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lunes, 6 de febrero de 2017

De Muros y Tatarabuelas. Una Carta desde el más allá....

Querido Tataranieto....

Hola Jorge, me llamo Beatriz y soy tu tatarabuela materna. Bueno, en realidad soy la tatarabuela de la tatarabuela de la tatarabuela de tu tatarabuela. Qué complicado, ¿Verdad? No te rompas la cabeza, soy un ancestro muy antiguo del árbol genealógico de tu mamá. Desde que yo era una muchacha joven ya me llamaban Doña Beatriz Quintanilla. Pero tú puedes llamarme Bety, abuela, abuelita o como tú quieras. Tu eres uno de mis tataranietos favoritos. Pero no te creas que eres el único nieto que tengo. No. Viven en Nuevo León, Coahuila y Texas, miles de mis descendientes directos que pudieran dibujar su árbol genealógico y encontrarme entre sus raíces como tú lo has hecho.  Pero en fin, te escribo para contarte otras cosas. Me casé muy joven con el Capitán Diego Treviño. Diego llegó a la Nueva España de unos 3 o 4 años con su Madre Francisca Alcocer Bañuelos y dos hermanos pequeños. Su padre, Don Diego Velasco de Treviño fue Alcalde de la Nueva Galicia.  



Le dí varios hijos a tu tatarabuelo Diego, entre ellos otra de tus abuelas: María Quintanilla. En aquel entonces uno escogía el apellido que nos sonaba más bonito. Y por eso ella se quedó con el mío y no con el de su padre. Aunque, te soy sincera, hubiese sido lo mismo, pues “Treviño” también suena muy bonito. No te voy a enumerar cada una de tus abuelas hasta llegar a tu abuelita María Luisa, a quien conociste de niño, pues te aburrirías, con ella, somos en total quince. Pero te puedo decir que todas fuimos muy virtuosas, que eso de la virtud era algo que nos inculcaban tanto que se hacía casi como natural en nosotras. Los hombres no. Ellos eran diferentes, con sus ambiciones militares y su anhelo de conquista se la pasaban peleando por todo, especialmente por sus haciendas.  Cuando llegué de muy pequeña a la Nueva España, allá por 1540, todo era muy violento. Yo era muy niña y no recuerdo muchas cosas. Llamábamos a aquella hermosa tierra: La Nueva España, pero era tan diferente a la España de mi primera infancia y mucho más grande, tan llena de posibilidades y bellezas naturales, que mi imaginación aprendió a volar lejos y a atravesar el tiempo y el espacio. Por eso te pudo escribir esta carta. Habíamos dejado en la Vieja España al Rey y a su corte, a las familias que llamábamos nobles y sus privilegios y cada día nuestra colonia se esforzaba por establecer aquellas mismas costumbres y formas de vida en esta tierra. Siento tristeza de recordar los peligros diarios y los relatos que nos contaban los mayores  acerca de la Conquista de México. Miles de muertos en ambas ejércitos: el nuestro y el de los aztecas. Y las plagas que después se sucintaron….

Subyugamos a los nativos. Eran otros tiempos y en ese momento yo no era capaz de ver lo injusto que fuimos con ellos. Han pasado casi 500 años desde mi llegada a esta tierra y ahora, desde mi hogar más allá del universo, puedo contemplar la historia y ver que ésta no era una Nueva España, sino un México Ancestral.  Yo era la inmigrante, no los aztecas ni los totonacas ni los demás grupos y culturas. Y sin embargo terminaron ellos siendo nuestros sirvientes, incluso los tlaxcaltecas a quien llamábamos aliados. Mi esposo, tu tatarabuelo, acompañó a Coronado y sus soldados, en su expedición a Cibola, Nuevo México, en busca de las 7 Ciudades de Oro de las que hablaban las leyendas de los indios. Sobra decirte que no las encontraron.

Entre mis descendientes, tus ancestros, está la esposa del Capitán Gonzalo Fernández de Castro, que fue alcalde de tu ciudad natal, Monterrey, en 1635. Él y mi bisnieta María Rodríguez de Sosa Treviño, y muchas de las familias del Nuevo Reyno de León hicieron grandes esfuerzos por poblar Texas y El Nuevo Santander y con su tenacidad lo consiguieron.

Desafortunadamente siempre medió la violencia, el desalojo y el desplazamiento de los nativos de aquellos agrestes pero hermosos señoríos. Te digo ahora que no supimos respetar a los verdaderos propietarios de aquellas tierras, si es que se puede decir que la tierra es propiedad de alguien. Creo que no, que ella es nuestra dueña, y nuestra madre.  Pero eso no nos daba derecho a desplazar a quienes la habían habitado por miles de años. Y después nos acogieron en su casa a pesar de tanta violencia.

Muchos de mis más antiguos descendientes, tu propia familia,  murieron en aquella odisea llamada conquista. Por fin se estableció, después de guerras y muerte, una paz que nos benefició a todos, pero especialmente a nosotros que seguíamos identificándonos como “españoles”, más que a otros grupos que llamábamos “castas inferiores” de mestizos, indios, tresalbos, mulatos, negros libres y esclavos entre muchos otros. Creo que sería hipócrita pedir ahora perdón por tanto agravio y discriminación, si la historia ya está escrita y el pasado no tiene arreglo. 

