 


Había terminado aquella semana siniestra y comenzaba otra igualmente triste.

Por fin cesó por completo la lluvia el domingo hacia el medio día. Las turbias aguas del Río Santa Catarina continuaban rugiendo embravecidas de orilla a orilla y más allá. Pero con la misma prisa que llegaron, así se irían. Sólo había que esperar un poco para ver disminuir su caudal notablemente.

Desde el día 27, Monterrey había estado incomunicado casi por completo y el servicio eléctrico se hallaba interrumpido. Por su parte el temporal inutilizó las líneas telegráficas y destruyó grandes tramos de vías férreas, de tal forma que, para entrar o salir de la ciudad por el sur había que dar un gran rodeo. Solo hasta ese domingo se lograron mandar cables y reportes a los diarios de la nación. Pero es sintomáticamente escaso el número de periódicos que anuncian la tragedia si se los compara con la cantidad de notas periodísticas que se pueden encontrar, por ejemplo, del incendio de la Droguería Bremer una semana antes.



Sólo hasta el domingo se restableció, con dificultad, el servicio telegráfico y los corresponsales pudieron enviar algún reporte. Pero, naturalmente, la noticia en los periódicos no fue publicada sino hasta el lunes 30. Ese día, en primera plana, algunos periódicos narraron el trágico acontecimiento que llenó de luto a la nación.

El encabezado de La Opinión fue:

Un Día de Luto Nacional – La catástrofe de Monterrey – Quince Mil Personas Sin Hogar – Más de mil muertos – 20,000,000 DE PERDIDAS. – SE INICIA UNA SUSCRIPCIÓN EN VERACRUZ”.

Y la noticia, que abarca una gran porción de la página, comenzaba así:

“Telegrama exclusivo para LA OPINION
México, Agosto 29.-  Una gran inundación del río de Santa Catarina que divida la ciudad de Monterrey acaba de ocasionar una gran catástrofe que constituirá por su magnitud y circunstancias especiales un caso único en la historia de nuestras desgracias nacionales sembrando el luto y la desolación en Millares de familias. No se tienen noticias de que haya ocurrido en el país catástrofe de tamañas proporciones; para darse cuenta de las colosales proporciones de la inundación baste decir que el río subió a cincuenta pies, desbordándose materialmente sobre el barrio de San Luisito que es lo que pudiéramos llamar la Catápoli o ciudad baja de Monterrey, donde ocho manzanas fueron completamente arrasadas por el torrente sin quedar una sola casa en pie. Se ha registrado más de mil desgracias personales. Cerca de quince mil personas se hallan sin hogar; en doce millones de pesos se estiman las pérdidas sufridas, la ciudad se halla completamente consternada, es un día de luto nacional.”



Imágenes del Rio Santa Catarina, el Barrio y Puente San Luisito Antes y después de la Inundación. 


Las miles de personas que se encontraban sin hogar, también se habían quedado en la miseria, perdiendo hasta sus víveres. El caos en la ciudad debió ser arrollador. Los templos y escuelas se convirtieron en refugios, al igual que los bajos del palacio municipal y las estaciones de Ferrocarril. “Las iglesias y todos los grandes edificios están atestados de gente” – dice la nota del periódico.  Los vecinos debieron quizá socorrer a sus familiares y conocidos, pero eran tantos los damnificados que no había suministros para socorrer a todos. Aquel domingo debió ser como el día de una verbena deplorable, en donde multitudes de personas de triste aspecto, lloraban angustiosamente a los perdidos  y vagaban de un lado a otro como locos, empapados hasta los huesos, sin saber a dónde ir.

La ayuda a los habitantes del Barrio San Luisito, hasta ese día y desde el jueves por la noche, fue nula. Almas caritativas sobrevivientes en el lado sur del río, habían compartido con alguno de las víctimas, sobre todo con los niños, alguna tortilla con frijoles o cualquier migaja de pan. La situación era deplorable.

No se trataba solamente de que los vecinos no ayudasen a los damnificados. Al contrario, se vieron muchas muestras de solidaridad. En realidad es que la gente sencilla no tenían mucho que dar. Pequeños comerciantes y grandes empresarios compartieron lo poco o mucho que tenían. El libro “El Río fiera, brama” de Oswaldo Sánchez y Alfonso Zaragoza menciona los nombres de aquellas buenas gentes solidarias.  