Pasaron los años, las décadas y los siglos. Las sangres se mezclaron inevitablemente como se mezclan las corrientes de los ríos. Todos nos convertimos en mexicanos sin importar el color de nuestra piel. Después de más de 300 años y cuando pensábamos que estábamos seguros de nuestros dominios, los americanos nos arrebataron lo que llamábamos territorio nuestro.  Algo parecido habíamos hecho a los nativos 3 siglos antes. Creo que ustedes actualmente le llaman a eso Karma. Yo no entiendo mucho de filosofías orientales.... Texas, Nuevo México, Arizona, California, etc.,  desaparecieron del Mapa de México para dibujarse en el de nuestro vecino Estados Unidos, después de una guerra tan injusta como todas las guerras. Es una historia bien conocida, querido Jorge, no vale la pena que te escriba más sobre ella. Sólo quiero decirte que me da tristeza ver la situación actual: la amenaza de un Muro entre México y Estados Unidos. Desde donde yo estoy no se aprecian las fronteras. No es el muro lo que me preocupa, pues es solo hierro y cemento, sino lo que éste significa: desprecio, racismo, discriminación, fanatismo, segregación, y un lastimoso etcétera.  Continuamos repitiendo una y otra vez la historia, pero sólo su parte inhumana.

Como humanidad quizá nos hemos equivocado de camino y de meta. 

Quise escribirte esta carta no para entristecerte o preocuparte, sino solo para decirte que más allá de toda frontera y muro, al final todos estamos emparentados de alguna manera y formamos parte de una sola familia. 

Cuídate y salúdame a todos por allá .

Un beso y un abrazo.


Tu abuelita Beatriz 

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*Esta carta imaginaria tiene su fundamento en investigaciones genealógicas personales de familias de Nuevo León especialmente de los municipios de Monterrey, Santiago y Montemorelos. Más información en este enlace PDF.  

jueves, 28 de julio de 2011

Mexicano de Verdad


Hace años iba yo caminando por el zócalo de la ciudad de México y me detuve un momento a leer la pancarta que llevaban unos indios, sí unos indios, quizá totonacos u otomíes, no lo sé y tampoco recuerdo lo que la pancarta decía, eran los tiempos de Salinas de Gortari. Los campesinos reclamaban quizá tierras, o educación, o viviendas, o mejores condiciones de vida, todo lo que se les ha quitado a lo largo de la noche triste y larga de su historia. Yo no sé cuál era mi expresión en ese momento, tendría unos 19 ó 20 años, no me acuerdo, la memoria siempre me ha sido infiel. Pero hubo algo que me hace recordar aquel momento.  De no haber pasado, ni siquiera hubiera tenido algún mínimo significado para mí. Un hombre de robusto mestizaje y carnes, de cabello y bigote mexicano… Aunque no sea yo ahora capaz de decir si llevaba algún sombrero, o si tenía alguna seña particular, estoy seguro que si en ese momento  se me hubiera pedido detallarlo para hacer un retrato hablado por algún crimen, el resultado hubiera sido completamente inservible para culpar a alguien, se hubiera podido colgar a un gran porcentaje de sospechosos.  De cualquier manera no fue el caso, no había crimen. Aquel hombre me observó un momento y, en seco, me dijo algo así: “No te burles pinche güey, esos son los verdaderos mexicanos”.  Y sin más, se perdió entre la multitud que inundaba el Zócalo aquel día. Me sentí insultado y no porque me dijera “pinche güey”. En México, el agua es menos común que esa cotidiana frase. Me sentí insultado de que hubiera pensado que me burlaba del grupo de campesinos de la pancarta. No había verdad en sus palabras: ni me burlaba, ni aquellos hombres eran los “verdaderos” mexicanos, al menos no más verdaderos que él o yo. Inmediatamente pensé que ellos eran más otomíes, tzeltales, tojolabales,  mayas, totonacas… más que mexicanos.   Bueno, quizá la única verdad era el decirme “pinche güey”. Años más tarde, cuando por razones de la vida tuve que trabajar y vivir entre los totonacas me di cuenta que yo tenía razón. Me gustaba preguntar de vez en cuando a la gente si eran mexicanos y me contestaban rotundamente que NO, que eran totonacas.  

¿Cuál es el verdadero mexicano?

¿El indio? Hagan la prueba preguntándoselo a algún tarahumara o tepehuán y se asombrarán de la respuesta.

¿El blanco?  No bromeen ¿los güeritos?

¿El mestizo? ¿Y eso que quiere decir? ¿Blanco con qué? Cuando bautizaron al papá de mi tatarabuelo lo registrarían como coyote, se casó como español y tenía 2 hermanos mulatos, todos del mismo padre y madre, que conste que en aquellos tiempos, mujer infiel era mujer muerta. Su papá era indio y su madre española, otros de sus hermanos fueron registrados también como coyotes y quizá alguno como lobo. Conclusión: una capirotada.

¿El mulato o el negro? ¿Sí? ¿A cuántos conocen?

Aquí les dejo las portadas de dos libros de bautizos de Aguascalientes del siglo XVIII…. ¿Será que ellos lo tenían más claro?



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