Los caminos estaban obstruidos y el ingreso de comestibles desde el campo, otros puestos del Estado o del país era complicado, si no imposible. Y los sobrevivientes en San Luisito estaban aislados por completo. El periódico El Correo Español afirmaba: 


Si las comunicaciones siguen interrumpidas algún tiempo más, la situación se hará horrible en Monterrey”. Y por su parte La Opinión agregaba: “La situación de los ferrocarriles es deplorable, pues todas las líneas están paralizadas. De cinco hilos telegráficos que había funciona uno: el de Torreón, y hay una gran aglomeración de despachos. Muchos puentes han sido destruidos. La cuestión de los víveres es la que más amenaza a la población: el rastro [que se encontraba muy cerca de la ribera sur del Rio] ya no existe…

A ambos lados del río la gente se reunía a mirar cómo la corriente iba disminuyendo y no daban crédito a sus ojos. Grandes porciones de la ciudad junto al río habían desaparecido. No había rastro de la escuela de niñas situada en la antigua calle de Constitución y Jalisco (hoy a la altura de Jalisco y el cauce del Río). En esa área no quedaba piedra sobre piedra. Ni siquiera las casas de sillares habían permanecido en pie.



Ruinas en la Parte Norte del Río. Día 29 de Agosto
Ruinas del Puente San Luisito después de la Inundación. Lado Sur del Río.

Ruinas en el Lado Sur del Río
Estragos de la Inundación.


Cuando, por fin, los niveles de agua bajaron, se pudieron comenzar las labores de rescate mediante cables tendidos por los que se hacía cruzar a las víctimas.

El día 31 los periódicos señalaban:

Los gendarmes y demás agentes de seguridad continúan en la penosa y tétrica labor de extraer cadáveres. Se calcula que el número de estos últimos ascenderá a unos dos mil. De todos modos, como se cree que muchos cuerpos desaparecieron entre las arenas del río, se teme que nunca se sabrá exactamente cuántos han sido los muertos”. …Las aguas del río han comenzado a recogerse sobre su cauce, dejando al descubierto el cuadro de horror más espantoso que es dable contemplar a los ojos humanos. A medida que el agua se va retirando, quedan al descubierto ruinas y cadáveres, en los cuales se ha iniciado ya el estado de descomposición”.

El número de víctimas varía según las fuentes y según la fecha. Como es natural, mientras más tiempo pasaba, el cálculo de los muertos era más preciso y también mayor. Se llega a decir que fueron uno 7 mil en todo el Estado.

Salvamentos llegando al Barrio San Luisito 30 de Agosto

Continúan las Labores de Rescate y Salvamento en el Barrio San Luisito. 31 de Agosto. Imagen tomada en el mismo Barrio San Luisto. Los Niveles de agua han disminuido drásticamente.
La ayuda nacional e internacional no se dejó esperar. Se hicieron colectas o “Suscripciones” convocadas por el Banco Nacional de México, por periódicos, municipios y algunas localidades texanas, etc., para ayudar a los damnificados. El cónsul de USA en Monterrey Thomas Hanna pidió ayuda a Washington para las víctimas. Llegaron suministros y personal enviado por la Cruz Roja Internacional.  El gobierno federal de Don Porfirio Díaz envió 50 mil pesos. Fue una calamidad que llenó de luto al país y despertó la solidaridad de muchos.



Se Reunía y daba ayuda a los damnificados en los grandes edificios de la Ciudad. Uno de Ellos fue la Estación del Golfo.

Acabó aquel agosto de 1909 uno de los más trágicos de la historia de Monterrey, quizá el más terrible y siniestro. La noche del último día del mes fue oscura y colmada de aflicción. La luna llena en el cielo iluminaba el caudal, ahora estrecho y aparentemente inofensivo, del Río Santa Catarina.  

Primera Plana del Houston Post del 2 de Septiembre de 1909. Invitando a ayudar a los damnificados de la Inundación de Monterrey. Fuente: The Portal of Texas History

Fotografía tomada el 4 de Septiembre. Lado Norte del Río. En la ribera sur se aprecian dos de las pocas edificaciones que sobrevivieron a la inundación: El Puente San Luisito y el Salón de Bailes "El Valle Azul"

Fuentes de las fotografías: 

Engineering News Magazine 1909
Cement Age Magazine Jul-Dic. 1909;
The American Red Cross Bulletin 1909;

Mining and Scientific Press 1909




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